Hay noches electorales que son solo eso, recuento de votos y cambios de gobierno. Y las hay otras que huelen a época. Lo que ha pasado en Hungría este domingo se parece más a la segunda categoría. La derrota de Viktor Orbán, después de dieciséis años gobernando con mano de hierro bajo el paraguas de su Fidesz, no se ha vivido solo como un relevo político. Para muchos húngaros, ha sido casi un cambio de régimen. Una sensación difícil de explicar, pero fácil de reconocer. El escritor András Petöcz lo resumía con una imagen potente: le recuerda la caída del comunismo. No es poca cosa.
Durante años, la idea de una alternativa real había quedado desvanecida. El sistema construido por Orbán —institucional, mediático, electoral— parecía diseñado para blindarlo. También su relato político, sostenido en la confrontación constante y la necesidad de identificar enemigos, había acabado marcando toda una etapa. Incluso con encuestas favorables, muchos votantes de la oposición se resistían a creer en la victoria. Quizás por eso, cuando el primer ministro admitió la derrota ante Péter Magyar, el momento tuvo un aire casi irreal.
Magyar, antiguo hombre del sistema convertido en rival, no escatimó épica: “Hemos sustituido el régimen de Orbán. Hemos recuperado el país”. Palabras grandes para un escenario que, en realidad, apenas empieza a dibujarse. Porque el futuro inmediato está lleno de interrogantes. Desde la magnitud de la mayoría parlamentaria hasta la capacidad real de desmontar el engranaje construido por el Fidesz. No se trata solo de gobernar, sino de deshacer un modelo.
El populismo tiene límites
Con todo, la derrota de Orbán ya deja una primera lección: los límites del populismo. El líder húngaro había hecho de la soberanía nacional su estandarte, cargando contra Bruselas, las ONG, las universidades liberales o cualquier enemigo útil para alimentar el relato. Pero en el tramo final de la campaña recurrió, paradójicamente, al apoyo internacional.
Desde Estados Unidos, figuras como Donald Trump o el vicepresidente J. D. Vance hicieron campaña abiertamente a su favor. También estaba la sombra de Rusia. Una apuesta arriesgada que acababa entrando en contradicción con su discurso: cuesta defender el nacionalismo si pides ayuda a potencias extranjeras.
La segunda lección es más terrenal. El populismo puede dominar el relato, pero necesita resultados. Y aquí es donde el proyecto de Orbán ha empezado a hacer aguas. Sin una economía especialmente dinámica ni servicios públicos ejemplares, el gobierno optó por la política del miedo: señalar enemigos externos, con Ucrania como último objetivo, y presentarse como la única garantía de estabilidad. Pero llega un momento en que los “enemigos” se agotan. Y entonces, el foco vuelve hacia casa.
Prioridad: derrotar a Orbán
Magyar lo entendió bien. Sin grandes promesas grandilocuentes, le fue suficiente poner el espejo delante de los votantes. El balance de Orbán hablaba por sí solo. También hay lecciones para la oposición. No todos los votantes progresistas se sienten cómodos con Magyar, de perfil conservador y pasado dentro del mismo sistema que ahora combate. Pero han optado por una estrategia pragmática: priorizar la derrota de Orbán por encima de las diferencias ideológicas. No dejar que lo perfecto impida lo posible.
Ahora empieza la parte más difícil. Desmontar un modelo de poder consolidado y gobernar con eficacia. Algunos lo ven como una oportunidad histórica: que Hungría pase de ser símbolo de iliberalismo a ejemplo de regeneración democrática. Quizás es pronto para saberlo. Pero, de momento, el giro ya es innegable. Y Europa —y más allá— toma nota.
