La imagen de casas suspendidas en el vacío, sostenidas precariamente por la ladera de una colina que se derrumba, es la fotografía más dura del mes en Sicilia. En Niscemi, en el centro de la isla, un deslizamiento de grandes dimensiones ha forzado la evacuación de cerca de 1.500 residentes y ha dejado un territorio que se desplaza día a día, metro a metro, hacia la llanura que lo separa del campo y del mar. La situación no es un acontecimiento aislado, sino la acumulación de décadas de fragilidad geológica, urbanización mal planificada y, sobre todo, el impacto de un clima que parece romper los patrones conocidos.

Los movimientos de tierras que han sacudido este municipio de la provincia de Caltanissetta tienen una escala difícil de imaginar para quien no ha visto las imágenes. El área de riesgo se extendió rápidamente hasta los 25 km², con un frente de desprendimiento de más de 4 km de longitud, mientras las autoridades italianas mantienen la zona más inmediata prohibida y continúan ampliando las áreas de peligro. El riesgo se mantiene activo e, incluso, hombres del servicio de protección civil advierten que algunas familias quizás nunca podrán volver a sus casas.

Precipitaciones extremas y terreno saturado

Niscemi no es un lugar cualquiera. Su historia geológica y humana está marcada por esta fragilidad. Ya en el año 1997 se produjo un episodio de desprendimiento que obligó a cientos de personas a abandonar sus viviendas. Pero aquella advertencia no desplazó del todo el problema: la ciudad y las infraestructuras continúan apoyadas sobre un terreno arcilloso y permeable, especialmente susceptible a la saturación de agua tras lluvias intensas.

Este enero de 2026, la situación ha vuelto con más fuerza por la combinación de dos factores que se han repetido con frecuencia en los últimos años: precipitaciones extremas y terreno ya saturado por el paso de tormentas recientes. Según expertos ambientales, los fenómenos meteorológicos que antes se consideraban excepcionales –lluvias torrenciales en períodos cortos de tiempo– se están repitiendo de manera más habitual, un signo de que el ecosistema y el clima están en transformación. La crisis climática, advertida desde hace años por los científicos, se manifiesta así no como un futuro lejano, sino como una emergencia presente que empuja territorios frágiles más allá de sus límites.

¿Qué explica la tragedia?

Pero no solo la geología y el clima explican esta tragedia. La forma en que se ha consumido el suelo en el sur de Italia, y en otras regiones similares de Europa, ha potenciado la vulnerabilidad de los asentamientos humanos. El WWF Italia ha señalado que la crisis climática y el consumo de suelo son ahora la “nueva normalidad”, y que la respuesta gubernamental todavía se mueve en clave de emergencia, sin detener ni revertir las causas fundamentales del problema.

Esta fragilidad territorial se ha trasladado también al debate político y urbanístico. Autoridades locales y nacionales se encuentran bajo presión para explicar por qué no se han implementado medidas preventivas más firmes, especialmente después del acontecimiento de 1997. Críticas recientes apuntan a la falta de legislación clara sobre el consumo de suelo y la poca inversión en adaptación climática y planes de mitigación del riesgo hidrológico. Para el WWF, es necesario aprobar una ley específica que regule el uso del territorio y que priorice la seguridad de las comunidades sobre proyectos de inversión poco relevantes ante estos riesgos.

Niscemi / EFE

Para los habitantes de Niscemi, la reconstrucción implicará más que levantar casas. Será necesario repensar la manera en que se vive y se construye en un entorno cada vez más expuesto a condiciones extremas. Y para Italia y para otros países con territorio frágil, la lección es clara: no basta con reaccionar a cada desastre. Hay que anticiparse, proteger los suelos, restaurar ecosistemas y adaptar las infraestructuras antes de que el próximo deslizamiento o tormenta vuelva a poner a comunidades enteras al límite.