La guerra de Israel contra Irán se ha consolidado como un conflicto de largo recorrido con implicaciones que van mucho más allá del campo de batalla inmediato. Lejos de representar un punto de inflexión definitivo, la ofensiva conjunta con los Estados Unidos ha ampliado el alcance del enfrentamiento y ha reforzado una dinámica de confrontación constante en la región.

La implicación directa de Washington ha permitido a Israel intensificar sus operaciones y coordinar objetivos militares con mayor precisión. Esta cooperación ha abierto nuevas vías de ataque contra infraestructuras iraníes, en el marco de una estrategia orientada a reducir las capacidades militares y nucleares de Teherán. Sin embargo, los resultados no han conllevado una resolución clara del conflicto.

Los diversos frentes de Israel

Mientras se plantea un posible cierre de la ofensiva contra Irán, Israel continúa desplegando fuerzas en varios frentes. Las tropas mantienen presencia en Gaza y Siria, y el gobierno ha ordenado el establecimiento de una amplia zona de seguridad al sur del Líbano, con el objetivo de contener a Hizbulá, aliado clave de Irán. Esta política implica el control de territorio fuera de sus fronteras y restricciones al retorno de cientos de miles de civiles desplazados.

Las cifras de víctimas reflejan la intensidad del conflicto: más de 1.200 muertos en Líbano y cerca de 2.000 en Irán desde el inicio de la ofensiva conjunta con Estados Unidos. A pesar de este impacto, la estructura de poder iraní se mantiene intacta, y el país continúa disponiendo de capacidades militares relevantes, incluyendo reservas de uranio enriquecido.

¿Nuevas políticas de seguridad?

Este escenario se inscribe en un cambio profundo en la doctrina de seguridad israelí después de los ataques de Hamás del 7 de octubre de 2023. Israel ha pasado de una estrategia de contención a una de carácter preventivo, basada en adelantarse a posibles amenazas. Esto se ha traducido en la creación de “zonas tampón” en Gaza, Siria y el Líbano, concebidas como franjas de seguridad bajo control militar.

Aunque este enfoque ofrece margen operativo y tiempo, también genera debate interno. Por un lado, hay quien considera estas zonas como una herramienta temporal de seguridad; por el otro, sectores políticos las ven como un paso hacia una presencia permanente o incluso una expansión territorial. Esta división refleja la falta de consenso sobre la estrategia a largo plazo.

En paralelo, la promesa de que la ofensiva contra Irán conduciría a más estabilidad regional o a nuevas alianzas no se ha materializado. Al contrario, diversos países árabes observan con recelo la actuación de Israel, preocupados por su imprevisibilidad y por la posibilidad de que el conflicto se extienda aún más.

A escala interna, la guerra también pasa factura. El modelo de servicio militar obligatorio implica una movilización constante de reservistas, mientras que el esfuerzo económico se ha disparado con un presupuesto de defensa que supera los 45.000 millones de dólares. Aunque el apoyo inicial a la guerra era muy elevado, este ha comenzado a erosionarse con el paso de los meses.

Con varios frentes abiertos y sin una salida política clara, el conflicto con Irán ejemplifica los límites de la estrategia actual. La superioridad militar puede permitir ganar batallas y ampliar el control territorial, pero no ha logrado transformar estas victorias en una paz estable.

En este contexto, la guerra se vuelve cada vez más estructural que puntual. Y lo que debía ser una respuesta a amenazas existenciales se perfila, para muchos israelíes, como una nueva realidad marcada por la continuidad del conflicto.