Imagino que no saben quién es Joe Manchin III. Es un senador demócrata que representa a Virginia Occidental desde hace nuevo años y que en el presente aspira a la reelección. Manchin posee un récord que no es ninguna rareza en el sistema parlamentario norteamericano. Es el senador que más veces ha votado contra su partido en la legislatura en curso. En 124 ocasiones, un 29,9%, concretamente. De los 100 senadores norteamericanos, sólo la republicana Cindy Hyde-Smith, elegida por el estado de Misisipí, no ha votado jamás contra su partido. Por lo tanto, la norma es que los senadores y los congresistas vayan por libre y voten lo que les venga en gana, independientemente de la posición de su partido. No es que en los EE.UU. los partidos Demócrata y Republicano no impongan su ley, sino que el sistema de elección y representación (de ahí el nombre de la cámara baja: House of Representatives) es muy diferente al catalán, pues el secretario de cada grupo parlamentario levanta el brazo y con los dedos (uno, dos o tres) de una mano indica a sus diputados cuál es el sentido del voto del grupo. En los EE.UU. no es necesario que uno se rebele para poder votar en conciencia. Tienen bastante con hacerlo sin que nadie los eche del partido.

Y esto que es normal en el Congreso y en el Senado norteamericanos, también lo es, aunque no con tanta frecuencia, en los parlamentos británico y escocés y en las asambleas de Gales e Irlanda del Norte. En el web TheyWorkForYou.com pueden encontrar todos los detalles de la actividad parlamentaria de lores y diputados. Jeremy Corbyn, el actual líder del Partido Laborista, votó contra Tony Blair, cuando éste era primer ministro, por lo menos en 428 ocasiones. Si buscan este tipo de información sobre las Cortes españolas o sobre el Parlament de Catalunya no la encontrarán. En primer lugar, porque no recuerdo se haya dado jamás un caso en que un diputado o un grupo de diputados se rebelaran contra su propio partido. Habría sido un escándalo. La ley electoral española, que es la que rige en Catalunya, convierte a los diputados en “creyentes” de una secta que defienden a capa y espada, a menudo sin criterio propio. El sistema electoral determina, fundamentalmente, cómo se traducen votos en escaños. Pero tiene más consecuencias, puesto que puede influir sobre la relación entre representantes y representados, sobre el funcionamiento interno de los partidos, sobre la estabilidad o inestabilidad del sistema político o sobre el tipo de gobiernos que se pueden conformar, entre otros efectos. La democracia es, por encima de todo, una práctica viva y no solamente un corpus jurídico. El caso italiano es paradigmático y nos demuestra que con una ley no se soluciona nada. Desde 1993 se han sucedido las reformas del sistema electoral sin que ninguno de los varios sistemas que han probado haya acabado de funcionar. La prueba es la dificultad para poder formar el último Govern.

Cada vez que se ha planteado una propuesta de unidad soberanista al margen de los partidos, los ciudadanos han respondido de una manera masiva

Los partidos son instrumentos y no un fin en sí mismos. El partidismo es el nuevo conservadurismo. En las sociedades horizontales y abiertas, que es como tendrían que ser todas las democracias de verdad, los partidos clásicos, cerrados y rígidos, cuya actuación es decidida por un “comité invisible”, no tienen futuro. Fomentan el caciquismo y, como se ha constatado en muchos casos, la corrupción. El proceso soberanista ha empoderado la sociedad civil de una forma tal, que ahora Òmnium Cultural tiene más socios que el FC Barcelona. Y también tiene muchos más que todos los partidos políticos sumados. El partido con más afiliados tiene 12.000, la mayoría de ellos inactivos. En mi artículo anterior propuse que Carles Puigdemont encabezara un movimiento republicano y soberanista que superara los viejos partidos de la autonomía para “copiar” el modelo organizativo de la ANC. Recibí un montón de mensajes de gente que me preguntaba dónde había que apuntarse. Cada vez que se ha planteado una propuesta de unidad soberanista al margen de los partidos, los ciudadanos han respondido de una manera masiva. Lo viví en directo cuando un núcleo pequeñísimo de personas, los seis comensales que comían en una casa particular, pusieron en marcha el web www.llistaunitaria.cat. En poco más de una semana, más de medio millón de personas firmaron la petición de unidad. Aquella lista unitaria no salió adelante por la frontal oposición de los partidos tradicionales. Pero no sería justo si acusara de aquel fracaso a los partidos. El inmovilismo predomina en la política catalana y entre muchos comentaristas. Una de las grandes críticas que lanzan contra el grupo parlamentario de Junts per Catalunya —incluyendo el president Torra— es que está formado por gente que no tenía una experiencia política previa. Teniendo en cuenta que muchos de los políticos “experimentados” nos han llevado al desastre —para empezar, Jordi Pujol—, esa crítica da un poco de risa. Lo cierto es que esa gente desconocida, con brillantes trayectorias profesionales al margen de la política, han aportado aire fresco a una candidatura que se formó en torno a Carles Puigdemont y no del PDeCAT. Por lo que parece todavía hay quién no se ha enterado. La propiedad de una marca no da la patente de una propuesta como esa ni asegura su continuidad posterior si se altera la fórmula. Si Junts per Catalunya no hubiera obtenido el éxito que obtuvo, ahora no estaría sufriendo el acoso de los que quieren apropiarse de la coalición como si fuera un “invento” suyo. Hay políticos que llevan grabado en el gesto y en la palabra el signo del envejecimiento. Son miedos y tramposos de serie.

