Cuando alzas la mirada, no te quedan dudas de que la Sagrada Família debe terminarse. Barcelona no tiene monumentos de altura, rascacielos gigantescos, torres Eiffel construidas durante las exposiciones, ni siquiera grandes palacios versallescos o grandes avenidas imperiales. La Sagrada Família por sí sola deja claro a todo el mundo y eternamente que no somos una capital de provincia, que sabemos hacer más cosas que ensanches cuadriculados y que aquí también sabemos culminar las cosas (sirva, de paso, como recordatorio de lo que no puede volver a pasar cuando se proclama una DUI). Alzando la mirada y no mirando al suelo, o al móvil, se entiende que en una ciudad tan maltratada y reprimida (cuando no eran las ciudadelas, eran las murallas o los planes urbanísticos impuestos) buscara el modo de hacerse notar. Tuvo que hacerlo Gaudí por la vía religiosa, lo siento, Barcelona no es Nueva York y los privados no construían rascacielos. He aquí que con la visita del Papa, si León ha alzado realmente la cabeza y no ha hecho como Omella, que nos mira por encima del hombro, habrá visto esteladas en los balcones. Pero también un templo que casi es una bandera nacional, y una capital de país (con la Moreneta de patrona) que no se conforma con ser rebajada, vulgarizada y expoliada.
El mensaje del Papa instando a los barceloneses y a los catalanes a ser "constructores de unidad" no queda claro si se refiere solo a la integración de los recién llegados (o a la aceptación de la diferencia, estilo Lennon o Clinton) o bien a dictados más turbios y omellanos. En todo caso, podemos descartar que se refiriera a la unidad del independentismo, tan dejada de la mano de Dios. Lo que me preocupa del mensaje, sin duda bienintencionado, es que las palabras "unidad", "paz" y "concordia" se han usado tantas veces para colar el fascismo bajo la puerta que solo puedo ponerme alerta. Gaudí sufrió la dictadura de Primo de Rivera, en parte, gracias a las promesas del dictador de acabar con el pistolerismo; por otro lado, de nuevo, tan presente hoy en la ciudad. En nombre del retorno al orden, muchos burgueses y catalanistas se abrazaron a la solución policial, del mismo modo que es en 1929 cuando Cambó (ya demasiado pervertido por el conservadurismo) escribe Per la concòrdia —tan invocado por personajes como Mariano Rajoy— y cuando comete el pecado que antes mencionaba: tener tanto los pies en el suelo que ya no se alza la mirada. Existe el pecado de omisión, Su Santidad. Mirar hacia otro lado, lo llamamos. Omitir los conflictos, no abordarlos, menospreciar las causas justas en nombre del orden y de la paz, no hace un mundo más pacífico, sino más tiránico. Una concordia artificial e impuesta suele aguantar poco y, como decía Gaudí (según Isidre Puig Boada): "Los militares dicen 'El pueblo lo que quiere es una dictadura ilustrada'. Ni ilustrada ni sin ilustrar, porque una dictadura sirve un momento, pero no puede durar; una dictadura es un puente entre dos soluciones de gobierno y la gente, en los puentes, no vive: solo pasa por ellos".
Creen que disimular la radical catalanidad de Gaudí hará que esta faceta de su obra se olvide
Si alzamos la mirada, quizás veamos que nos encontramos en una especie de estos puentes, de estadio de interregnos, donde nadie sabe quién manda y donde, por eso, los autoritarismos reclaman su sitio. Hace casi diez años que no existe un acuerdo político, jurídico y social entre Catalunya y España, y hace más de treinta que la Constitución española ha quedado del todo obsoleta. Es normal que todo se agite, sobre todo teniendo en cuenta también los vientos de Europa y de Estados Unidos, donde también hay una clara añoranza del orden. Unos, porque consideran que el wokismo ha ido demasiado lejos. Otros, porque, desacreditada y humillada la ONU, buscan una entidad supranacional superior que ponga paz en el nuevo orden y solo en la Iglesia católica encuentran un padre superior al que abrazarse.
La pregunta clave es, por lo tanto, quién determina el nuevo orden y, sobre todo, qué nuevo orden será. El de la gente ante las urnas o el de los piolines, en definitiva. Gaudí muere durante la época embrionaria del fascismo (Palau de la Música y Barça clausurados), pero también en medio de los despropósitos del anarquismo. Y, a pesar de todo, su propuesta de templo no es ningún puente provisional para ignorar los conflictos, sino un lugar sólido, perdurable, donde probar de resolverlos y donde vivir. Por eso ahora intentan apropiárselo todos, incluso los castellanos, los laicos y los socialistas: creen que disimular la radical catalanidad de Gaudí hará que esta faceta de su obra también se olvide. Como el 1-O. Pero basta con alzar la mirada: el templo está culminado, como una metáfora de la patria por culminar, y nos sobrevuela constantemente. Pueden ignorarlo, pero no pueden desmontarlo. Ni, aún menos, hacerlo invisible, ni todo lo que representa. Y es que los templos, como las verdades, no se pueden interpretar a conveniencia: solo se pueden ver o no ver.
