El bar La Plata ha sido noticia últimamente por dos motivos. El primero es que en el mes de julio recibieron el premio de La Gourmeteria a la Bodega emblemática de Catalunya 2026. El segundo es que hace pocas semanas han publicado el libro La Plata. El bar de Barcelona, escrito por Roger Pasqual, periodista y nieto de los fundadores Pepito y Quimeta y, a su vez, hijo de Anna, donde explica los ochenta años del bar desde que alzaron la persiana en el año 1945, pero también el contexto histórico de aquella época en la ciudad de Barcelona. Hoy, sentados en el bar con Pepe, Roger y Anna, tomamos unas cervezas y unos pescaditos fritos mientras me cuentan un poco de todo.
Anna es una de las protagonistas clave de la historia del bar La Plata. Ella nació en la calle Ample, aunque actualmente vive en la calle Bòria junto a la calle Princesa, justo en el meollo de Ciutat Vella. Es cierto que el barrio ha cambiado mucho en los últimos años, pero me confiesa que se resiste a dejarlo porque es una romántica, tal vez la única superviviente en el barrio de su pandilla, ya que sus amigas se fueron hace años una vez casadas. Roger, en cambio, actualmente vive en la Vila de Gràcia, al lado del campo del Europa, pero nació en Ciutat Vella y estudió en Sant Felip Neri, de donde guarda muy buenos recuerdos.
Cosas de la vida: Anna con 24 años se quedó embarazada y por este motivo la despidieron del trabajo. Fue en aquel preciso momento que su madre, Quimeta, le ofreció incorporarse al bar, aunque de forma momentánea, y lo que empezó como un impás mientras encontraba algo duró treinta y cinco años. Pepe, para los que no lo conocéis, es el protagonista principal y la verdadera alma del local desde el año 1972, cuando lo contrata Pepito con tan solo 15 años, justamente cuando ella tenía 17; el mejor fichaje que podían hacer, según comenta Anna.
Les pregunto por qué no hicieron como el resto de los vecinos, venderse la finca con el bar y salir corriendo con el dinero. Y me responden que, de común acuerdo, decidieron mantenerlo todo porque en la balanza pesaban más los buenos momentos que habían vivido que los malos. De ahí el sentimiento de amor-odio con el bar debido al desgaste que les produjo tantas horas de trabajo a sus padres y a ella misma. Continúa explicando que algunos de los recuerdos que conserva no son tan buenos como otros; en este sentido, de muy pequeña, cuando llegaba de la escuela, recuerda el bar lleno a rebosar buscando a su padre para darle un beso entre las piernas de los clientes antes de comer en la cocina con el resto de sus hermanos, igual que recuerda que sus padres llegaban a casa a las doce de la noche y, por lo tanto, aquella carencia afectiva la persiguió durante años, a pesar de que de pequeña tenía una habitación llena de juguetes que era la envidia del barrio, por donde desfilaban todas sus amigas. Se emociona al recordarlo.
Ochenta años después, La Plata continúa en pie, fiel a su historia y orgullosa de haber resistido mientras el barrio cambiaba a su alrededor
En general, está muy contenta de cómo han ido las cosas una vez que ya se hace cargo del negocio. Recordamos con añoranza aquella famosa ruta del elefante, cuando la calle estaba llena de bares y bodegas y se llenaba de gente de otros barrios todos los jueves, viernes y sábados, era una locura. De todos esos locales solo queda abierto La Plata, ellos, y están muy orgullosos de haber resistido al paso del tiempo sin tocar ni un azulejo y manteniendo todavía muchos de los clientes de toda la vida, porque el resto de las oficinas de Correos, la ONCE, los portuarios y las agencias de aduanas han desaparecido.
La oferta actual no tiene nada que ver con la oferta de ochenta años atrás; entonces preparaban desayunos de cuchara para los portuarios, algún estofado y menudos que conseguían de estraperlo, porque era muy difícil conseguir comida en aquella época. Pero en 1952, lo recuerda perfectamente, Quimeta dijo adiós a los platos de cuchara y se centró en los tres platillos que tanto han triunfado hasta ahora: el pescadito frito, el tomate con cebolla y la anchoa con pan con tomate (la butifarra de Sant Cebrià de Vallalta llegó más adelante). Insiste en decir que el pescadito viene diariamente de la subasta de la Barceloneta porque gastan grandes cantidades, pero cuando no tienen, van a buscarlo a otras lonjas.
Pero el bar La Plata se ha ganado una fama muy merecida por el trato que te dispensa Pepe, y también por la calidad y los precios de las tapas. Fíjate que te puedes zampar un platito de pescado fresco frito por 3,5 €. Así se entiende mejor que puedan freír sesenta kilos de pescado al día. Por otro lado, siempre han pensado que si suben los precios de las tapas ganarán el mismo dinero que ahora, pero perderán a esos clientes de toda la vida que todavía mantienen y tanto aprecian, y eso no quieren que pase de ninguna de las maneras. Para tenerlo claro, actualmente ofrecen las cuatro tapas por doce euros; ¡ríete tú de según qué menús degustación y de los platitos para compartir en los locales hipsters creados por grupos inversores, por favor!
Como supondrán, La Plata también es refugio de famosos. Así, es habitual encontrar allí a Ferran Adrià, a Judit Mascó o a Manolo García, entre otros. La lista es interminable, y en el libro comprobarán que otros personajes como Kubala o Pau Donés, ya desaparecidos, acudían allí habitualmente. El otro día, sin ir más lejos, lo visitaron Carles Gaig y Javier de las Muelas para atiborrarse de los famosos pescaditos fritos. La clave de todo es que Pepe trata a todo el mundo igual, sea famoso o no, para que se encuentren como en casa. De momento, Roger le ha prohibido jubilarse al menos hasta que su hijo cumpla los 18. Así pues, estamos de enhorabuena: ¡tenemos bar Plata y Pepe para días!
