Sergio Ramos recuerda su infancia como una etapa sencilla, marcada por la calle, la familia y unos juguetes que hoy parecen casi de otra época. Antes de convertirse en uno de los defensas más reconocidos del fútbol español, pasaba horas con muñecos Playmobil, una bicicleta y, sobre todo, un balón. No necesitaba demasiado para entretenerse y crecer rodeado de amigos.
“Los muñequitos Playmobil eran mis juguetes favoritos”, explicó en una entrevista con GQ. Ramos recuerda que entonces no había tablets, redes sociales ni tanta tecnología, y que buena parte del día transcurría fuera de casa. Vivía cerca del campo y se entretenía construyendo arcos, jugando con flechas o improvisando partidos. Una infancia que él mismo define como más “salvaje”, pero también más cercana a la realidad.
La calle era su principal lugar de aprendizaje
Para Ramos, aquella libertad también tenía un componente educativo. Aprendía a relacionarse, discutir, reconciliarse, caer y volver a intentarlo sin la supervisión constante de una pantalla. La bicicleta, los muñecos y el fútbol formaban parte de una rutina en la que la creatividad aparecía porque no existían tantas opciones de entretenimiento preparadas de antemano.
La familia fue otro elemento central. Ramos explica que crecieron con humildad y que nunca faltó comida, aunque tampoco vivieron rodeados de lujos. Sus padres establecían horarios de estudio y normas claras, mientras él soñaba con bajar cuanto antes a la plaza. Esa combinación de disciplina y libertad terminó marcando una personalidad competitiva que después trasladaría al deporte profesional.
Ahora intenta transmitir esos valores a sus hijos
La diferencia con la infancia de sus hijos es evidente. Ramos reconoce que hoy puede ofrecerles colegios, viajes y comodidades que él no tuvo, pero precisamente por eso teme que pierdan la perspectiva. Quiere que entiendan de dónde viene la familia y que las facilidades actuales no eliminen la necesidad de esforzarse, respetar a los demás y valorar cada oportunidad.
Su objetivo no es reproducir exactamente la infancia que tuvo, sino conservar aquello que considera esencial. Puede aceptar la tecnología y las ventajas de la vida actual, pero quiere que sus hijos comprendan que nada importante llega sin dedicación. Ramos mira atrás y no recuerda carencias, sino una felicidad construida con cosas sencillas: una pelota, una bicicleta, unos Playmobil y horas en la calle. Esa memoria le sirve ahora como referencia para educar desde el privilegio sin olvidar la humildad con la que creció, recordando que el éxito nunca debe borrar las lecciones aprendidas durante los años sencillos de su vida.
