Seis años al volante de un coche eléctrico permiten formarse una opinión sólida sobre sus ventajas y limitaciones. En ese periodo, la tecnología ha evolucionado de forma notable, con mejoras en autonomía, eficiencia y rendimiento. Sin embargo, la experiencia práctica no siempre depende únicamente del vehículo. El empresario José Elías ha sintetizado su balance con una afirmación clara: no se plantea realizar desplazamientos de 200 kilómetros desde su domicilio con total tranquilidad.
Su reflexión no cuestiona la viabilidad técnica del automóvil eléctrico ni pone en duda su autonomía. Al contrario, subraya que el problema, en su opinión, no está en la tecnología ni en la capacidad de las baterías actuales. El foco lo sitúa en la red de recarga pública en España, que considera insuficiente y poco desarrollada en comparación con otros países europeos.
La expansión del parque eléctrico ha sido constante en los últimos años, pero el despliegue de infraestructuras no siempre ha avanzado al mismo ritmo. Esta diferencia entre crecimiento de la demanda y disponibilidad de puntos de carga condiciona la experiencia de uso fuera del entorno habitual.
Infraestructura insuficiente frente a tecnología madura
Los modelos eléctricos actuales ofrecen autonomías que, sobre el papel, permiten cubrir desplazamientos de media distancia sin dificultades. En condiciones normales, recorrer 200 kilómetros no debería suponer un reto técnico para la mayoría de vehículos de nueva generación. No es ningún secreto que la evolución de las baterías ha reducido de forma notable la llamada ansiedad por autonomía.
Sin embargo, la percepción de seguridad en carretera no depende solo de los kilómetros homologados. La disponibilidad real de cargadores rápidos, su distribución geográfica y su correcto funcionamiento resultan determinantes. Cuando la red es escasa o irregular, cualquier imprevisto —desde una estación fuera de servicio hasta una potencia inferior a la anunciada— puede alterar la planificación del viaje.
El empresario insiste en que el inconveniente no radica en el coche en sí, sino en el ecosistema que lo rodea. En otros países europeos, la densidad de puntos de carga es significativamente mayor y la infraestructura está más consolidada. Esa diferencia permite afrontar trayectos largos con mayor confianza y menor necesidad de planificación exhaustiva.
La comparación internacional evidencia que la tecnología del vehículo ha avanzado con rapidez, pero la red de apoyo no siempre acompaña con la misma intensidad en todos los mercados.
Diferencias entre uso urbano y viajes interurbanos
En el ámbito urbano o periurbano, el coche eléctrico ofrece ventajas evidentes. La posibilidad de recargar en el domicilio o en el lugar de trabajo facilita una rutina cómoda y previsible. En ese contexto, la autonomía suele ser más que suficiente y los costes de uso resultan competitivos.
El problema aparece cuando se amplía el radio de acción. En trayectos interurbanos, la dependencia de la infraestructura pública se vuelve total. Cabe destacar que la distribución desigual de cargadores rápidos en determinadas rutas genera zonas con cobertura limitada, lo que obliga a diseñar el itinerario en función de la disponibilidad energética.
Además, la fiabilidad del sistema es un factor clave. No basta con que existan puntos de carga; es necesario que funcionen correctamente, que ofrezcan potencias adecuadas y que dispongan de sistemas de pago ágiles. Cuando estos elementos no están garantizados, la experiencia se resiente.
La valoración de José Elías pone de relieve que el desafío actual no es tanto tecnológico como estructural. Mientras otros países han consolidado redes amplias y densas, en España el desarrollo continúa siendo irregular. La transición hacia la movilidad eléctrica depende, en gran medida, de cerrar esa brecha y de ofrecer a los usuarios la misma sensación de respaldo que hoy proporciona la infraestructura de combustibles tradicionales.