Cargando...

Donald Trump llegó a la Casa Blanca prometiendo justamente lo contrario de lo que hoy define buena parte de su discurso internacional. Durante las campañas electorales, se presentaba como el líder capaz de evitar nuevas guerras y criticaba duramente las intervenciones militares de sus predecesores. Pero la realidad de su paso por el poder dibuja otra imagen: la de un presidente que ha convertido la amenaza militar en una herramienta habitual de presión diplomática.

El último episodio ha sido Omán. En una reunión en la Casa Blanca, Trump insinuó la posibilidad de atacar el país si colaboraba con Irán en el control del estrecho de Ormuz, una de las rutas marítimas más sensibles del planeta para el transporte de petróleo. La frase, pronunciada casi como un comentario improvisado, no fue acompañada de matices diplomáticos ni aclaraciones posteriores. Y precisamente esto es lo que más preocupa a muchos analistas internacionales: la normalización de un lenguaje cada vez más agresivo.

Quince países bajo amenaza de EE. UU.

Con Omán, ya son al menos quince los países que Trump ha atacado militarmente o bien ha amenazado públicamente durante sus mandatos. La lista incluye estados de Oriente Medio, América Latina, África e incluso aliados históricos de Estados Unidos. Algunos casos han pasado casi desapercibidos fuera de los círculos geopolíticos, pero el conjunto evidencia un patrón de conducta mucho más contundente de lo que Trump acostumbraba a defender en campaña.

Los casos más evidentes son los bombardeos y operaciones militares en países como Irak, Siria, Yemen o Irán. Pero también hay amenazas directas o insinuaciones hacia México, Panamá, Canadá, Cuba o Groenlandia. En algunos escenarios, Trump no ordenó ataques, pero sí que dejó abierta la puerta a hacerlo. Y en política internacional, a menudo el simple hecho de no descartar una intervención ya funciona como una advertencia.

Trump y la "teoría del loco"

Parte de esta estrategia responde a la llamada "teoría del loco", aplicada históricamente por algunos dirigentes que buscan parecer imprevisibles para intimidar a los adversarios. La idea es simple: si los rivales creen que un presidente puede reaccionar de manera extrema en cualquier momento, tendrán más incentivos para ceder antes de llegar al conflicto.

Ahora bien, esta táctica también comporta riesgos. Diversos expertos alertan de que la reiteración de amenazas puede acabar generando el efecto contrario: aumentar la tensión internacional, erosionar la confianza diplomática y alimentar una escalada difícil de controlar. Sobre todo cuando las declaraciones afectan a zonas especialmente sensibles, como el estrecho de Ormuz, por donde circula una parte clave del comercio energético mundial.

Las cifras ayudan a entender el alcance del fenómeno. Los países que han sido objeto de amenazas o ataques representan cientos de millones de personas repartidas en cuatro continentes. Algunos, además, han sido mencionados explícitamente por Trump como territorios que Estados Unidos debería controlar o incorporar estratégicamente, una idea que ha generado fuertes críticas dentro y fuera del país.

Más allá de si estas amenazas llegan o no a materializarse, el debate ya está sobre la mesa: ¿hasta qué punto la política exterior norteamericana depende ahora de la confrontación verbal? Y sobre todo, ¿qué consecuencias puede tener que el líder de la primera potencia mundial convierta la presión militar en un recurso comunicativo casi cotidiano?