Lo que está pasando en los territorios ocupados de Ucrania —desde Mariúpol hasta zonas de Donetsk, Luhansk, Zaporiyia y Jersón— se ha descrito como un proceso sostenido de transformación demográfica. Según varios informes y centros de análisis, se trataría de un patrón en el que la población ucraniana preexistente disminuye de manera acelerada mientras se incrementa la presencia de nuevos residentes procedentes de Rusia.

El caso de Mariúpol es el más emblemático, pero no el único. El portal Engelsberg Ideas resalta que, antes de la invasión a gran escala, la ciudad tenía aproximadamente 450.000 habitantes y había vivido un proceso de revitalización social y cultural después de 2014. El asedio de 2022, de 86 días, devastó completamente la ciudad. Organizaciones como Human Rights Watch documentaron al menos 8.000 muertes excesivas durante el primer año, mientras que fuentes ucranianas elevaron la cifra hasta 22.000.

A esto se suma el desplazamiento forzoso de la población. Según datos municipales e informes independientes, decenas de miles de personas fueron deportadas hacia Rusia o hacia territorios bajo control prorruso. Otras pasaron por centros de “filtrado”, donde eran sometidas a controles, interrogatorios y traslados posteriores. Hoy, la población restante se estima en unos 100.000 habitantes.

Mariúpol, abril de 2022 / Europa Press

Ciudades sin capacidad de regeneración

Pero lo más relevante es la composición de esta población. Aproximadamente un 70% son personas mayores de 60 años, mientras que los adultos en edad laboral y los niños representan una minoría. Se trata de una estructura demográfica invertida, sin capacidad natural de regeneración.

Al mismo tiempo, se registra una reducción constante de la población preexistente a causa de la combinación de muertes, emigración y baja natalidad. En paralelo, los movimientos de salida continúan, especialmente entre adultos en edad laboral, en un contexto de control militar, restricciones de movimiento y presión administrativa.

Mariúpol, abril de 2022 / Europa Press

En dirección contraria, diversas fuentes indican la llegada progresiva de nuevos residentes procedentes de Rusia. Según centros de estudio especializados en ocupación, decenas de miles de ciudadanos rusos se habrían instalado en Mariúpol en los últimos años, con un flujo constante. Este movimiento no sería espontáneo, sino impulsado por programas federales de asentamiento que ofrecen incentivos económicos, vivienda e hipotecas subvencionadas para trasladarse a los llamados “nuevos territorios”.

Estos programas incluyen también incentivos para maestros, médicos y trabajadores culturales, financiados directamente con presupuestos federales. Según datos oficiales, solo en el sector educativo se han destinado más de mil millones de rublos a estos programas de movilidad.

Mariúpol, abril de 2022 / Europa Press

Campañas de limpieza étnica

Diversos analistas apuntan que esta combinación de despoblación y repoblación responde a un patrón estructurado. El Instituto para el Estudio de la Guerra (ISW) ha indicado en informes recientes que este conjunto de prácticas “probablemente constituye una campaña deliberada de limpieza étnica”, con componentes de deportación, sustitución demográfica y reorganización territorial.

En la misma línea, el Centre for the Study of Occupation señala que lo que se está observando en Mariúpol y otras zonas ocupadas es “una transformación demográfica sostenida que altera de manera estructural la composición de la población y dificulta el retorno de la comunidad original”.

El resultado es un escenario en el que la población preexistente disminuye mientras aumenta la presencia de nuevos residentes, en un proceso que, según estos análisis, puede consolidar cambios demográficos irreversibles a medio plazo. Mariúpol actúa como caso avanzado de un patrón que se extiende a otros territorios ocupados y que redefine el mapa humano de la región.