El 15 de agosto de 2021, los talibanes entraban en Kabul prácticamente sin resistencia. El presidente afgano, Ashraf Ghani, huía del país y se desmoronaba en cuestión de días el Estado que Estados Unidos y sus aliados habían construido durante veinte años. Las imágenes de miles de personas intentando huir desde el aeropuerto de Kabul se convirtieron en el símbolo del final de la intervención occidental en Afganistán. Al cabo de dos semanas, el 30 de agosto, el último soldado estadounidense abandonaba el país. Cinco años después, los talibanes continúan gobernando. No ha habido una nueva guerra civil, no han aparecido rivales capaces de disputarles el control del territorio y el régimen ha demostrado mucha más capacidad de supervivencia de la que algunos gobiernos occidentales preveían en 2021. Pero el Afganistán que han construido es también uno de los países más represivos del mundo, sobre todo para las mujeres. Los talibanes han ganado la guerra y han consolidado el poder. Pero todavía no han resuelto ninguno de los grandes problemas estructurales del país. Cerca de la mitad de la población necesita ayuda humanitaria. Millones de afganos tienen problemas para alimentarse. Las oportunidades laborales son escasas. Y la exclusión sistemática de las mujeres condena a la mitad de la población a una vida con cada vez menos autonomía. Una generación entera de mujeres y niñas está creciendo sin poder estudiar, trabajar ni participar con normalidad en la sociedad afgana.
¿Quién gobierna realmente Afganistán?
Los talibanes definen el país como el Emirato Islámico de Afganistán. No es una democracia. No hay elecciones, Parlamento ni partidos políticos compitiendo por el poder. La autoridad última corresponde al líder supremo talibán, Hibatullah Akhundzada, que gobierna desde Kandahar y concentra una enorme influencia religiosa y política. Los ministerios y las administraciones continúan funcionando, pero lo hacen bajo las directrices de los talibanes y de acuerdo con su interpretación extremadamente rigurosa de la ley islámica. Las Naciones Unidas continúan refiriéndose a los talibanes como las "autoridades de facto" de Afganistán. Su legitimidad internacional continúa siendo muy limitada. Rusia es el único país que los ha reconocido formalmente como gobierno, aunque China, Irán, Pakistán, los países de Asia central y diversas potencias occidentales mantienen contactos con Kabul.
Afganistan İslam Emirliği Özel Kuvvetleri, yeni bir video paylaştı.
— Beyaz Minare (@beyazminare26) August 5, 2026
“Kolay yollar aramıyorum. Varlığıma büyük bir anlam kazandıracak yollar arıyorum.
Ailemle rahatça yaşayabilirdim ama kendimi ve kim olduğumu biliyorum.
Ben Afganistan İslam Emirliği’ne adanmış bir askerim.” pic.twitter.com/mMtYVOLTRQ
La gran diferencia respecto a 2021: hay mucha menos guerra
Puede parecer paradójico, pero uno de los cambios más importantes de los últimos cinco años es que Afganistán es considerablemente menos violento que durante las décadas anteriores. Hasta 2021, los talibanes protagonizaban una insurgencia contra el gobierno afgano y las fuerzas internacionales. Ataques, combates, bombardeos y atentados formaban parte de la vida cotidiana en muchas regiones. Cuando los talibanes conquistaron el poder, aquella guerra prácticamente terminó. La ONU reconoce que la reducción del conflicto ha proporcionado más seguridad cotidiana a muchos afganos y ha facilitado los desplazamientos y parte de la actividad económica. Esto, sin embargo, no significa que Afganistán sea un país completamente seguro. El Estado Islámico de la Provincia de Khorasan, conocido como ISIS-K, sigue cometiendo atentados, y el país mantiene una relación especialmente tensa con Pakistán. Durante 2026 se han producido nuevos enfrentamientos fronterizos entre ambos países. Pero los talibanes no tienen hoy un adversario militar capaz de amenazar seriamente su dominio sobre el conjunto del territorio.
Las mujeres: cinco años perdiendo derechos
La pérdida de derechos para las mujeres es el aspecto que más ha transformado la sociedad afgana. Cuando volvieron al poder, los dirigentes talibanes intentaron transmitir inicialmente la idea de que su gobierno sería menos radical que el que habían impuesto entre 1996 y 2001. Pero la realidad ha sido muy diferente. Durante cinco años, las autoridades han aprobado más de un centenar de decretos y medidas que restringen los derechos de las mujeres y las niñas, según ONU Mujeres. Las niñas pueden estudiar primaria, pero a partir de aproximadamente los 12 o 13 años ya no pueden continuar la educación secundaria. Las mujeres tampoco pueden ir a la universidad. El resultado es que unos 2,4 millones de niñas afganas están excluidas de la educación secundaria. Afganistán es el único país del mundo donde el Estado prohíbe formalmente a las mujeres el acceso a la educación secundaria y superior.
Más de 2,6 millones de niñas llevan cinco años privadas de educación secundaria en #Afganistán. UNICEF alerta de consecuencias que alcanzan la salud, la economía y las próximas generaciones. https://t.co/0oToRdJTBc
— Noticias ONU (@NoticiasONU) August 14, 2026
Las restricciones, sin embargo, van mucho más allá de las aulas. Las mujeres han sido apartadas de gran parte de la Administración pública y de numerosas profesiones. En muchas circunstancias necesitan ir acompañadas de un familiar masculino —un mahram— para viajar o moverse. Las normas sobre la vestimenta se han endurecido y el acceso a parques, gimnasios y otros espacios públicos ha sido restringido. Según ONU Mujeres, solo el 7% de las mujeres afganas tienen trabajo, frente al 84% de los hombres. La mitad de las mujeres consultadas afirman que solo salen de casa una o dos veces al mes. En la práctica, los talibanes han creado una sociedad con dos realidades profundamente diferentes según el sexo.