Pero las reacciones que me sorprendieron de verdad fueron las opiniones negativas de algunos alcaldes vía Twitter. Con un solo ejemplo bastará. El alcalde de Vilassar de Dalt, Xavier Godàs, llegó a la alcaldía en 2011 como candidato del Grup d’Esquerres de Vilassar de Dalt (GEVD) y con el apoyo de Opció per Vilassar (OXV), ERC y PSC. Fruto de las elecciones municipales de 24 de mayo de 2015, Godàs volvió a ser elegido alcalde por Ara Vilassar, una candidatura de la que formaban parte el GEVD, OXV y ERC. En la oposición quedaron los concejales de CiU, CUP, PSC y PP. El alcalde Godàs, quien declara que tiene como libro de cabecera El príncipe de Maquiavelo, es un soberanista de tomo y lomo. En abril de 2016 fue requerido por la Audiencia Nacional por el apoyo del pleno a las leyes de desconexión y en noviembre del 2017 el TSJC le obligó a colgar de nuevo la bandera española en el Ayuntamiento con una resolución que el alto tribunal tardó cinco años a emitir. El alcalde no interpuso recurso alguno porque era consciente de que en “el actual marco jurídico la resolución siempre será la misma”. Un hombre así, rebelde, quien además fue objetor de conciencia, tendría que ser receptivo a las novedades. Desengañaos, indignaos, rebelaos, pero sin hacer ruido que el ruido ya la hacemos nosotros, como diría el nonagenario Stéphane Hassel.

Pues no. El alcalde Godàs, que es sociólogo, tiene miedo. Y no sé por qué. O sí. En tuit ironzó sobre la propuesta que yo había planteado en mi artículo: “Este texto sintetiza 5 ideas básicas de nuestro trumpismo: La gente es buena y está dispuesta a todo. Los partidos son nocivos para la gente. Cargarse los partidos que no se porten bien es un deber de la gente. Estamos en guerra. Puigdemont es la solución a todo”. Me gustaría saber qué relación nos une a Donald Trump, Carles Puigdemont y a mí. ¡Da igual! Puesto que soy más partidario de Rousseau que de Maquiavelo, efectivamente creo en la gente. Pero lo gracioso es que un tipo que no se presenta a las elecciones al margen de los partidos tradicionales —o camuflar sus siglas—, se escandalice porque otro proponga romper los corsés partidistas. Un insumiso como el alcalde Godàs, más trompetista que trumpista, no debería temer al cambio. Tendría que ser una alma libre como los parlamentarios del mundo anglosajón. Tener criterio propio y evaluar hasta qué punto los viejos partidos de la autonomía están carcomidos y ya no sirven. O sólo sirven para lo que todo el mundo sabe o sospecha.

Las tiranías, blandas o duras, se aprovechan del cansancio de los electores para vaciar la democracia y gobernar en el vacío

¿Saben por qué el alcalde de Vilassar hace tantos aspavientos? Pues porque, en realidad, no es independiente. Ara Vilassar es una “marca blanca” de ERC, como pasa en otros muchos municipios de Catalunya, en los que los grupos locales se convierten en agrupaciones municipales adheridas a los partidos tradicionales. La hambruna partidista mustia la frescura inicial de las iniciativas locales. Desearía que no fuera siempre así. También es verdad que hay políticos imaginativos y sinceros, pero los hay que sólo defienden el statu quo. En un país donde, en septiembre del 2017, la Fiscalía General del Estado citó a declarar 712 alcaldes, amenazándoles con la policía si no se presentaban ante el juzgado, la valentía de asumir —y propiciar— grandes transformaciones deberían llevarla gravada en oro. Fueron amenazados sólo por haber firmado decretos que ponían a disposición del Govern de Carles Puigdemont los locales necesarios para organizar el referéndum de autodeterminación del 1 de octubre. A veces es más difícil aplicar una lógica reformista de verdad que levantar la vara de alcalde para defender simbólicamente la libertad. Todo el mundo reconoce que Pasqual Maragall fue un alcalde visionario y el president de la Generalitat que abrió la caja de truenos soberanista con su propuesta de reforma del Estatut. Siempre tuvo más visión que misión.

Los gestos son tan importantes como las palabras. Esto es cierto. Ahora bien, la política también es cultura. Cultura democrática. En los EE.UU., congresistas y senadores aspiran a poner su nombre en una ley emblemática aprovechando que fueron ellos los que promovieron su aprobación. Aquí no. Ni siquiera existe el diputado de comarca o de distrito. Ni los concejales son elegidos por barrios, aunque después se les asigne uno. Las listas cerradas facilitan el control de los partidos sobre los diputados, senadores o concejales. Y en los municipios, el cesarismo de los alcaldes está por encima de A o de B, “son la solución a todo”, como escribió en su tuit el alcalde Godàs refiriéndose irónicamente a Puigdemont. No es crítica, sencillamente constato el dinamismo local y los liderazgos que se  dan en ese ámbito. Cómo que me ponen de los nervios las formas blandas de tiranía camufladas en regímenes teóricamente democráticos —como por ejemplo el español, puesto que según Sánchez-Cuesta la reacción del Estado ante la crisis catalana ha comportado un auténtico descalabro democrático—, también me siento más próximo de Alexis de Tocqueville que de Maquiavelo. El padre del republicanismo liberal propugnaba una forma de democracia que asegurara la igualdad social y la participación. Las tiranías, blandas o duras, se aprovechan del cansancio de los electores para vaciar la democracia y gobernar en el vacío. No es una novedad. El ensayista Elmer Eric Schattschneider ya hablaba de ello en la década de los años sesenta cuando apuntaba que el “defecto del cielo pluralista es que el coro celestial canta con un fuerte acento de clase alta”. El acento de la clase política, del personal dirigente, definido a la manera de Gaetano Mosca.

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