1. Es imposible afrontar un conflicto como el actual sin disponer de una buena organización, implantada en todo el territorio, que sea de base y realmente democrática y no solo el refugio de los cargos públicos y los electos. En los partidos tradicionales solo militan quienes ocupan o aspiran a ocupar un lugar en las listas electorales o en las butacas institucionales. Plantearse lograr la independencia con un partido así es imposible. Solo un partido movimiento será capaz de ensanchar los espacios de libertad que conquistan día a día los activistas. ¿Es que no fue así por lo menos desde el 2009 con las consultas populares? ¿Es que no fue así el 1-O? Los partidos casi han destruido las organizaciones cívicas que no han podido controlar. El nuevo partido tiene que hacer lo contrario: tiene que alimentar estas organizaciones para conquistar contrapoder en los colegios profesionales, en las cámaras de comercio, en los clubes de fútbol, en las universidades, en los sindicatos, etc. Multiplicar la presencia en el denominado poder horizontal. Apoyar al Consejo por la República, a la ANC y a Òmnium solo tiene sentido si son un vehículo para fortalecer la sociedad civil de verdad.

2. Antes de ponerse a organizar un nuevo artefacto político hay que responder nuevamente si es realmente necesario crearlo. Si respondo al interrogante por la experiencia vivida durante la organización de la Crida, la respuesta es sí. El independentismo rupturista necesita una organización fuerte y popular que esté bien dirigida y que se base en la confianza y el respeto mutuo, que sea en ella misma un frente amplio. Cuando se celebró en Manresa el acto de presentación de la Crida escribí que por primera vez el gentío que llenaba el pabellón del Nou Congost había acudido por su cuenta, sin que ningún partido organizara autocares. Y que lo había hecho, además, bajo una intensa lluvia. La gente reclamaba una organización lo más unitaria posible que fuera capaz de soportar, sin infantilismos ideológicos, el abrazo entre Ramón Cotarelo y Xavier Sala i Martín. Todos los frentes nacionales son eso.

3. ¿Por qué fracasó la Crida? Porque alguien decidió —y no pienso señalar a nadie para evitar hurgar en la herida— que había que controlar la dirección férreamente y por eso se preparó un congreso constituyente muy poco democrático, a la vieja usanza de los partidos de toda la vida, con un reparto de sillones en la dirección que estaba amañado antes de entrar en las dependencias del Palacio de Congresos del Fòrum. Aquello me pareció tan absurdo, tan apolillado y tan poco democrático, que decidí hacer algo insólito, propio de un outsider, a pesar de que un servidor había acumulado más kilómetros que nadie para tirar adelante aquel proyecto, que fue presentar una candidatura alternativa. [Déjenme que aclare que yo no formé parte de esa candidatura para que nadie creyera que la impulsaba por despecho, por reacción a las exigencias de los que estuvieron boicoteando el proceso de unidad desde el principio y que exigieron que se me apartara]. La existencia de las dos candidaturas evitó convertir el congreso constituyente de la Crida en un acto político a la búlgara y legitimó la dirección escogida. Este es el ejemplo que demuestra que solo cuajará un partido dinámico, con primarias internas, y un fuerte compromiso ético. Para seguir con lo mismo no merece la pena empezar.

4. Se debe aprender de aquel error y por eso el nuevo partido no puede estar organizado por cuotas. Ni del PDeCAT [que mal suena que el grueso de la disputa con Puigdemont sea la exigencia de controlar el 50 por ciento de las sillas], ni de las múltiples familias existentes en el seno de Junts per Catalunya, que es en un mundo que se unió —y sigue unido— por la excepcionalidad del momento. El nuevo partido solo tiene que asegurar dos cuotas: la paridad de género y que en la dirección estén representadas las asambleas territoriales. Los asociados a un partido son cada vez más exigentes y la gente quiere unos representantes conectados con la sociedad. En cuanto a la democracia interna incluso considero que el papel de Puigdemont en este partido debería someterse a votación en el congreso constituyente de forma unipersonal, sin encabezar cualquier lista interna. Al fin y al cabo, lo que él representa, no como persona, sino como político, es patrimonio de todos. Que cada aspirante a formar parte de la dirección del nuevo partido se espabile para obtener apoyos.

5. Junts per Catalunya es una marca que sirvió para presentarse a las elecciones post-155 después de que se formaran dos plataformas que exigían una candidatura unitaria. Servidor impulsó una de ellas y al final, las dos confluyeron en la propuesta unitaria de Carles Puigdemont que incluía al PDeCAT. Junts per Catalunya ha tenido una vida inestable por culpa de las disputas entre las distintas familias posconvergentes, incluyendo el hurto “nocturno” del nombre. Los independientes no han provocado las fuertes movidas en la coalición. Los independientes no se pelean entre ellos, los posconvergentes sí. Podríamos redactar una tesis doctoral sobre las zancadillas entre “colegas” del PDeCAT. A menudo yo mismo bromeaba sobre eso y hablaba del PDeCAT 1, 2 y 3 para referirme a los oficialistas del dúo Pascal/Bonvehí y a las dos familias que perdieron el congreso de 2016 (Rull y Turull). Estas luchas han desdibujado Junts per Catalunya y han perjudicado a la coalición. Incluso me atrevo a afirmar que los independientes han salvado la cara de Junts per Catalunya en muchas ocasiones. La lucha por el poder entre estos sectores posconvergentes ha sido a muerte y tiene su reflejo en el organigrama de la Generalitat. Empezando por la composición del Govern. La proporción de consejeros independientes no se corresponde con el número de independientes del grupo parlamentario en Cataluña (en el de Madrid son mayoría los del PDeCAT). Ellos se defienden diciendo que la desproporción está compensada por el hecho de que el presidente de la Generalitat es un independiente. Reproducir este esquema en el nuevo partido, aunque hayas prescindido del oficialismo, seria persistir en el error. El eslogan “unimos personas, no siglas” —o tendencias—, tiene que ser real y no mera propaganda. Cuantos más dirigentes nuevos y sin lastre encabecen el partido y las candidaturas electorales, mejor.

