Muchos padres sienten que obligar a un niño a decir “perdón” tras una conducta agresiva —como pegar o morder— es suficiente para corregirla. Samantha, psicóloga infantil, plantea una reflexión clave: “Si tu hijo pega o muerde, no sirve de nada hacer que pida perdón” —y no porque la disculpa no sea importante, sino porque no aborda la causa real del comportamiento agresivo. Para cambiar conductas de este tipo, es necesario comprender el perfil de los niños que las muestran, por qué actúan así y qué estrategias educativas son realmente eficaces.
Entendiendo por qué algunos niños pegan o muerden
Las conductas agresivas en la infancia no suelen ser un “capricho” o un acto deliberado de maldad, sino una forma de expresión para un niño que aún no controla del todo sus emociones ni su comunicación. Entre las razones frecuentes que pueden explicar que un niño pegue o muerda están:
Frustración por no poder comunicar lo que siente o necesita. Cuando las palabras o habilidades sociales todavía están en desarrollo, un golpe o una mordida puede ser la salida más inmediata que el niño encuentra para expresar enojo, deseo o frustración.
Sobre estimulación sensorial o agotamiento, que puede hacer que el niño reaccione de manera impulsiva sin medir consecuencias.
Imitación de comportamientos observados, ya sea en otros niños, en pantallas o incluso en adultos, cuando no se modela un control emocional positivo.
El punto clave es que estas conductas están ligadas al desarrollo emocional y cognitivo del niño, no a una intención maliciosa. Forzar una disculpa simple no cambia esa raíz y puede incluso convertirse en una acción mecánica que el niño repite sin entender realmente qué hizo mal ni por qué.
El perfil de conducta: más allá del “mal comportamiento”
Los niños que tienden a golpear o morder con más frecuencia suelen tener dificultades para:
Regular sus emociones. Pueden sobreestimarse o desconectarse rápidamente de lo que sienten.
Identificar y nombrar lo que sienten antes de actuar. Falta vocabulario emocional para decir “me enfada” o “no quiero compartir ahora”.
Prever consecuencias sociales. A veces no perciben cómo sus actos afectan a los otros de forma empática.
Estas conductas tienden a aparecer más en edades tempranas, cuando las habilidades sociales y de comunicación todavía están en construcción. Pero también pueden persistir si no se acompaña al niño con herramientas emocionales adecuadas.
Qué estrategias funcionan mejor que pedir perdón a la fuerza
Samantha explica que pedir perdón sin más no enseña autocontrol, ni empatía, ni gestión de emociones. La clave está en:
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Detener la conducta y nombrar la emoción:
“Veo que te has enfadado y has pegado. ¿Puedes decirme qué sentías?” Esto ayuda al niño a identificar su emoción antes de centrarse en la conducta. -
Modelar alternativas adecuadas:
Enseñar formas de pedir ayuda, pedir turno, expresar frustración con palabras o buscar un adulto cuando algo le molesta. Mostrar —no solo decir— cómo se hace. -
Resolver el conflicto juntos:
Si golpeó a otro niño por un juguete, invitarles a negociar el uso del juguete o a turnarse en lugar de imponer un castigo automático. -
Reforzar comportamientos positivos:
Celebrar y verbalizar cuando el niño comparte, espera turno o usa palabras en lugar de golpes genera un impacto duradero.
Cómo apoyar el desarrollo emocional sin etiquetas
Acompañar a un niño que pega o muerde no es “tolerar” la conducta, sino entenderla, enseñarle otras formas de expresarse y guiarle pacientemente hacia una regulación emocional más madura. Forzar un “perdón” sin comprensión no cambia su cerebro ni su aprendizaje social.
La propuesta de Samantha recuerda que la educación emocional es un proceso que lleva tiempo, constancia y empatía. Pedir perdón puede formar parte de ese proceso, pero solo cuando hay realmente comprensión, reflexión y aprendizaje detrás, no como una frase obligatoria que se repite sin significado.
En definitiva, ayudar al niño a gestionar emociones, nombrar sentimientos y encontrar formas no agresivas de interactuar con su entorno contribuye más al desarrollo de la empatía y del autocontrol que cualquier disculpa forzada.
