Gaza abrazada en el tiempo (Nota al margen, 2026) es un libro breve, escrito a cuatro manos por los jóvenes autores palestinos Tareq AlSourani y Yara Nasser, que convierte la memoria en un espacio de resistencia. Publicado como un proyecto editorial solidario, el volumen recoge dos voces que observan la misma realidad desde puntos opuestos: el exilio y la permanencia en un territorio marcado por la destrucción.
La obra se articula como una sucesión de fragmentos que combinan prosa, recuerdos, reflexiones y pasajes poéticos. No hay una narrativa convencional, sino una estructura discontinua que reproduce la fragmentación de sus experiencias. Cada capítulo está firmado por el autor correspondiente, y en algunos casos las voces se entrelazan, construyendo un diálogo implícito entre quien se ha marchado y quien continúa viviendo bajo el conflicto.
Dos voces; dos realidades
Tareq escribe desde Egipto, después de haber abandonado Gaza con su familia. Su mirada se construye desde la distancia y la responsabilidad de preservar un lugar que ya no puede habitar. En sus textos aparecen los mercados, los campos de cultivo, los cafés y las calles de su infancia, convertidos ahora en espacios de memoria. Escribir se convierte en una forma de mantener vivo aquello que ha sido destruido, pero también una manera de dar testimonio. Yara, en cambio, escribe desde dentro de Gaza. Sus páginas están atravesadas por la convivencia entre la vida cotidiana y la violencia estructural. Las imágenes de la infancia se mezclan con la presencia constante de la guerra, en un relato donde la normalidad y la destrucción coexisten sin solución de continuidad. Esta tensión da al libro una dimensión especialmente impactante.
Infancia rota
Uno de los ejes centrales de la obra es la idea de la infancia interrumpida. Los autores recuperan recuerdos de un tiempo anterior a la destrucción, no para idealizarlo, sino para confrontarlo con el presente. Ciudades imaginadas, escuelas sin bombardeos o calles seguras aparecen como contrapunto a una realidad marcada por la pérdida. Esta tensión entre aquello que era y aquello que es atraviesa todo el libro.
También destaca la reflexión sobre el exilio como forma de continuidad y de ruptura a la vez. Para Tareq, marcharse no significa dejar atrás Gaza, sino asumir la responsabilidad de narrarla. Para Yara, quedarse implica resistir desde el lugar más frágil posible, convirtiendo la supervivencia en un acto de persistencia cotidiana.
El libro incorpora, además, una dimensión solidaria explícita. Se trata de una edición en la que la traducción ha sido cedida y los beneficios se destinan íntegramente a la agencia de Naciones Unidas para la población refugiada de Palestina (UNRWA), reforzando la voluntad de conectar literatura y acción humanitaria. Gaza abrazada en el tiempo no ofrece un relato cerrado ni busca conclusiones. Es, sobre todo, un ejercicio de memoria compartida que interpela al lector desde la fragilidad. Sus páginas plantean una pregunta que resuena más allá del libro: ¿cómo se preserva un lugar cuando está siendo borrado? La respuesta, si existe, parece estar en la misma escritura.