Si reclamas unidad, demuestra primero que eres generoso con los tuyos y que sabes desprenderte de los egoístas y de los ambiciosos sin fondo

6. El nuevo partido tiene que alzar un muro contra la corrupción. Tiene que cortar por lo sano con el pasado. El PDeCAT nació por el derrumbamiento de CDC. La ruina de los convergentes fue debida a la corrupción —que es inherente a los partidos de los Régimen del 78— y, también, por la opción soberanista de sus dirigentes, lo que propició una mayor persecución judicial y mediática. Aquello sirvió de excusa para obligar a Mas a apartarse y que el PDeCAT no pudiera borrar el pecado ni con salfumán. Los primeros damnificados fueron los militantes honrados de CDC, que son legión. La culpa de la corrupción es de los dirigentes. En la época de Mas es evidente, el ejemplo de Oriol Pujol es palmario, porque era el más tonto. Pero después, también. Recuerdo con tristeza el diálogo que mantuve con Marta Pascal después de su primera conferencia pública en Nueva Economía Fórum. Me preguntó qué pensaba de su discurso y le dije que me había impactado que no hubiera mencionado la corrupción y que no hubiera pedido perdón por el 3%, el caso Palau y los líos de los Pujol. Me contestó que cómo habría podido hacer algo así si tenía sentados enfrente, entre cafés y cruasanes, a la plana mayor de la vieja guardia causante del desastre. A la misma Pascal le costó lo que no está escrito apartar a Germà Gordó del grupo parlamentario de Junts pel Sí cuando se descubrió uno de sus múltiples trapicheos. ¡Pobre Osàcar, qué injusto que haya tenido que pagar por los demás!

7. Este nuevo partido tiene que plantearse sin complejos que es imprescindible gestionar la autonomía mientras se sigue luchando por la independencia. Por lo tanto, hay que explicar a la gente que se necesita un grupo parlamentario fuerte para cerrar el paso al unionismo y a cualquier intento de diluir las aspiraciones nacionales con la excusa de la gestión. Los independentistas por la ruptura tienen que gestionar mejor incluso que cualquier otra opción. Con los comunes se podrán compartir muchas luchas, pero está claro que no se  puede compartir el Govern porque la valoración del agravio no es el mismo. Y en estos momentos todavía menos, cuando forman parte del gobierno, por así decirlo, del expolio. Los independentistas, en cambio, no solo compartimos la lucha, sino que estamos unidos, sobre todo, por la resistencia contra el agravio (económico, cultural, social) que discrimina Cataluña porque tiene en contra el estado al que pertenece. Es un estado desigual, injusto e insolidario, que impugna leyes catalanas justas, promulga decretos y órdenes dirigidas a limitar el autogobierno o incluso a eliminarlo. La denuncia de un agravio parecido unió, por ejemplo, a los independentistas norteamericanos en 1776. (La declaración de independencia empieza así: “Cuando en el curso de los acontecimientos humanos se hace necesario para un pueblo disolver los vínculos que lo han ligado a otro... un justo respeto al juicio de la humanidad exige que declare las causas que lo impulsan a la separación.”).

8. Los independentistas catalanes tienen que trabajar con el objetivo que los que todavía no lo son se decanten por la separación. Los unionistas británicos también acusaban a Jefferson, Adams, Franklin, Paine, Hamilton y Washington de victimistas, pero al final todos los que hasta entonces eran colonos británicos decidieron convertirse en americanos para defender la libertad, el bienestar y un autogobierno de verdad. Palabras gruesas pero que sintetizan un ideal. Es el partido el que tiene que propiciar la interjección entre los dos planos, el institucional y el activista, sin que uno interfiera en el otro. Los asociados al partido tienen que trabajar en las asociaciones de la sociedad civil para que el independentismo sea fuerte en todos los ámbitos de la vida social. Los consejeros o consejeras tienen que ser buenos gestores y hacerlo bien con los recursos de que disponen y aplicar políticas progresistas (no es necesario ser muy de izquierdas para liquidar a todos los fascistas de las fuerzas de orden público: Merkel lo ha hecho en el ejército alemán), pero también tienen que ser políticos. Tienen que gestionar y liderar a la vez la denuncia del agravio. Gestionar la autonomía significa, no me cabe duda, saber gestionar el agravio. La ufanía —la exaltación del poder fingido— es propio de un gobierno autocomplaciente, que sobrevive gracias a las apariencias. Por eso el Gobierno tiene que estar dirigido por alguien con autoridad.

La Crida fue un éxito porque todo el mundo depositó en ella las esperanzas con generosidad. Quien no esté dispuesto a ser valiente y coger el toro por los cuernos mejor que se vaya. Las decepciones abocan a los desastres y a las rupturas. Si reclamas unidad, demuestra primero que eres generoso con los tuyos y que sabes desprenderte de los egoístas y de los ambiciosos sin fondo. La nueva política es esto y poco más.

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