Andy Burnham, el laborista favorito para sustituir a Starmer que quiere reformar el Estado

Cuando Andy Burnham llegue este lunes a Westminster para jurar su escaño como nuevo diputado por Makerfield, lo hará convertido en mucho más que un parlamentario recién elegido. A sus 55 años, el exalcalde de Greater Manchester es el gran favorito para convertirse en el próximo primer ministro del Reino Unido después de la dimisión de Keir Starmer. Si finalmente asume el liderazgo laborista, culminará una trayectoria política marcada por la persistencia, después de haber intentado sin éxito dirigir el partido en dos ocasiones.

Burnham no es ningún desconocido para la política británica. Fue diputado durante dieciséis años, entre 2001 y 2017, y ocupó varios cargos ministeriales durante los gobiernos laboristas. Sin embargo, su proyección política cambió de dimensión cuando abandonó Westminster para convertirse en alcalde de Greater Manchester. Desde esta posición, que ha ocupado durante casi una década, ha construido una imagen de dirigente cercano al territorio y dispuesto a plantar cara tanto a los gobiernos conservadores como a la dirección de su propio partido cuando lo ha considerado necesario.

¿Por qué es atractiva la propuesta de Burnham?

Para muchos laboristas, esta independencia es precisamente una de las claves de su atractivo político. En un momento en que el partido busca reconectar con una parte del electorado desencantada, Burnham ha conseguido proyectarse como una figura menos vinculada a los equilibrios de Westminster y más centrada en los problemas cotidianos de los ciudadanos.

Pero más allá del perfil personal, lo que diferencia a Burnham es su propuesta política. En los últimos años ha ido articulando una visión económica propia que sus colaboradores han empezado a definir como "Manchesterismo". La idea parte de una crítica al modelo económico británico de las últimas décadas y defiende que el Estado recupere capacidad de intervención en sectores considerados esenciales.

Su entorno sostiene que cuarenta años de privatizaciones han contribuido a encarecer servicios básicos como el agua, la energía, el transporte o la vivienda, mientras los ciudadanos asumen unos costes cada vez más elevados. Según este análisis, muchas familias destinan una parte creciente de sus ingresos a cubrir gastos inevitables, lo que alimenta una sensación permanente de inseguridad económica.

Apuesta por una intervención selectiva

La respuesta que plantea Burnham no pasa por una nacionalización generalizada de toda la economía. Su proyecto apuesta por una intervención más selectiva. Entre las medidas que estudia su entorno está la posibilidad de que el Estado asuma progresivamente el control de empresas de servicios básicos que atraviesen dificultades financieras o que dejen de prestar adecuadamente el servicio. El sector del agua y parte de la red energética aparecen entre los ámbitos donde esta estrategia podría empezar a aplicarse.

Sus partidarios argumentan que reforzar el control público sobre infraestructuras estratégicas no es incompatible con la disciplina fiscal. De hecho, sostienen que reducir la dependencia de subvenciones y contener el encarecimiento de los servicios esenciales podría acabar aliviando la presión sobre las finanzas públicas a largo plazo.

Burnham no gusta a todo el mundo

Este planteamiento, sin embargo, también genera recelos. Algunos sectores empresariales y financieros observan con preocupación cualquier aumento de la intervención estatal y alertan de los posibles efectos sobre la inversión privada. Burnham responde que el debate no es ideológico, sino práctico: considera que el modelo actual ha dejado problemas estructurales que los gobiernos no han sido capaces de resolver.

Si finalmente llega a Downing Street, heredará un país marcado por una década de inestabilidad política y por un crecimiento económico desigual. También deberá demostrar que las ideas que ha defendido desde Manchester pueden funcionar a escala nacional. Este será probablemente el gran reto de un dirigente que lleva años esperando su momento y que ahora se encuentra más cerca que nunca del poder.

Su ascenso, sin embargo, también debe entenderse en clave del momento político. La salida de Starmer ha acelerado un vacío de liderazgo dentro del Partido Laborista, en el que Burnham aparece como la figura con mayor capacidad de aglutinar apoyos en un plazo muy corto. En un contexto de creciente desconfianza hacia Westminster y de fatiga electoral tras años de inestabilidad, su discurso sobre un Estado más activo y una política centrada en los servicios públicos conecta con una parte del electorado que reclama cambios más tangibles que ideológicos. Aun así, su capacidad para trasladar el modelo que ha defendido a escala nacional será la prueba definitiva de su liderazgo.