Mientras el foco mediático internacional se ha desplazado hacia la escalada con Irán, la guerra de Ucrania continúa lejos de cualquier pausa. De hecho, el conflicto ha entrado en una fase de desgaste sostenido, cada vez más marcada por el uso masivo de drones y ataques a distancia que mantienen una presión constante sobre el territorio. Esta intensificación silenciosa, pero persistente, evidencia que el frente ucraniano continúa siendo un escenario central, a pesar de haber perdido protagonismo en la agenda global. En este contexto, la guerra entra también en una nueva dimensión menos visible pero igualmente decisiva: la búsqueda de nuevos soldados. Con el paso del tiempo y la acumulación de bajas, el Kremlin ha ido ampliando su radio de reclutamiento. Bajo el liderazgo de Vladímir Putin, el foco se ha desplazado hacia un colectivo especialmente sensible: los estudiantes universitarios.

El caso de un centro tecnológico en Novosibirsk ilustra bien esta tendencia. Cuando reclutadores militares acudieron allí para captar operadores de drones, la respuesta fue mucho más fría de lo que esperaban. La dirección del centro, visiblemente frustrada, reprochó a los alumnos su falta de disposición a alistarse, llegando a acusarlos de miedo y falta de compromiso con el país. Este episodio no es aislado. Según diversas organizaciones y medios independientes, como recoge The Moscow Timescampañas de reclutamiento en universidades rusas se han intensificado desde principios de año. La lógica es clara: ante la caída del número de voluntarios y unas pérdidas que se acumulan, el sistema necesita nuevas vías para alimentar el frente.

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EFE

Objetivo: reclutar estudiantes universitarios

Las universidades se han convertido así en espacios clave de esta estrategia. Los estudiantes son convocados a reuniones con representantes del ejército, reciben material promocional y son expuestos a narrativas que presentan el servicio militar como una oportunidad. En algunos casos, sin embargo, esta promoción va más allá de la simple información y se adentra en terrenos más controvertidos.

Varios testimonios apuntan a que se utilizan formas de presión indirecta, especialmente contra alumnos con dificultades académicas. La amenaza de expulsión o la posibilidad de suspender sanciones académicas a cambio de firmar un contrato militar aparecen como mecanismos recurrentes. Así, lo que se presenta como una decisión voluntaria queda, en la práctica, condicionada por factores externos.

Esta estrategia se complementa con incentivos económicos y académicos. Algunas universidades ofrecen pagos iniciales de unos 518 euros y salarios anuales que pueden alcanzar los 71.079 euros (unos 81.700 dólares), además de permisos académicos y la posibilidad de retomar los estudios posteriormente. En un contexto económico desigual, estas cifras pueden resultar atractivas para muchos jóvenes.

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Ucrania / EFE

¿Qué esconden estas promesas?

Sin embargo, tras estas promesas se esconden incertidumbres importantes. Aunque se habla de contratos de un año y de tareas alejadas del frente —como la operación de drones—, expertos legales y organizaciones de derechos humanos alertan que no hay garantías reales. Después de la movilización parcial decretada en 2022, los contratos militares pueden alargarse indefinidamente hasta el final oficial del período de movilización, que aún no se ha cerrado.

Además, tampoco se puede asegurar que los reclutas no acaben en zonas de combate. Algunos estudiantes han explicado que, después de un primer contacto en el que se les prometían funciones seguras y localizadas, posteriormente han recibido instrucciones para prepararse para despliegues más arriesgados.

A pesar de los esfuerzos institucionales, la respuesta de los estudiantes parece marcada por el escepticismo. Según diversos testimonios que señala The Moscow Times, la mayoría percibe estas campañas con desconfianza o incluso con ironía. El miedo a las consecuencias reales del servicio militar —incluida la posibilidad de morir— pesa más que los incentivos ofrecidos.

Este distanciamiento también se refleja en la actitud de una parte del profesorado, que a menudo opta por una posición prudente y evita implicarse activamente en la promoción del reclutamiento. En un contexto político delicado, muchos docentes prefieren mantenerse al margen.

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Donetsk / EFE

Una sociedad rusa desgastada

El caso ruso pone de manifiesto una realidad incómoda: cuando una guerra se alarga, no solo se combate en el frente, sino también en el interior de la sociedad. La necesidad de mantener el esfuerzo bélico acaba tensionando instituciones que, en principio, deberían quedar al margen, como el sistema educativo.

En este sentido, el giro hacia las universidades no es solo una cuestión logística, sino también simbólica. Refleja hasta qué punto el conflicto ha penetrado en la vida cotidiana y cómo el Estado moviliza todos los recursos disponibles para sostenerlo.

La gran pregunta es hasta cuándo este modelo será sostenible. Si la desconfianza crece y los incentivos dejan de compensar los riesgos, el sistema podría encontrarse con un límite difícil de superar. Y es precisamente en este punto donde se mide el verdadero desgaste de una guerra que, más allá del frente, también se libra dentro de las aulas.