Gaza, Ucrania, Irán, el Sahel, Pakistán o Yemen. La sensación de que el mundo vive una escalada permanente de tensiones no es solo una percepción alimentada por los titulares de los informativos. Las guerras de Gaza y Ucrania ocupan a menudo las portadas, pero son solo la punta del iceberg de un fenómeno mucho más amplio. Desde que volvió a la Casa Blanca en enero de 2025, Donald Trump se jacta de haber repetido en varias ocasiones que ha resuelto seis, siete, ocho o incluso nueve conflictos internacionales, presentándose como un "pacificador en jefe" y reivindicando incluso el Premio Nobel de la Paz. Pero los principales verificadores internacionales coinciden en que estas afirmaciones son, como mínimo, engañosas. PolitiFact calificó de "Mostly False" ("mayoritariamente falsa") su afirmación de haber terminado siete guerras, mientras que FactCheck.org concluyó que Trump ha tenido algún papel en algunos procesos de desescalada, pero que muchas de las guerras que dice haber resuelto continúan abiertas o bien no eran guerras propiamente dichas. Los datos lo confirman: 2025 se cerró con 40 conflictos armados activos en todo el mundo, la cifra más alta registrada en casi dos décadas, según el informe Alerta 2026!, elaborado por la Escola de Cultura de Pau de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB). El dato es especialmente significativo porque solo una vez, en 2011, se había alcanzado este mismo nivel desde que la UAB empezó a utilizar su clasificación actual de conflictos armados en el año 2007. Los expertos alertan de que no se trata de un fenómeno puntual, sino del reflejo de un mundo cada vez más tensionado, más militarizado y con menos capacidad para resolver las disputas a través de la diplomacia. ¿Pero qué explica este aumento? ¿Y por qué los expertos alertan de que el problema podría ir a más?
El informe identifica 40 conflictos armados durante 2025, tres más que el año anterior. La mayoría se concentra en África, con 17 casos, seguido de Asia y el Pacífico, con 12. Oriente Medio acumula siete conflictos, mientras que Europa y América registran dos cada una. Además, cuatro escenarios que hasta hace poco se consideraban simples tensiones acabaron convirtiéndose en conflictos armados abiertos: los enfrentamientos entre la India y Pakistán, la disputa entre Tailandia y Camboya, la confrontación entre Israel, Estados Unidos e Irán, y los combates que involucran a los rebeldes hutíes de Yemen contra Israel, Estados Unidos y el Reino Unido. Los investigadores destacan también otro dato preocupante: casi la mitad de los conflictos registraron más violencia que el año anterior, una muestra de que muchas guerras no solo continúan, sino que se intensifican.
Un mundo cada vez más militarizado
¿Pero qué explica este aumento? ¿Y por qué los expertos alertan de que el problema podría ir a más? Para los investigadores de la UAB, la respuesta no se encuentra en una única guerra ni en una única región del planeta. La Escola de Cultura de Pau apunta diversas causas que ayudan a entender esta tendencia. Una de las principales es el debilitamiento del multilateralismo, es decir, la pérdida de peso de los organismos, las instituciones y mecanismos internacionales creados después de la Segunda Guerra Mundial para prevenir conflictos y facilitar la cooperación entre estados y que durante décadas han intentado evitar que las disputas acabaran convirtiéndose en guerras. Paralelamente, los investigadores detectan un resurgimiento del militarismo. Cada vez más gobiernos recurren a la fuerza militar para defender sus intereses geopolíticos o estratégicos, mientras las herramientas diplomáticas pierden protagonismo. El gasto militar mundial no ha dejado de crecer en los últimos años y cada vez más países vuelven a considerar la fuerza militar como una herramienta legítima para alcanzar objetivos políticos o geoestratégicos.
