Apenas será un momento. President Mas, poneos en pie —yo a los presidentes les trato de vos en señal de respeto al país que encarnan— y decid al pueblo que no le queríais ofender. Que no pretendíais insultar a su inteligencia cuando dijisteis que CDC no se había financiado como el PP o el PSOE, como cualquier otro partido con poder. Que los ciudadanos de Catalunya no son tan ingenuos. Que sólo intentabais ser fiel a los vuestros, a las personas que os han votado y os han apoyado incluso en los momentos más adversos. Que no les quisisteis dejar sin nada y no sabíais cómo decir lo que realmente pasó hace años. Que “exagerasteis” —decid “exagerar” aunque yo os recomiendo que digáis “mentir”— pensando en ellos y no en vos. Decid que os han mal aconsejado y que, al final, os habéis dado cuenta de que los votantes del Partit Demòcrata de lo que están orgullosos, precisamente, es de tener un líder que les diga la verdad. Que están muy contentos, más que satisfechos de que Mas esté limpio, de que no se haya aurificado como un Millet cualquiera, ya que en caso contrario ya se habría destapado. Que de lo que están orgullosos los antiguos convergentes es de tener un líder que no les avergüence y que consiguió sacarlos del jaleo en el que los había dejado empantanados el clan Pujol. Que de lo que estaban y siguen estando orgullosos es de haber llegado al independentismo. Que vos conocéis muy bien que los intereses de las clases medias, de los menestrales y profesiones liberales, del centroderecha catalán, se oponen a los intereses de la alta burguesía española y de los partidos que la representan. Que sois la voluntad de un pueblo y no al revés. En ese momento lo soltáis, decid que os marcháis.

Sin retórica. Sin metáforas ni coñas marineras, por favor. Sin decir —pero pensando— que Marta Pascal no se merece que vos le hagáis lo mismo que Jordi Pujol os hizo hasta hace cuatro días. Sin cara de resentimiento contra algunas personas que están, desde hace tiempo, en la papelera de la historia, como todas las demás sectas marxistas. Por inútiles y fanáticos. Porque no os llegan ni a la suela del zapato, president. Que sois un señor represaliado político de la España de hoy. Decid que os marcháis porque aunque no tengáis nada que ver con la financiación de vuestro partido, ni os habéis embolsado un euro, alguien debe hacerse responsable. Y que, por responsabilidad, y no por culpabilidad, os vais y muy buenas. En caso de iros así, siempre podréis volver. Es más, si os marcháis así, tendréis que volver, antes o después, cuando se hayan revelado inviables muchas de las fantasías que hoy parecen moneda de curso legal. Si os vais con vuestro capital político intacto volveréis a la fuerza y ​​con la fuerza del boomerang, con el poder que tiene ser un político del que los votantes se pueden sentir orgullosos. A mí, personalmente, me habéis vuelto a hacer sentir orgullo por la política. Os estableceréis como un referente moral e ideológico, como el único político catalán comparable a Mijail Gorbachov o a Adolfo Suárez y que, como ocurre con ellos, lo importante no es ni su origen político, ni las miserias de la financiación de los partidos, ni sus errores, sino los beneficios que consiguió aportar a su sociedad.

Si os vais con vuestro capital político intacto volveréis a la fuerza y ​​con la fuerza del boomerang, con el poder que tiene ser un político del que los votantes se pueden sentir orgullosos.

President Mas, no estáis en una situación tan desesperada, por eso debéis marcharos ahora. Ahora, cuando os han condenado injustamente. Tampoco estáis, por ejemplo, ante un ridículo comparable al de François Mitterrand, cuando se supo que había mentido y que el famoso atentado contra su vida no había sido más que una representación teatral destinada a hacerse publicidad. Todo le salió mal. Efectivamente, la noche del 15 al 16 de octubre de 1959, el político francés se refugió en los Jardines del Observatorio de París, haciendo ver que había sido víctima de un atentado, mostrando como prueba su vehículo, cosido con siete agujeros de bala. Días después, cuando Robert Pesquet, su cómplice, confesó a la prensa que Mitterrand había mentido, que todo había sido un montaje destinado al victimismo, os puedo asegurar que los titulares de los periódicos no fueron tibios. Todos los periodistas y toda la clase política francesa coincidían en un solo punto. François Mitterrrand había mentido y la mentira había sido tan grande y aparatosa que nunca más se podría hacer perdonar. Que estaba acabado, que era un cadáver político, kaput, que nunca más podría volver a salir a la calle, que el ridículo no podía ser más espantoso. Que cuando mientes y te pillan nunca más te podrán perdonar. Esto decían entonces los sabios que quisieron borrar a Mitterrand de la vida política. Pero lo cierto es que, pasado el tiempo, François Mitterrand, ya mayor, logró reconquistar la confianza de su pueblo y se convirtió en uno de los presidentes más importantes de la historia reciente de Francia, gobernando durante catorce años, y del que muchos de nuestros vecinos se sienten justamente orgullosos.

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