Voy andando distraído por la calle y de sopetón me para un político en activo. Sin siquiera darme los buenos días empieza a gritar-me, como si yo fuera su chacha. A pesar de que estoy avezado a la mala educación, porque en el mundo de la enseñanza abunda, sigo sin asumir que en el mundo adulto, el de los profesionales de la política con un poco de formación y cultura, todavía predomine el alma del cacique, de quien se cree con el derecho de pedir explicaciones por todo y, además, dárselas de víctima. De engañarse, porque lo más triste es que a menudo este tipo de políticos se cree que tiene razón, que siempre tiene razón, y que el resto de la humanidad es imbécil y tiene que postrarse ante los galones de cabo que trae cosidos en la manga. Es el estilo Trump pero en versión provinciana.

Las formas de hacer política en Catalunya son cada vez peores y es una burda copia de lo que ocurre en las Cortes, donde personajes como Borrell o Rufián se dedican a insultarse en vez de debatir en profundidad sobre lo que sea: sobre política internacional o sobre la vulneración de la democracia. Al final, como me dijo también ayer un político sabio, de los que ya no quedan simplemente porque los políticos friquis han ocupado la primera línea, el revuelo que provocan los insultos provoca que el público olvide de qué trataba la discusión. El Parlamento de Cataluña se ha visto obligado a llamar al orden a sus señorías después del último pleno en el que Ciudadanos repitió por enésima vez el acoso contra los diputados de los otros grupos. Los espectadores no los pueden oír, porque el audio de las sesiones no tiene sonido ambiente, pero a menudo los plenos van acompañados de expresiones groseras y ataques muy personales.

Las formas de hacer política en Catalunya son cada vez peores y es una burda copia de lo que ocurre en las Cortes

Desde Aristóteles la política es la manera de orientar ideológicamente la organización de la vida social y el gobierno. Y cuando digo ideológicamente no significa siguiendo disciplinas sectarias, propias de los partidos del siglo XX, estructurados verticalmente, poco transparentes y acostumbrados a la conspiración, a la falsedad, a mentir, si es necesario, para sembrar la discordia incluso entre correligionarios. No es algo nuevo, es verdad. Para no recurrir a un caso cercano —que los hay, quizás no tan espectaculares como el que ahora les voy a contar pero igualmente penoso—, les recordaré el episodio referido a François Mitterrand que explicó Jordi Galves en el artículo, Orgullosos de Artur Mas, publicado en marzo del año pasado en este diario, con el que reclamaba que el expresidente se retirara definitivamente, con todos los honores, para no entorpecer el proceso soberanista. Los hechos son estos. la noche del 15 al 16 de octubre de 1959, el político francés se refugió en los Jardines del Observatorio de París, haciendo ver que había sido víctima de un atentado, mostrando como prueba su vehículo, cosido con siete agujeros de bala. Días después, cuando Robert Pesquet, su cómplice, confesó a la prensa que Mitterrand había mentido, que todo había sido un montaje destinado al victimismo, el escándalo fue mayúsculo. La prensa le machacó y todo el mundo pensó que aquel joven político, que entonces tenía 43 años, acababa de cavar su propia tumba. No fue así. Mitterrand llegaría a ser presidente de la República francesa entre 1981 y 1995, a pesar de que conservó la tendencia al engaño, incluso en la vida personal, aprovechándose de los caudales públicos. La prensa del momento le hizo la ola.

Cuanto más analizo qué ha sido la política catalana de los últimos cuarenta años, más convencido estoy de que tienen razón quienes acusan a los políticos del régimen del 78 —los que ejercieron el poder y muchos de los que entonces eran jóvenes asesores o de jefes de gabinete o alcaldes y que ahora ocupan consejerías que les van grandes— de tener formas propias de la vieja política. No es un problema de edad. Es de estilo y de comportamiento. De formas de entender qué significa la práctica política. Y puesto que la mayoría de esos políticos no han trabajado en otra cosa en toda su vida, ahora que la política catalana es un campo de minas no saben controlarse ni tienen capacidad para gestionar con inteligencia el conflicto. También es por eso que nadie les tiene como referentes de nada. No tienen ideas y sólo tienen miedo de perder la notoriedad que da ir acompañado de un guardaespaldas. A la gente decente que ha sostenido el sabelianismo contra viento y marea este estilo ya no le gusta. Reclama que los aires republicanos ventilen la política catalana para siempre.

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