Estados Unidos e Irán se mueven en una frágil carrera contra reloj para preservar el alto el fuego vigente, con una posible reunión decisiva en Islamabad que podría marcar el rumbo inmediato del conflicto. El vicepresidente estadounidense, JD Vance, se prepara para encabezar una delegación diplomática hacia Pakistán si Teherán confirma su participación en una nueva ronda de conversaciones.
A pesar del clima de desconfianza mutua, ambos gobiernos han dejado entrever una voluntad, al menos táctica, de evitar una nueva escalada militar. El presidente iraní, Masoud Pezeshkian, ha advertido que persiste una “profunda desconfianza histórica” hacia Estados Unidos, pero fuentes cercanas al gobierno indican que Teherán estudia “positivamente” asistir a las negociaciones.
Este equilibrio delicado refleja la tensión entre la retórica dura y la necesidad de abrir vías diplomáticas. Washington insiste en que Irán no puede desarrollar armas nucleares, mientras que Teherán reclama garantías de seguridad y el fin de las presiones económicas y militares, incluido el bloqueo al estrecho de Ormuz.
El calendario es ajustado. El presidente Donald Trump ha fijado el final del alto el fuego para el miércoles por la noche, a pesar de haber concedido una prórroga de 24 horas para facilitar las conversaciones. Esta ventana limitada aumenta la presión sobre ambas partes para conseguir, como mínimo, un acuerdo provisional que evite la reanudación de los bombardeos.
¿Cuándo tendrán lugar estas conversaciones?
Las conversaciones previstas en Islamabad podrían tener lugar el miércoles y representarían una segunda oportunidad después del fracaso de una ronda anterior de negociaciones. Aquellas discusiones se rompieron por desacuerdos sobre el programa nuclear iraní, especialmente por el rechazo de Teherán a renunciar al enriquecimiento de uranio.
A pesar de ello, el hecho de que ambas delegaciones consideren volver a la mesa sugiere que ninguna de las partes ve beneficios claros en una escalada inmediata. Irán, a pesar de haber resistido una intensa campaña de bombardeos, busca evitar nuevos ataques, mientras que Estados Unidos intenta consolidar resultados sin comprometerse en un conflicto prolongado.
El contexto regional también juega un papel clave. El bloqueo atravesado en el estrecho de Ormuz ha paralizado prácticamente el tráfico marítimo y ha hecho aumentar el precio del petróleo, generando presión internacional por una desescalada. Además, incidentes recientes con barcos comerciales han evidenciado el riesgo de que cualquier error pueda desencadenar una nueva crisis.
Pakistán, por su parte, se ha preparado para acoger unas negociaciones de alto nivel, con medidas de seguridad reforzadas y esfuerzos para garantizar la infraestructura necesaria. Islamabad se presenta así como un escenario neutral donde las dos potencias pueden intentar reconducir la situación.
Con todo, el resultado sigue siendo incierto. Las declaraciones públicas mantienen un tono duro, pero los movimientos diplomáticos indican que, al menos por ahora, prevalece la voluntad de mantener abierta una rendija para el diálogo. En este contexto, la reunión en Islamabad podría no resolver el conflicto, pero sí evitar que vuelva a intensificarse de manera inmediata.