La catástrofe de Chernóbil marcó la conciencia de la humanidad y anticipó la caída de la Unión Soviética. Esta primavera se cumplen 40 años del desastre. La Santa Sede, a través del papa León XIV, ha recordado la tragedia y ha hablado del uso "responsable" de la energía nuclear, expresando el deseo de que la energía atómica pueda estar al servicio de la vida y la paz, y no de la muerte y la destrucción. El accidente nuclear de Chernóbil se considera el más grave de la historia, ocurrido en la central nuclear de Chernóbil en Ucrania (en aquellos momentos dentro de la Unión Soviética) el sábado 26 de abril de 1986. La nueva encíclica del Papa, Magnifica Humanitas, dedicada a la inteligencia artificial, está escrita desde este recuerdo funesto. Estoy convencida de que el Papa, al escribirla, ha tenido en mente el riesgo de utilizar tecnologías cada vez más potentes que sean letales y no seguras.

Esta primavera se cumplen 40 años del desastre

Hace 10 años, el papa Francisco recordó también esta debacle nuclear (hubo decenas de muertes) y expresó reconocimiento a todos los que habían intentado aliviar el dolor y los daños, y rezó por las víctimas del accidente. Anteriormente, el papa Juan Pablo II se había reunido con movimientos que acogían a niños de Ucrania y Bielorrusia afectados por la radiación. El papa polaco visitó Ucrania en 2001, pocos meses después del cierre definitivo de la central. Llamó a la zona un lugar de "heridas abiertas". El hecho de cerrar la planta fue calificado de "decisión sabia" y "signo de esperanza para el mundo". La seguridad humana por encima de los intereses técnicos, y no olvidar nunca el sufrimiento de las víctimas.

Incluso ahora, donde amigos de Ucrania dicen que vuelve a brotar hierba, hay personas que siguen viviendo en el lugar del siniestro donde el reactor de tipo RBMK (Reaktor Bolshoy Moshchnosti Kanalniy o reactor de gran potencia tipo canal) demostró ser inseguro y explotó, provocando la radioactividad letal que conocemos. La política de transparencia soviética no era excelente, y las primeras noticias del desastre llegaron desde Suecia, a más de 1.000 kilómetros.

Para la profesora Anna Trespeuch-Berthelot, catástrofes como Chernóbil o Fukushima solo provocan "emociones provisionales dentro de la gran hibernación" de las sociedades contemporáneas. Las emociones provisionales desaparecen y parecen pesadillas del pasado. Tenemos que vivir con el recuerdo de las secuelas y pensar seriamente en evitar siniestros. No todas las desgracias vienen imprevisiblemente y hoy sentimos amenazas inquietantes. Que la gran hibernación de las sociedades contemporáneas no sea real y palabras como Chernóbil se enseñen en las escuelas para entender mejor dónde estamos y dónde podemos llegar.