Una generación de niñas sin instituto
El problema no es solo qué pasa hoy. Cada año que se mantiene la prohibición aparece una nueva generación de niñas que termina la escuela primaria y no puede seguir estudiando. Después de cinco cursos consecutivos, la interrupción ya equivale prácticamente a todo un ciclo de educación secundaria. Y tiene consecuencias que pueden durar décadas. Sin estudiantes universitarias, en el futuro habrá menos médicas, profesoras, enfermeras o profesionales cualificadas. Y esto puede agravar aún más la situación de las propias mujeres, porque las estrictas normas de separación entre sexos dificultan que sean atendidas por profesionales masculinos. ONU Mujeres calcula que la exclusión femenina del mercado laboral habrá costado a la economía afgana unos 920 millones de dólares entre 2024 y 2026, aproximadamente un 5,8% del PIB.
Mejora la economía, pero el país sigue siendo muy pobre
El retorno de los talibanes provocó inicialmente un terremoto económico. Con la caída del antiguo gobierno se interrumpieron enormes flujos de dinero procedentes del exterior, se impusieron sanciones y se bloquearon reservas del banco central afgano. El problema es que el Estado anterior dependía extraordinariamente de la ayuda internacional. Después del colapso inicial, sin embargo, la economía ha conseguido una cierta estabilización. El comercio con los países vecinos continúa, la moneda se ha mantenido relativamente estable y la administración talibana recauda impuestos y aduanas. Pero esto no significa que la población haya recuperado el nivel de vida anterior. Afganistán continúa teniendo una economía muy débil, pocas oportunidades laborales y una enorme dependencia de la agricultura y de la actividad informal. El retorno masivo de afganos expulsados u obligados a marcharse de Irán y Pakistán ha aumentado todavía más la presión sobre la vivienda, los puestos de trabajo y los servicios públicos. Según la ONU, unos cinco millones de personas han retornado al país solo durante los dos últimos años.
Casi la mitad del país necesita ayuda
Este es probablemente el dato que explica mejor la fragilidad del Afganistán actual. El país tiene unos 49 millones de habitantes y las Naciones Unidas calculan que 21,9 millones —aproximadamente el 45% de la población— necesitarán ayuda humanitaria durante el 2026. El problema de la alimentación es especialmente grave. Unos 17,4 millones de personas han afrontado niveles de crisis o peores de inseguridad alimentaria durante la temporada de más escasez del 2025-2026. De estas, 4,7 millones se encontraban en situación de emergencia.
La sequía, las inundaciones, los terremotos, la falta de trabajo y los recortes en la ayuda internacional complican todavía más la situación. En el 2026 se calcula también que 3,7 millones de niños menores de cinco años sufrirán desnutrición aguda. Por eso hay una paradoja importante: Afganistán está hoy menos inmerso en una guerra que hace cinco años, pero continúa viviendo una emergencia humanitaria gigantesca.
Lo que han conseguido los talibanes: hundir el cultivo de opio
Durante décadas, Afganistán había sido el principal productor mundial de opio, la materia prima con la que se fabrica la heroína. En 2022, el líder supremo talibán prohibió el cultivo de amapola. Y, contra muchas previsiones iniciales, la prohibición ha tenido un efecto enorme. En 2022 había unas 232.000 hectáreas destinadas a amapola de opio. En 2025 solo quedaban unas 10.200, según la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito. La reducción es espectacular. Pero también tiene un reverso: decenas de miles de familias rurales han perdido una importante fuente de ingresos sin disponer necesariamente de alternativas rentables. Al mismo tiempo, la ONU alerta del crecimiento del negocio de las drogas sintéticas, especialmente las metanfetaminas.
¿Qué ha pasado con los opositores?
Los talibanes anunciaron una amnistía general después de conquistar Kabul. Sobre el papel, antiguos soldados, policías y funcionarios del gobierno anterior no debían ser perseguidos. Las Naciones Unidas, sin embargo, continúan documentando detenciones arbitrarias, maltratos, torturas y ejecuciones extrajudiciales, incluidos casos relacionados con antiguos miembros de las fuerzas de seguridad. También hay castigos corporales públicos y fuertes restricciones a la libertad de expresión y de los medios de comunicación. No existe una oposición política legal comparable a la de un sistema democrático y las protestas, especialmente las protagonizadas por mujeres, han sido reprimidas.
¿Por qué nadie ha derrocado a los talibanes?
Porque la situación de 2026 es completamente diferente a la de 2001. Después de los atentados del 11 de septiembre, Estados Unidos invadió Afganistán porque el régimen talibán protegía a Al-Qaeda y Osama bin Laden. Hoy ninguna gran potencia tiene voluntad de iniciar una nueva guerra afgana. Estados Unidos y los países europeos presionan a los talibanes por los derechos humanos, pero al mismo tiempo necesitan hablar con ellos sobre terrorismo, inmigración o ayuda humanitaria. Los vecinos también han optado por una política pragmática. China tiene intereses económicos y de seguridad. Irán quiere estabilidad en la frontera y controlar los flujos migratorios. Los países de Asia central quieren comerciar. Rusia fue aún más lejos y reconoció oficialmente al gobierno talibán. De esta manera, los talibanes continúan internacionalmente muy aislados, pero ya no están tan solos como en agosto de 2021. Varios gobiernos han aceptado que, al menos a corto plazo, son los interlocutores inevitables en Kabul.
