Un incremento inesperado en el consumo de gasolina no siempre está relacionado con el estado del motor o con un fallo en el sistema de inyección. En muchas ocasiones, la causa se encuentra en un elemento mucho más sencillo y a menudo olvidado: los neumáticos. Su presión y nivel de desgaste influyen directamente en la eficiencia del vehículo y pueden explicar un aumento progresivo en el gasto de combustible.
No es ningún secreto que la resistencia a la rodadura es uno de los factores que más condicionan el consumo. Cuando un neumático circula con una presión inferior a la recomendada por el fabricante, su superficie de contacto con el asfalto aumenta. Esa mayor fricción obliga al motor a realizar un esfuerzo adicional para mantener la velocidad, lo que se traduce en un mayor aporte de combustible.
Aunque la diferencia pueda parecer pequeña en trayectos cortos, el efecto acumulado a lo largo de semanas o meses resulta significativo. Un simple descenso de unas décimas de presión puede elevar el consumo varios puntos porcentuales. Además, el desgaste irregular provocado por esa presión inadecuada reduce la vida útil del neumático y obliga a sustituirlo antes de lo previsto.
Circular con neumáticos desgastados genera un efecto similar. A medida que disminuye la profundidad del dibujo, la capacidad de evacuar agua se reduce y la adherencia se ve comprometida. El vehículo pierde eficiencia dinámica y el sistema de tracción necesita intervenir con mayor frecuencia, lo que también incide en el consumo.
Seguridad, estructura y eficiencia van de la mano
Lo destacable en este caso es que el problema no se limita al gasto de gasolina. Una presión incorrecta afecta directamente a la estructura interna del neumático. Cuando circula por debajo de los valores recomendados, la carcasa se deforma de manera constante, generando un exceso de temperatura que debilita los materiales. Con el tiempo, esa fatiga estructural puede derivar en fallos graves.
Por otro lado, una presión excesiva tampoco es recomendable. Reduce la superficie de contacto y provoca un desgaste prematuro en la zona central de la banda de rodadura. El resultado es una menor estabilidad y una pérdida de agarre, especialmente en frenadas de emergencia o en superficies deslizantes.
El estado de los neumáticos también influye en otros componentes del vehículo. Una rodadura irregular puede alterar el equilibrado y la alineación, afectando a la dirección y aumentando el esfuerzo mecánico en suspensión y transmisión. En consecuencia, el consumo puede incrementarse aún más debido a la suma de resistencias adicionales.
Mantener la presión adecuada y revisar periódicamente el desgaste no requiere intervenciones complejas, pero sí constancia. Los valores correctos varían en función del modelo y de la carga, por lo que deben ajustarse según las especificaciones del fabricante. En este sentido, una comprobación regular permite conservar la eficiencia prevista por el diseño del vehículo y evitar desviaciones innecesarias en el consumo.
Por todo ello, cuando el gasto de gasolina aumenta sin una causa aparente, los neumáticos deben ser uno de los primeros elementos a revisar. Su influencia en la eficiencia energética, en la seguridad y en la durabilidad del conjunto mecánico convierte su mantenimiento en un factor clave dentro de la gestión responsable del automóvil.
