Estamos atrapados en la excepcionalidad. Esta pandemia ha puesto al mundo dentro de un paréntesis del que no se sabe cómo salir. Los augurios no son nada buenos, porque la repentina alteración de la vida pública ha rasgado los bordes de muchas cosas, pero, en especial, está poniendo a prueba la democracia, que se cae a pedazos. No es que la pandemia haya sido el motivo de la adulteración democrática, un mal que se esparce a una velocidad superior a la del virus, es que ha propiciado que la perturbación sea más visible. Mucho antes de estos quince días la democracia corría peligro en Turquía, Polonia, Hungría y, desde luego, en China. En puridad, el régimen chino no es una democracia, a pesar de la homologación de los doctrinarios —los que todavía tienen el valor de proclamarse comunistas— y, incomprensiblemente, de los profesores de economía de las elitistas escuelas de negocios donde regalaban títulos al mejor postor. La derecha y una izquierda muy envejecida sueñan con la imposición de un sistema político que les ahorre el trance de tener que concurrir a unas elecciones para legitimar sus políticas. Poner el ejército en la calle es siempre un mal presagio.

Evo Morales, que fue presidente de Bolivia durante catorce años, perdió el poder el 10 de noviembre del año pasado por una conspiración palaciega, con los militares de por medio, que convirtió en presidenta provisional a la senadora conservadora Jeanine Áñez. Eso fue tan cierto como que Morales y el MAS, su partido, habían intentado imponer un cambio constitucional, a pesar de haber perdido el referéndum de 2016, para perpetuarse en el poder. La disyuntiva, pues, no era la confrontación entre demócratas y populistas, sino entre dos sectores políticos que se diputaban el control del poder. Porque esta era la cuestión en Bolivia o en Ecuador o en Venezuela. Siempre fue así. La disputa entre Trotsky y Stalin no era precisamente un debate entre demócratas. Las crisis muestran con toda crudeza hasta qué punto la indiferencia es la peor de las dolencias contemporáneas e invita a tirar mano de los tópicos. Los políticos actuales son tan malos como debían de serlo los que no supieron evitar dos guerras mundiales o bien el golpe de estado del 18 de julio o el ascenso de los totalitarismos por todas partes. No siento ninguna nostalgia del pasado, sobre todo porque tengo suficiente memoria como para saber, por ejemplo, que los pactos de la Moncloa fueron una tomadura de pelo pactada entre los comunistas y los centristas españoles.

Las crisis muestran con toda crudeza hasta qué punto la indiferencia es la peor de las dolencias contemporáneas e invita a tirar mano de los tópicos

Estos días de confinamiento estoy leyendo la biografía que Francesc Montero dedicó al periodista Manuel Brunet (Editorial Afers), un católico exaltado en guerra permanente con las izquierdas y que se inventó la tesis de que si la autonomía republicana hubiera sido gobernada por la derecha, Cataluña se hubiera convertido en un “oasis”. El libro está muy bien documentado y nos muestra como la evolución política del mundo fue influyendo en la opinión de uno de los faros de la derecha catalanista que, a copia de ir relativizándolo todo, acabó junto al franquismo, junto al grupo de Destino: Joan Teixidor, Juan Ramón Masoliver, Josep Vergés, Josep Pla, Ignasi Agustí, Nèstor Luján y compañía. Carles Geli arrancó un titular de Jordi Amat que históricamente es una aberración. En pleno proceso independentista, Amat asumió la tesis de la falsa ruta del catalanismo de Ferran Valls i Taberner, y, sin mencionarlo, soltó que “La revista Destino va fer més pel catalanisme que Serra d’Or”. Una relectura presentista de la historia que se parecen a los argumento de Evo Morales, pero en versión de derechas, para justificarse. La Lliga, que es de donde salió este núcleo de periodistas de Destino, contribuyó a la destrucción de la democracia tanto o más que la FAI.

La biografía de Brunet se ciñe a estudiar el pensamiento del periodista y, en este sentido, la interpretación es textual. El autor reproduce fragmentos de los artículos de Brunet para mostrarnos cómo pensaba y cómo fue decantándose hacia posiciones cada vez más intransigentes, más ultramontanas. Brunet, como otros muchos periodistas de derechas, consideraba que el fascismo era un fenómeno restringido a Italia, que además había sido útil para entender la obra regeneradora del país. En este aspecto, entroncaba con toda una concepción del fascismo compartida a nivel europeo por algunos sectores políticos, para quienes el fascismo era un régimen respetable y aceptable siempre que se mantuviera dentro de los límites de sus fronteras, pero que sería combatido si manifestaba ansias de expansión exterior. ¿Les recuerda algo? ¿No ven similitudes entre esa permisividad y la indiferencia de la UE ante la deriva autoritaria de Hungría o la represión del 1-O? Orbán es descarado, tanto como lo era lo Duce en los años 20. En España, llevamos una década de deterioro de la democracia y, entretanto, los cretinos habituales —incluyendo los catalanistas estilo Brunet— recomiendan que no nos lancemos a la cabeza el coronavirus. Hagámoslo, sin manías, denunciando las carencias y los abusos. Es la única formas de no acabar como antes de ayer y de impedir que los que aspiran al poder absoluto abran definitivamente la puerta a la excepcionalidad.

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