La compleja pretemporada de Aston Martin no solo ha encendido las alarmas en el plano técnico, sino que también ha dejado al descubierto un evidente distanciamiento entre Fernando Alonso y Adrian Newey. Las dificultades del AMR26, sumadas a la reestructuración interna ligada a la nueva etapa con Honda, están generando un clima de fricción que ya no pasa desapercibido en el paddock.
El monoplaza ha mostrado carencias significativas: falta de velocidad competitiva, problemas en la entrega de energía y una preocupante incapacidad para encadenar tandas largas. Alonso completó casi un centenar de vueltas en una de las jornadas, pero con registros muy alejados de los equipos punteros. La escena posterior, lanzando los guantes al suelo tras bajarse del coche, proyectó una imagen de frustración que fue interpretada como algo más que un simple gesto puntual.
Ese contexto técnico actúa como detonante, pero la raíz del problema parece más profunda. No existe una sintonía natural entre Alonso y Newey. Son dos perfiles dominantes, con enorme experiencia y personalidad fuerte, pero sin una conexión evidente en la forma de entender el presente del proyecto. La relación es profesional, aunque fría, y carece del feeling que suele consolidar grandes alianzas deportivas.
Estrategia de futuro frente a urgencia competitiva
La hoja de ruta del equipo está claramente orientada a 2026 y 2027, cuando la nueva normativa técnica marcará el rumbo de la parrilla. Newey trabaja con una visión estructural a medio plazo, centrada en la integración total con Honda y en construir una base sólida para ese ciclo reglamentario. En este sentido, el ingeniero británico ha alineado su discurso con el del fabricante japonés, priorizando estabilidad técnica y proyección futura.

Sin embargo, en el entorno del campeonato se percibe que Honda no contempla a Alonso como pieza estratégica para 2027. La relación histórica entre ambas partes añade un componente delicado, y la apuesta por un nuevo ciclo podría implicar un cambio en la alineación cuando el proyecto alcance su madurez técnica. Esa posibilidad condiciona inevitablemente el presente.
Alonso, plenamente consciente de ese escenario, compite bajo otra lógica. Su horizonte deportivo es inmediato y no está dispuesto a asumir un papel transitorio en una etapa de construcción. Cuando percibe que el coche no está a la altura y que su continuidad futura no es prioritaria, la gestión emocional cambia.
Gestos que reflejan un mal clima interno
Lo destacable en este caso es que la tensión no se expresa mediante declaraciones directas, sino a través de actitudes visibles. El lanzamiento de los guantes, los gestos de desaprobación al regresar al garaje o la contundencia en determinadas comparecencias dibujan un estado de ánimo inequívoco. Alonso no está dispuesto a disimular una situación que considera lejos de sus expectativas.
Mientras tanto, Newey mantiene un discurso centrado en el desarrollo estructural, sin entrar en dinámicas personales. Esa diferencia de posicionamiento refuerza la sensación de que ambos avanzan en paralelo más que en convergencia. El proyecto necesita cohesión, pero la percepción actual es la de una convivencia profesional sin afinidad real.
La combinación de un coche todavía inmaduro, una unidad de potencia que requiere estabilización y un futuro contractual incierto crea un caldo de cultivo complejo. Si la competitividad no mejora a corto plazo, la distancia entre la visión estratégica del ingeniero y la ambición inmediata del piloto puede ampliarse. En un equipo que aspira a convertirse en referencia del nuevo ciclo reglamentario, la armonía interna será tan determinante como la evolución técnica del monoplaza.