La codirectora de la Escola de Cultura de Pau, María Villellas, considera que el mundo atraviesa un momento de máxima tensión geopolítica, marcado también por el ascenso de liderazgos autoritarios —como el mismo Trump— y por una creciente confianza en las soluciones de fuerza. Villellas apuntaba en declaraciones a la Cadena SER a una combinación de factores globales que han ido debilitando los mecanismos de resolución pacífica de los conflictos. "Vivimos un momento de máxima tensión geopolítica internacional, con liderazgos que apuestan cada vez más por el uso de la fuerza en lugar de priorizar las herramientas diplomáticas", señala. Según los expertos, esta situación no se puede entender sin tener en cuenta otros fenómenos globales de los últimos años, como las consecuencias de la crisis financiera de 2008, los efectos de la pandemia, las desigualdades económicas o la expansión de movimientos autoritarios en diferentes regiones del mundo.
Más guerras entre países
Uno de los aspectos más destacados del informe es el aumento de los conflictos de carácter internacional. Tradicionalmente, la mayoría de guerras modernas han sido internas: guerras civiles, insurgencias o conflictos entre gobiernos y grupos armados dentro de un mismo Estado. Pero en 2025 se ha registrado la cifra más alta de conflictos internacionales desde 2007. En total, la UAB identifica nueve. A las guerras ya existentes entre Rusia y Ucrania, Israel y Palestina, Israel y Hezbolá o los conflictos del Sahel y la República Democrática del Congo, se han añadido nuevos focos de tensión armada como los enfrentamientos entre la India y Pakistán, Tailandia y Camboya, los ataques cruzados entre Israel, Estados Unidos e Irán, o los combates que implican a los hutíes de Yemen. Este aumento es especialmente relevante porque las guerras entre estados suelen tener una capacidad de desestabilización regional y global muy superior.
Más guerras y más destructivas
No solo hay más guerras. También son más destructivas. El informe señala que el 50% de los conflictos activos fueron de alta intensidad, una categoría que hace referencia a aquellos enfrentamientos que provocan un elevado número de víctimas, desplazamientos masivos de población y graves consecuencias humanitarias. Además, casi la mitad de los conflictos registrados experimentaron un aumento de la violencia respecto al año anterior. África continúa siendo la región más afectada, con 17 conflictos armados activos, seguida de Asia-Pacífico con 12, Oriente Medio con 7, Europa con 2 y América con 2.
En este sentido, hay otro informe, el de la Investigación por la Paz de Oslo, que confirma que en el 2025 el número de conflictos, tanto internos como entre países, llegó a su nivel más alto desde el final de la Segunda Guerra Mundial, hace ocho décadas, duplicando la cifra de 2024. Este informe apunta que el año pasado fue el más mortífero desde 1989, con 245.000 muertos por violencia relacionada con los combates en estos conflictos. En concreto, el informe documenta ocho conflictos interestatales durante el 2025: la guerra entre Rusia y Ucrania, el conflicto entre la India y Pakistán, los combates entre Afganistán y Pakistán, los enfrentamientos entre Tailandia y Camboya, y varios conflictos interestatales vinculados a Oriente Medio, incluidos los que involucran a Israel, Irán, Yemen y Estados Unidos.
👉 2025, el año con más conflictos desde el final de la Segunda Guerra Mundialhttps://t.co/yElMztZx9W pic.twitter.com/tZ5KfK3ENa
— La Región Internacional (@LaRegion_Int) June 13, 2026
No basta con detener los combates
El informe insiste en que las guerras no aparecen de la nada. Detrás de cada conflicto hay causas políticas, sociales, económicas o territoriales que a menudo se arrastran durante décadas. Una de las conclusiones más interesantes del estudio es que muchas guerras no desaparecen realmente: simplemente entran en periodos de menor intensidad antes de volver a estallar. Por eso los investigadores advierten que los altos el fuego o las pausas en la violencia solo ofrecen soluciones temporales si no se abordan las causas profundas del problema —desigualdades, discriminación, disputas territoriales, falta de derechos políticos o tensiones históricas— y la violencia acostumbra a reaparecer bajo nuevas formas o con nuevos actores o en contextos geopolíticos diferentes, precisamente porque los factores estructurales que los provocaron continúan sin resolverse. Jordi Urgell, investigador de la Escola de Cultura de Pau, alerta de que los acuerdos puntuales o los altos el fuego a menudo no resuelven las causas profundas de los conflictos.
