El viernes pasado Joan Tardà compartía un artículo suyo titulado "Quien no bloquee acabará ganando". Lo leí con interés e hice un tuit recomendando la lectura a la vez que señalaba alguna carencia. Este escrito no quiere ser una "respuesta" (Joan no preguntaba nada) ni una refutación. Si acaso, una pequeña aportación al debate profundo que todos necesitamos y que Joan Tardà siempre propicia.

Joan Tardà habla en su artículo de "la necesidad ineludible de encontrar una solución amparada en el principio democrático". Coincido plenamente en esta necesidad. Y la buena noticia es que aquí somos mayoría. Es el 80% del que habla la campaña de Òmnium Cultural. La idea es que la división de la sociedad catalana no es entre los "indepes" y los "no indepes" sino entre la inmensa mayoría que reconoce que Catalunya tiene derecho a autodeterminarse y una minoría que cree que no. En este sentido, meses antes del 1-O, desde la dirección de Podem unos cuantos defendimos que mientras no se reconozca el derecho de autodeterminación, la división entre "indepes" y "no indepes" era improductiva políticamente. ¿Qué sentido tiene discutir si somos del o del no cuando no se nos reconoce la capacidad de votar? Mientras no se reconozca el derecho de autodeterminación, todos los que creemos en una Catalunya 100% soberana tenemos que encontrar la manera de luchar para que así sea.

Pues bien: eso continúa vigente, ya que el derecho de autodeterminación sigue siendo negado por el Estado. Y en este punto Joan Tardà afirma con valentía: "El 1-O no nos determinamos lo suficiente como para que fuéramos reconocidos en el mundo como república". Utilizo la palabra "valentía" porque muy a menudo el 1-O se ha analizado desde una dicotomía falsa: o eres de los que "aplican el mandato del 1-O" o eres de los "botiflers" que renuncian a él. Creo que esta dicotomía no es más que un subproducto de la lucha entre los partidos independentistas para conseguir el poder señalando al de al lado. En este caso es innegable que este marco tiene como objetivo señalar, injustamente, a ERC. Sin embargo, Joan Tardà dice sin pelos en la lengua que el 1-O "no fue suficiente". Pero una vez llegados a la "valentía" de asumirlo, Joan Tardà hace dos cosas que me parecen muy preocupantes. La primera: concluir que si el 1-O no fue suficiente, hay que renunciar a la vía de la movilización y la desobediencia civil. Y la segunda: asume, otra vez, la división entre "indepes" y "no indepes". Estas dos cosas, entre otras, son profundamente problemáticas y creo que contienen un montón de debates que no estamos haciendo.

Mientras no se reconozca el derecho de autodeterminación, todos los que creemos en una Catalunya 100% soberana tenemos que encontrar la manera de luchar para que así sea

Primera: dice Tardà que el 1-O no fue suficiente. Yo estoy de acuerdo. Personalmente, y de manera resumida, creo que el "mandato" del 1-O no tiene tanto que ver con el "resultado" de la votación, sino con la idea de que la desobediencia masiva es la única manera de avanzar en el reconocimiento del derecho de autodeterminación. Pero me parece (y digo "me parece" porque en ERC no se está hablando muy claro) que del hecho innegable de las limitaciones del 1-O ERC extrae que hay que pasar página y entrar en una fase de "governismo" autonómico como único horizonte posible. En el artículo (y en general en ERC) ya no vemos ninguna mención al papel de la movilización ciudadana. Ya no se habla de los CDR, ni de las acciones desobedientes como herramienta de lucha. En vez de eso, Tardà dice que "sólo será posible [que el Estado reconozca el derecho de autodeterminación] si el republicanismo acumula más apoyo electoral y más base popular, si traduce la fuerza creciente en una acción de gobierno más intensa, más eficaz y más social". Sin duda, una acción de gobierno "más intensa, más eficaz y más social" sería una gran noticia. Pero atención. En primer lugar, hay que recordar que ERC lleva casi dos años en el Govern. No puede hablar como si no fuera con ellos la poca intensidad, la poca efectividad y la poca sensibilidad social. Y en este punto (cuando Tardà dice "sea en esta legislatura catalana o en una nueva a raíz de un nuevo proceso electoral con todo lo que puede suponer en la existencia de nuevas mayorías"), se intuye un intento de dar la culpa a sus socios de Govern de la falta de intensidad, efectividad y "sociabilidad". Y se intuye la idea de "nosotros lo haríamos mejor sin tener que soportar a los socios". Excede en mucho el objeto de este artículo analizar la acción del Govern, pero ninguna conselleria (ni las que están en manos de unos o en manos de los otros) destaca por su acción "intensa", "eficaz" o "social". Dicho esto, es difícil saber por qué una acción de gobierno como la que propone Tardà serviría para forzar el Estado a aceptar el "diálogo sin condiciones". ¿O alguien espera aún que el PSOE reniegue del 155 (y del 135), de la reforma laboral y que deje de ser una herramienta al servicio de las empresas del Ibex fueron utilizadas por la Monarquía para amenazar a los catalanes el 1-O? En este mismo sentido, y como complemento de la estrategia governista, Tardà propone un "marco de negociación colaborativo". Pero esperar que el Estado que conocemos se siente a "colaborar" después de haber sido forzado por un gobierno "más intenso, más eficaz y más social" es bastante improbable. Este mismo domingo el "socialista" García-Page era tajante: "O los independentistas se doblegan a Sánchez o será más implacable con ellos". ¿De verdad creen que Pedro Sánchez, que se ha bajado los pantalones en todas las ocasiones posibles, plantará cara al PSOE realmente existente?

