El mapa de Siria ha vuelto a ser uno solo. Catorce años después del inicio de la guerra civil, en enero de 2026 se ha certificado la reunificación territorial del país. Pero esta imagen de normalidad recuperada esconde una pérdida profunda: la desaparición de Rojava, el experimento político más ambicioso –y también más idealizado– que surgió del caos sirio.
La caída de la Administración Autónoma del Norte y el Este de Siria no ha sido el resultado de una gran batalla ni de una derrota heroica. Ha sido, sobre todo, una implosión. En menos de dos semanas, las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS) perdieron cerca del 90% del territorio que controlaban. Ciudades simbólicas como Raqqa o Deir ez-Zor volvieron a manos de Damasco casi sin resistencia. El proyecto se derrumbó porque su base social más amplia ha dejado de sostenerlo.
La caída propicia de Bashar al-Asad
El momento clave llegó cuando el nuevo gobierno sirio, liderado por Ahmed al-Sharaa, ofreció a estas tribus árabes algo que Rojava nunca había podido garantizar: el retorno al seno del Estado sirio. La deserción fue masiva. Unidades enteras de las FDS no solo abandonaron sus posiciones, sino que facilitaron la toma de enclaves estratégicos. Sin aliados locales y sin apoyo internacional, las milicias kurdas quedaron aisladas.
En solo 24 horas, las fuerzas del gobierno interino de Damasco han tomado el control de más del 90% del territorio kurdo en el noreste (SDF, Rojava) y los principales campos petroleros. Mapa de @FRANCE24 pic.twitter.com/hppBaG6247
— Marga Zambrana (@zambranamar) January 21, 2026
Este desenlace pone fin a una historia que había comenzado en 2012, cuando el régimen de Bashar al-Asad retiró sus fuerzas del noreste para concentrarlas en otros frentes. En aquel vacío de poder, el Partido de la Unión Democrática (PYD) impulsó un modelo basado en las ideas de Abdullah Öcalan: democracia directa, feminismo, laicismo y rechazo del Estado-nación. La resistencia de Kobane contra el Estado Islámico, en 2014, convirtió la Rojava en un símbolo global y selló la alianza con Estados Unidos.
Aquella alianza permitió a las FDS expandirse mucho más allá de las zonas kurdas, hasta controlar un tercio de Siria y la mayor parte de sus recursos petrolíferos y agrícolas. Pero detrás de la imagen romántica que el proyecto proyectaba en Occidente se acumulaban contradicciones profundas. Lo que se presentaba como una democracia participativa funcionó, en la práctica, como un sistema fuertemente centralizado bajo el control del PYD.

Diversos informes, recogidos por Infobae, han documentado prácticas autoritarias: represión de la oposición kurda, censura y reclutamiento forzoso. El politólogo Faris Zwirahn ha descrito la existencia de una estructura paralela de cuadros vinculados al PKK que concentraba el poder real, especialmente en zonas de mayoría árabe. Los consejos civiles existían, pero sin capacidad efectiva de decisión. Esto ha generado un malestar silenciado, más basado en el miedo que en el consenso.
La caída del proyecto
Cuando la ofensiva del gobierno sirio comenzó el 6 de enero de 2026, este malestar afloró. La caída fue rápida porque el proyecto nunca consiguió ser percibido como propio por una parte decisiva de la población. La euforia con la que las fuerzas de Damasco fueron recibidas en algunas ciudades evidenció una realidad incómoda: para muchos, las FDS habían pasado de ser liberadoras a fuerza ocupante.
El factor determinante, sin embargo, fue el giro de Washington. Estados Unidos, aliado clave de los kurdos durante una década, optó por apostar por un Estado sirio unificado. El enviado especial estadounidense justificó el cambio afirmando que Damasco se había convertido en el “socio natural” para combatir al Estado Islámico, una decisión que también respondía a la presión de Turquía, que considera a las milicias kurdas una extensión del PKK.

Los kurdos han obtenido concesiones simbólicas: reconocimiento de su lengua y derechos culturales. Pero el poder político y militar se ha disuelto. La integración individual de los combatientes en el ejército sirio y la desarticulación de su mando marcan el final del proyecto.
Rojava no ha caído solo por la fuerza de las armas, sino por el peso de sus propias contradicciones. Su legado, como el de tantos experimentos nacidos en la guerra, queda suspendido entre la inspiración que generó y los límites que nunca supo superar.