Es por eso que los expertos insisten en que la construcción de la paz no consiste solo en detener los combates, sino en resolver los factores que los provocan. En este escenario podríamos incluir el conflicto abierto en Oriente Medio contra Irán y provocado por Estados Unidos e Israel. Trump no sabe cómo poner fin a la guerra que inició el 28 de febrero y que ha sacudido la economía mundial -provocando que Irán cerrara el estrecho de Ormuz-, pero la caída en las encuestas en Estados Unidos y las cada vez más cerca elecciones de medio mandato -que se celebran el primer lunes de noviembre cada dos años- han provocado las prisas del presidente estadounidense, que presiona para conseguir un acuerdo de paz, mientras Irán da largas. Este memorándum de entendimiento que Trump quiere firmar este domingo aplazaría el verdadero motivo por el que empezó la guerra, el programa nuclear iraní con el uranio enriquecido de trasfondo, una línea roja para Israel. Por lo tanto, esta firma, que alargaría el alto el fuego actual 60 días —una tregua que se saltan unos y otros cuando les conviene— no parece que acabaría con el conflicto de una vez por todas, y siempre existiría el fantasma de una nueva escalada.
Las tensiones que pueden convertirse en guerras
El informe también analiza los llamados escenarios de tensión, situaciones en las que existe una confrontación política, social o militar, pero que todavía no han llegado al nivel de una guerra abierta. Durante el 2025 se identificaron 113 en todo el mundo. Aunque son tres menos que el año anterior, el dato más preocupante es que el 42% de estas tensiones se agravaron, más del doble de las que mejoraron. Los casos de la India y Pakistán o de Irán son ejemplos de cómo una tensión sostenida puede acabar transformándose en un conflicto armado. Para los expertos, estudiar estas tensiones es clave porque permite detectar riesgos antes de que estalle la violencia y actuar de manera preventiva.
El vínculo con los derechos humanos
El informe también pone de manifiesto una relación significativa entre los conflictos armados y otros indicadores sociales. Más de la mitad de las guerras del 2025 se produjeron en países con niveles bajos o medios-bajos de igualdad de género. Esta proporción todavía es más elevada entre los conflictos más violentos: siete de cada diez guerras de alta intensidad se desarrollaron en estados con bajos niveles de igualdad entre hombres y mujeres. Además, el 80% de los conflictos armados más intensos tuvieron lugar en países donde existían leyes o políticas discriminatorias contra la población LGTBIQ+, según la documentación recogida por el informe. Los investigadores también alertan de un retroceso en la participación de las mujeres en los procesos de paz impulsados por las Naciones Unidas. En 2024, las mujeres representaban solo el 18% de los negociadores, una cifra inferior a la registrada en años anteriores.
Un futuro incierto
El informe no sostiene que el mundo sea hoy más violento que en cualquier otro momento de la historia. Pero sí que alerta de una tendencia preocupante: las herramientas que durante décadas contribuyeron a reducir los conflictos internacionales pierden peso, mientras aumenta la confianza en la fuerza militar como instrumento político. Para los investigadores de la UAB, las guerras seguirán formando parte de la realidad internacional mientras existan intereses en disputa. La diferencia es cómo los estados deciden gestionar estos conflictos. Los datos de 2025 dejan una conclusión clara: el mundo sigue acumulando tensiones y la guerra vuelve a ganar terreno a la diplomacia. La gran pregunta es si la comunidad internacional será capaz de revertir esta tendencia antes de que algunos de los actuales focos de tensión acaben convirtiéndose en los conflictos de mañana.
