El frío extremo no es una novedad en Groenlandia. Lo que sí lo es, para muchos de sus habitantes, es la sensación de estar de repente en el centro de un pulso geopolítico que cuestiona su soberanía e identidad. Las reiteradas declaraciones del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, afirmando que “hará algo con Groenlandia, les guste o no”, han generado inquietud en este territorio autónomo bajo soberanía danesa, donde la población rechaza de manera abrumadora cualquier idea de anexión.
En Nuuk, la capital, el debate no gira en torno a bases militares, recursos estratégicos o corredores árticos, sino de derechos, dignidad y futuro colectivo. “Muestra una falta total de comprensión de nuestros derechos constitucionales y de nuestra integridad moral”, dice Simone Bagai, profesora de secundaria, en referencia al discurso de Trump, que recoge la CNN. Su mensaje se repite en voces diversas: Groenlandia no es un territorio vacío ni un activo negociable, sino una sociedad con voluntad política propia.
¿Seguridad nacional de EE. UU.?
El gobierno de EE. UU. ha justificado históricamente su interés por la isla por razones de seguridad nacional y competencia con Rusia y China en el Ártico. Pero muchos groenlandeses cuestionan este relato. “No hay chinos, no hay rusos”, dice Bagai, resumiendo una percepción ampliamente compartida: que la amenaza que invoca Washington no se corresponde con la realidad cotidiana del país.
Este desajuste también se expresa en el terreno práctico. Estados Unidos ya dispone de derechos militares en Groenlandia y ha operado bases allí durante décadas. “Si quieren usar estas instalaciones, ¿por qué no lo hacen sin tomar el control del país?”, se pregunta Ludvig Petersen, ingeniero municipal, en la misma cadena norteamericana. Su preocupación no es solo soberanista, sino social: una posible integración en EE. UU. implicaría un modelo de privatización de servicios básicos –como la sanidad o la educación– ajeno a la tradición groenlandesa.
Una población marcada por el colonialismo
El trasfondo de este rechazo tiene raíces profundas. La mayoría de la población es inuit, y la memoria del colonialismo danés sigue presente. El debate sobre la independencia está vivo –más del 85% se muestran favorables a largo plazo–, pero se plantea desde una transición gradual, con alianzas sólidas, no desde la imposición de una superpotencia
Para empresarias como Mia Chemnitz, que trabaja con piel de foca en un negocio arraigado en la cultura local, el problema es de lenguaje y de mirada. “Cuando nosotros hablamos de Groenlandia, hablamos de familias y comunidad. Cuando el mundo habla de ella, habla de tierra y recursos”, dice. Esta desconexión alimenta la sensación de vulnerabilidad: ¿qué pasa cuando los aliados priorizan intereses estratégicos por encima de las personas?
El temor no es tanto una ocupación inminente como el precedente que establece el discurso. Groenlandia no tiene ejército y se define como una sociedad pacífica. “No podríamos resistir el ejército estadounidense”, admite Chemnitz. “Y eso hace aún más inquietante que alguien lo plantee como una opción.”
En un territorio ya afectado profundamente por el cambio climático, que ha alterado formas de vida tradicionales y equilibrios sociales, el debate sobre la anexión refuerza una sensación de pérdida de control. El frío, en Groenlandia, es constante. Lo que ha cambiado es la presión exterior –y la conciencia de que, una vez más, el futuro del país se discute lejos de casa–.