Junts nos ha impuesto una excepcionalidad terriblemente suicida. El ínterin de cuatro meses que se abrió con la inhabilitación del MHP Torra, aceptada a toda prisa, es la peor solución que se habría podido tomar. Está claro, y puesto que ya lo he escrito tantas veces estoy seguro de que me dirán que me repito, desde la cárcel y el exilio es difícil sentir el latir de la sociedad. Junts está instalado en un tiempo de espera que es descaradamente partidista. No es bueno para la causa independentista que las indecisiones internas de un partido acaben condicionando todo un país. Pero es que incluso ni siquiera es bueno para el propio partido.

El 21-D, cuando el afán de restituir al president y oponerse a la represión facilitaron que se agruparan personas de procedencia muy diversa, Junts consiguió superar a ERC por un margen muy estrecho, pero no pudo evitar que Ciudadanos fuese el partido más votado en solitario en Catalunya. Jamás entendí por qué razón Junts no se convirtió en un partido político que integrara todas las sensibilidades al día siguiente de aquella pequeña victoria. Han transcurrido tres años y todavía están aseando la casa después de haber dejado que los neoautonomistas renacieran de las cenizas donde les había sepultado la corrupción y de haber tirado a la papelera la Crida. Una crisis política como la de la última década, incrementada desde marzo de este año por la crisis sanitaria, reclamaba que Junts despertara de una siesta que se eterniza.

Ni Jordi Sànchez ni Carles Puigdemont pueden perder más el tiempo. Necesitan disponer de una organización y, también, de un programa que no se quede en las consignas. Pero, lo que se echa de menos en Junts es un líder que conecte directamente con el electorado. Y cuando digo un líder descarto a los eficientes tecnócratas que aspiran a no se sabe qué, a pesar de que durante años han formado parte de aquel gris sottogoverno que Vicent Partal destripó en un artículo reciente. Las circunstancias históricas han encumbrado a lo alto del poder a personas que en otro momento no habrían tenido ningún recorrido. Descartado este tipo de liderazgo, que combina con un exceso de testosterona entre los que toman decisiones, ¿qué le queda a Junts? Poco, francamente. El realismo debería obligarnos a aceptar que la persona que está en mejores condiciones para encabezar el cartel electoral es Laura Borràs. La actual portavoz de Junts en el Congreso de los Diputados tiene algunas de las cualidades propias de una líder. La gente le quiere, para empezar.

Puigdemont es el líder de Junts y puede encabezar la lista electoral si se asume que solo lo hace para demostrar cuál será la estrategia de Junts, pero Laura Borràs tiene que ser desde el primer momento la candidata a presidir la Generalitat autonómica

Que Junts se plantee un proceso de primarias tan dilatado en el tiempo y tan confuso, no es un buen augurio. El nuevo combate electoral no será fácil. Por un lado, es imprescindible que los independentistas ganen a los partidos unionistas y que el partido ganador en solitario sea independentista. Por otro lado, la disputa en las urnas entre Junts y ERC tiene que acabar con la victoria del grupo de Puigdemont, porque si no, se corre el riego de que los de Aragonès vuelvan a lo que Artur Mas defendía antes de empezar el procés (como el mismo protagonista corroboraba en una entrevista reciente: “A veces pienso que ERC defiende lo que yo defendía años atrás”). Los divorciados del procés son hoy los nuevos pretendientes de ERC por mero conservadurismo. ¡Qué paradojas! Si la presidencia de la Generalitat recae en Aragonès, está claro qué ocurrirá, aunque él sea elegido president con los votos de Junts y la CUP. Pero es que también puede darse un escenario peor. Y este es que las fuerzas del tripartito sumen y que ERC adopte sin tapujos la estrategia que defienden Gabriel Rufián y Joan Tardà desde hace tiempo.

Así pues, Junts debería cargar las pilas y despertar de la siesta, del sueño eterno que tanto daño le está haciendo. Es necesario que recupere el espíritu de la candidatura de reagrupamiento independentista del 21-D para repetir el éxito. Entonces se ganó con dos ideas fuerza que el electorado apreció. Una era la promesa del retorno del president Puigdemont, que no fue posible porque ERC impidió que se celebrara el pleno de investidura del 30 de enero. En esta ocasión sería absurdo repetir la jugada, en el buen sentido de la palabra, porque no cabe duda de que los diputados de Aragonès volverían a hacer lo mismo e impedirían la investidura. Puigdemont es el líder de Junts y puede encabezar la lista electoral si se asume que solo lo hace para demostrar cuál será la estrategia de Junts, pero Laura Borràs tiene que ser desde el primer momento la candidata a presidir la Generalitat autonómica. Borràs, a diferencia de Torra, es una radical pragmática.

El otro factor que hizo que la candidatura de Junts se impusiera a la de ERC fue el carácter unitario de la lista, cuando menos por la unidad entre aquellos independentistas que querían hacerlo templando las divergencias ideológicas. Si la candidatura de Junts para el 14-F se aleja de la esencia que propició que se presentaran juntos Aurora Madaula y Lluís Guinó (por poner dos polos ideológicos diferentes) o Toni Morral y Marta Madrenas (el primero antiguo militante de ICV, como Jordi Sànchez, y la segunda de CDC), el resultado electoral ahora no será el mismo y el conjunto del proyecto se resentirá por ello. Laura Borràs representa más que cualquier otro aspirante a la presidencia este espíritu unitario: la aprecian las tietes convergentes (si es que este arquetipo todavía existe) y los independentistas no tienen ninguna duda de que les representa.

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