Creo que el "mandato" del 1-O no tiene tanto que ver con el "resultado" de la votación, sino con la idea de que la desobediencia masiva es la única manera de avanzar en el reconocimiento del derecho de autodeterminación

La segunda cosa que me preocupa del artículo de Tardà es que asume (entiendo que de manera involuntaria) el marco del unionismo más ultramontano. Dice Tardà que "la solución tiene que incorporar los anhelos y las aspiraciones de los catalanes independentistas y también la de los catalanes que no lo son". Sí. ¿Y? La afirmación llega después de aquella otra hecha hace unos meses: "El 50% de independentistas no puede imponer la independencia al otro 50". Como decía, asumir este marco es una derrota que nos puede salir muy cara a aquellos que luchamos por la autodeterminación de Catalunya, seamos independentistas o no. De hecho, si miramos con atención, esta división es uno de los pilares argumentativos de todo el unionismo. Desde el PP y Ciudadanos hasta el PSOE, pasando por ciertos sectores de los comunes, el argumento estrella es que "la sociedad está dividida por la mitad y, por lo tanto, hay que dejarlo estar". Desde Aznar que decía que "antes se rompe Catalunya que España", hasta el "os vamos a montar un Ulster que os vais a cagar", pasando por el "el problema de Catalunya es de convivencia" de Pedro Sánchez. Al principio de este escrito destacaba la importancia de poner la línea divisoria entre los que reconocen el derecho de autodeterminación y los que no. Estoy seguro de que Tardà comparte esta convicción, pero entonces, a la hora de analizar la situación vuelve a caer en la idea de "la sociedad partida en dos". Una idea que deja sin margen de actuación a los que defendemos la autodeterminación. Dicho de otra manera: estoy de acuerdo en que un 50% no puede imponer nada a otro 50%. Ni los independentistas ni los no independentistas. Pero no estoy de acuerdo en que el debate sea este. El debate es si los que creemos en el derecho de autodeterminación (que somos el 80%) tenemos que quedarnos quietos y renunciar a la movilización constante y contundente para desarmar al 20% que impone que aquí manda al Felipe VI. Para entendernos pondré un ejemplo gráfico: estoy de acuerdo en el hecho de que ahora mismo cortar, por ejemplo, todas las carreteras del país para imponer la independencia es difícilmente justificable. El 50% no se puede imponer al otro 50%. Pero cortar aquellas mismas carreteras para exigir y forzar la aceptación del derecho de autodeterminación (donde todo el mundo podrá votar , no, votar en blanco o abstenerse) me parece una contribución a la libertad y a democracia. En primer lugar, porque en este caso estaríamos cortando carreteras para defender una postura que comparte el 80%. Y en segundo lugar, porque aunque fuera un 50% o un 40%, lo que se reclama no es imponer nada. Lo que se reclama es que la solución pase por el "principio democrático" al cual se refiere Tardà y que nadie se imponga a nadie.

Me da la impresión de que la asunción del marco del 50% que se intuye en el artículo de Tardà (y en el discurso general de ERC) busca justificar el abandono de cualquier estrategia que implique confrontar con claridad, radicalidad y determinación a quien niega el derecho de autodeterminación y potenciar el retorno al governismo de gestión de una autonomía que ya no se sostiene y de unos horizontes que sólo ofrecen retrocesos.

Al principio de este artículo ponía sobre la mesa la falsa dicotomía entre "los fieles al 1-O" y los "botiflers" que lo rechazan. Una falsa dicotomía que injustamente se utiliza para atacar ciertas posiciones de ERC. Pues bien, de igual manera hace falta poner en cuestión la otra falsa dicotomía que dice que aquí sólo hay dos opciones: la de unos "arrebatados" que lo quieren todo y lo quieren ya y unos "realistas" que ahora nos aconsejan volver a casa. Una falsa dicotomía que injustamente se utiliza para atacar ciertas posiciones que no coinciden con los planes de ERC. Tarde o temprano habrá que hablar claro. Espero poder seguir haciéndolo con personas honestas como Joan Tardà.

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