Cuando Donald Trump lanzó la guerra contra Irán, la presentó como una "excursión" que duraría solo unas semanas. Seis meses después, el conflicto se ha convertido en una crisis de largo alcance que afecta no solo a Irán y sus vecinos, sino también a la estrategia militar de Estados Unidos, la guerra de Ucrania y el equilibrio de poder en Asia.
El objetivo inicial de Washington era mucho más ambicioso que el actual. Trump exigía la rendición de Irán, aspiraba a provocar un cambio de régimen y quería acabar con sus ambiciones nucleares. Con el paso de los meses, sin embargo, las prioridades han ido cambiando. Ahora, según explica CNN, la Casa Blanca centra buena parte de sus esfuerzos en conseguir que el estrecho de Ormuz vuelva a abrirse y que Teherán no pueda reanudar su programa nuclear.
Las dificultades de la guerra
Esta evolución es importante porque revela una de las principales dificultades de la guerra: convertir una operación militar en un resultado político asumible. Mientras Washington intenta encontrar una salida, los efectos secundarios del conflicto se acumulan.
Uno de los más inmediatos es el impacto sobre Ucrania. Estados Unidos y sus aliados han consumido una cantidad importante de munición para responder a los ataques iraníes y proteger sus fuerzas y bases en Oriente Medio. Parte de los interceptores que inicialmente estaban destinados a Ucrania han sido desviados hacia este frente.
Según explicó el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, al medio estadounidense, Kyiv dispone solo de una décima parte de los misiles interceptores que necesita para hacer frente al incremento de los ataques balísticos rusos. La falta de defensas aéreas llega en un momento especialmente delicado: este verano ha sido el período más mortífero para los civiles ucranianos desde mayo de 2022.
La Rusia de Putin, perjudicada
La guerra también ha tenido consecuencias económicas que han acabado afectando a Rusia. El bloqueo de facto del estrecho de Ormuz ha alterado el mercado mundial del petróleo, el gas y los fertilizantes. El aumento del precio de los carburantes en Estados Unidos ha llevado a Trump a aligerar algunas sanciones sobre las exportaciones rusas de petróleo para contener los precios. La paradoja es evidente: una medida destinada a proteger a los consumidores estadounidenses puede proporcionar más ingresos a Moscú para continuar financiando la guerra contra Ucrania.
Al mismo tiempo, Rusia ha aprovechado la disrupción comercial para buscar nuevos clientes. Según Alexander Gabuev, director del Carnegie Russia Eurasia Center, explicaba a la CNN el interés de los países del sudeste asiático por mantener relaciones con Moscú ha aumentado en un contexto de precios elevados de la energía y de los fertilizantes.
Pero el frente europeo no es el único que preocupa a Washington. En la península de Corea, la reducción de los ejercicios militares conjuntos entre Estados Unidos y Corea del Sur ha generado dudas sobre la preparación de las fuerzas ante un eventual conflicto con Corea del Norte. Trump también ha mostrado disposición a reanudar el diálogo con Kim Jong-un, mientras Pyongyang continúa ampliando su arsenal nuclear y probando misiles.
Más crisis a consecuencia de la guerra con Irán
En Asia-Pacífico, el problema es todavía más amplio. El despliegue del USS George Washington hacia el mar de Arabia ha dejado temporalmente a Estados Unidos sin ningún portaaviones en el Pacífico occidental. La situación preocupa especialmente a Filipinas, en plena escalada de tensiones con China en el mar de la China Meridional.
Según Emily Harding, del Center for Strategic and International Studies, resaltaba en la misma cadena norteamericana que todavía no hay ningún nuevo conflicto a punto de estallar, pero sí que se están debilitando las bases de la capacidad de respuesta norteamericana. Los rivales de Estados Unidos, señala Harding, están observando cómo reacciona Washington y pueden incorporar estas lecciones a sus futuros planes.
El riesgo, por lo tanto, no es necesariamente que la guerra con Irán provoque mañana una nueva crisis en Taiwán, Corea o el mar de la China Meridional. El problema es que, cuanto más se alargue el conflicto, más recursos militares, económicos y diplomáticos tendrá que dedicarle Washington.
¿Qué hará Trump con Irán?
Y aquí radica la decisión que Trump todavía tiene pendiente: determinar qué considera una victoria suficiente. Según Harding, mantener la guerra hasta destruir completamente el programa nuclear iraní y debilitar internamente el régimen requeriría una inversión mucho más larga y costosa. Una opción más limitada sería impedir que Teherán recuperara sus instalaciones nucleares y concentrarse en la reapertura del estrecho de Ormuz.
Para Irán, la lógica es más sencilla: sobrevivir. Y, seis meses después, lo sigue haciendo. El tiempo, que Trump había calculado que jugaría a su favor, puede acabar siendo precisamente el factor que haga más difícil salir de la guerra.
