Cuando hablan de Venezuela, me viene a la cabeza, casi instantáneamente, la canción Alma llanera, uno de los himnos populares venezolanos que hizo mundialmente famoso Julio Iglesias cuando todavía era uno de los cipoteros más universales del planeta Tierra. La Venezuela de la que Julio Iglesias se declaraba incondicional era la anterior a la chavista, la arrasada por una oligarquía que pasaba las vacaciones a cuerpo de rey en la isla de Aruba, y exportaba sus divisas fuera del país para ingresarlas en los territorios de la banca paradisíaca cuando iba a esquiar a Europa. Después, cuando el país cayó en la ruina económica y Hugo Chávez fue elegido democráticamente por el 56,2% de los votos, toda esa oligarquía empezó a emigrar lentamente para vivir fantásticamente con el dinero no pagado a su país. Primero fue Miami, después fue Madrid, los dos lugares elegidos para vivir de narices protegidos, como no, por la internacional anticastrista en EE. UU., y en España, por nuestro movimiento MAGA particular, el Aznarismo y sus fuerzas de choque, con Isabel Díaz Ayuso como marioneta del titiritero Miguel Ángel Rodríguez. Toda esa numerosa comunidad venezolana en el exilio tiene todo el derecho de ser lo que quiera ideológicamente, pero toca las narices que en cuestiones españolas estén tan cerca de los discursos neofranquistas de VOX y neonostálgicos del PP y que, internacionalmente, hayan sido reclutados y adoctrinados por la Internacional Trumpista Sionista con el objetivo de incluirlos en el nuevo orden mundial como agentes activos. Por cierto: los miembros e ideólogos de este nuevo orden internacional nos tendrán que explicar cómo recuperarán los valores democráticos que han robado a los ciudadanos de las democracias occidentales después de haberse cagado encima de ellos. El asunto capital es que cuando amparas tu razón en la fuerza irracional, curiosamente, la más armada y tendenciosa, la marcha atrás es imposible y hoy irán a la caza de los señalados y, mañana, muy seguro, de los que señalan ahora.
Cuando a principios del nuevo siglo llamabas a la embajada venezolana y preguntabas, por ejemplo, cómo debías arreglártelas para sacarte el visado o para solucionar cualquier cuestión relacionada con Venezuela, solían corregirte inmediatamente diciendo que estabas llamando a la embajada de la República Bolivariana de Venezuela y no a la embajada de Venezuela. Lamentablemente para los chavistas, con el cambio nominal sucedió lo mismo que con los aeropuertos Adolfo Suárez y Josep Tarradellas, a los que todo el mundo sigue llamando Barajas o El Prat respectivamente. Este detalle, más que reforzar la imagen del nuevo orden sociopolítico venezolano, lo debilitó por esperpéntico, uno de los grandes males del chavismo y del postchavismo. Cuando Chávez murió, el esperpento, a veces gracioso, cayó al pozo de la ignominia de la mano de un caudillo ridículo y corrupto como Maduro, una mala imitación de su antecesor, demostrando que, cuando llegas al poder dando lecciones morales, la teoría debe dejar paso a la práctica y no al contrario. Y aquí, en Catalunya, somos expertos después del 1 de octubre de 2017.
Del rapto ilegal de Maduro y de las consecuencias me gustaría hacer una arenga, pero no tengo ni puta idea de lo que acontecerá, como casi todo el mundo con dos dedos de frente que no pertenezca a esa Internacional Trumpista Sionista. O quizás ellos tampoco lo saben, cobijados detrás de Donald Trump, el Rey Mago en el que han depositado todos los deseos confesos e inconfesos, pero que, en un abrir y cerrar de ojos, puede convertir los anhelos en carbón si se le antoja.
Los venezolanos de Barcelona no tocarán un duro del dinero del petróleo en caso de que Trump decida convertir el rancho chavista en el rancho trumpista
En Barcelona, los prochavistas se manifestaron con aquella inocencia de excursión de autocar con la que los de izquierdas suelen matar todas las causas y, un día después, 400 partidarios de la caída de Maduro y su encarcelamiento también se manifestaban mostrando una felicidad de una inocencia igualmente entrañable. A diferencia de Madrid, ciudad donde viven las grandes familias exiliadas de la oligarquía venezolana y nada bolivariana, añado, los venezolanos de Barcelona no tocarán un duro del dinero del petróleo en caso de que Trump decida convertir el rancho chavista en el rancho trumpista. Se lo repartirán los mismos que se repartieron el país antes de la llegada de Hugo Chávez y lo arrasaron económicamente llevando sus divisas al extranjero. Podría ser que, con el retorno de toda esta oligarquía a Caracas, bajase el PIB de Madrid, pero no pasará. Con Díaz Ayuso al poder, convertida la capital española en un paraíso fiscal para toda esta casta que ha convertido el dinero extraído fraudulentamente en inversiones inmobiliarias, el vuelo directo Caracas-Madrid, Madrid-Caracas llegará antes que el corredor mediterráneo bordee la Península si Venezuela no se convierte en un territorio hostil como lo son ahora Irak, Siria o Libia. Si se diera esta circunstancia, los oligarcas venezolanos exiliados continuarán viviendo tan fantásticamente como ahora, disfrutando de la libertad de Madrid y de las cañitas mientras santifican o sacrifican a la Nobel de la Paz María Corina Machado, porque una cosa es añorar a tu país y la otra, dejarse la espalda para recuperarlo del mal chavista, acostumbrados como están a vivir de cojones comprando en tiendas caras de Serrano.
Durante mi estancia en Madrid conocí a varios venezolanos antichavistas. Muchos de los jóvenes de estas familias exiliadas ya son más españoles que venezolanos, como fueron más latinoamericanos los hijos de los exiliados catalanes en Latinoamérica. Lo que diferencia a unos exiliados de los otros es el origen y la ideología. Estos hijos de la oligarquía han dejado de ser venezolanos, pero siguen siendo profundamente clasistas y declaradamente voxistas o del ala más derechista del PP. De la madre patria han adoptado lo peor, la visión españolista de una nación donde molestan las anomalías periféricas, con una militancia de requeté que haría palidecer, si tuvieran vergüenza, a muchos de los miembros de la Internacional Trumpista Sionista que ahora los apoyan. Y con embajadores ideológicos de la talla del torero Fran Rivera, que Dios nos ampare de toda esta chusma. Como gritaría Julio Iglesias mientras interpreta Alma Llanera: ¡¡¡Weah!!!