La política británica se ha convertido en un ejemplo casi paradigmático de cómo la economía puede determinar la supervivencia de los gobiernos. El relevo inminente de Keir Starmer, después de solo dos años al frente del Reino Unido, confirma una tendencia que se ha ido consolidando durante la última década: ningún líder parece capaz de resistir el impacto de una economía que avanza con dificultades y que no consigue mejorar de manera perceptible el nivel de vida de la ciudadanía.
Si se confirma el cambio, el país habrá tenido seis primeros ministros en solo siete años. Una rotación extraordinaria para una democracia tradicionalmente asociada a la estabilidad institucional. A pesar de las diferencias ideológicas entre conservadores y laboristas, los sucesivos gobiernos han topado con un mismo muro: un crecimiento económico demasiado débil para responder a las expectativas sociales.
"Es la economía, estúpido"
La situación recuerda una de las frases más famosas de la política norteamericana moderna: "Es la economía, estúpido". La máxima que popularizó la campaña de Bill Clinton continúa plenamente vigente. Más allá de los debates políticos o de las luchas internas de los partidos, lo que acaba determinando la percepción ciudadana es una cuestión mucho más cotidiana: si los ingresos permiten vivir mejor o no.
En el Reino Unido, la respuesta de buena parte de la población es negativa. Los salarios han crecido muy poco por encima de la inflación y muchas familias tienen la sensación de que cada año cuesta más llegar a final de mes. A esto se añade una presión fiscal elevada y el encarecimiento de servicios básicos como la vivienda o la energía.
¿Cuáles son los problemas del Reino Unido?
Este malestar no es nuevo. El país arrastra desde hace años un problema estructural de baja productividad y escaso crecimiento. Desde la llegada de Theresa May a Downing Street en 2016, la economía británica ha registrado una expansión anual cercana al 1%, una cifra insuficiente para generar mejoras sustanciales en el bienestar de la población.
Además, varios acontecimientos han complicado todavía más el escenario. Primero llegaron las consecuencias del Brexit, después la pandemia de la covid-19, la crisis energética derivada de la guerra de Ucrania y, más recientemente, las tensiones geopolíticas en el Próximo Oriente. Todo ello ha limitado la capacidad de los gobiernos para impulsar políticas transformadoras.
Cuando los laboristas recuperaron el poder en 2024, lo hicieron bajo la promesa de cambio. Muchos británicos buscaban una alternativa después de catorce años de gobiernos conservadores. Sin embargo, las expectativas generadas han chocado con la lentitud de los resultados. Las dificultades para reducir el coste de la vida y la ausencia de una recuperación económica clara han erosionado rápidamente el apoyo a Starmer.
Nuevo primer ministro, mismos retos
El problema es que su sucesor heredará prácticamente los mismos retos. Expertos y organismos internacionales coinciden en que el crecimiento seguirá siendo modesto durante los próximos años. Las inversiones en infraestructuras, la construcción de vivienda o la reducción de los costes energéticos son medidas que requieren tiempo antes de traducirse en beneficios tangibles.
La lección que deja esta sucesión acelerada de primeros ministros es clara: la inestabilidad política británica no es tanto una crisis de liderazgos como una consecuencia de una economía que hace demasiado tiempo que no ofrece respuestas convincentes a las preocupaciones de los ciudadanos. Mientras esta realidad no cambie, es probable que los nombres en el número 10 de Downing Street sigan pasando más rápido que las soluciones.
