Quim Masferrer ha recordado una infancia muy diferente de la que podría imaginarse viendo su relación actual con los pueblos pequeños. Creció en Sant Feliu de Buixalleu, en un entorno tranquilo y rural, pero cuando era niño esa calma no siempre le parecía un privilegio. El problema era sencillo: casi no había otros niños con quienes compartir juegos, aventuras o tardes de calle.
"De pequeño no me gustaba vivir en el pueblo porque no había ningún niño o niña para jugar", ha explicado. Durante años, su universo infantil quedó reducido prácticamente a la familia y a su hermana. Masferrer incluso recuerda que soñaba con que en el pueblo aparecían más niños, una fantasía que revela hasta qué punto echaba de menos esa compañía cotidiana.
Un pueblo que de pequeño le parecía demasiado vacío
La falta de niños condicionaba una parte esencial de la infancia. No había un grupo de amigos esperándolo en la calle, ni partidos improvisados, ni la sensación de poder salir de casa y encontrar siempre a alguien disponible. Lo que para los adultos podía ser tranquilidad, para él significaba aburrimiento y una cierta sensación de aislamiento dentro de un entorno que conocía perfectamente.
Con el tiempo, sin embargo, aquella experiencia también alimentó la imaginación. Cuando no hay tantos estímulos ni compañeros, el juego se tiene que inventar de otra manera. Masferrer aprendió a observar, escuchar y convertir a personajes cotidianos en fuentes de entretenimiento. Muchas de estas habilidades acabarían apareciendo después en su trayectoria como actor, humorista y comunicador. Y esto marcó profundamente su sensibilidad.
Con los años entendió el valor de los pueblos
La paradoja es evidente. Aquel niño que soñaba con que su pueblo se llenaba de gente acabaría dedicando una parte importante de su carrera a recorrer municipios pequeños y conversar con sus habitantes. Con El Foraster, Masferrer convirtió precisamente a los pueblos en escenario, reivindicando historias, personajes y formas de vida que a menudo pasan desapercibidas.
La mirada adulta le permitió valorar lo que de pequeño rechazaba. La calma, la proximidad entre vecinos y el conocimiento profundo del territorio se transformaron en una riqueza que antes no podía entender. Masferrer no oculta que aquella infancia tuvo momentos de soledad, pero tampoco la presenta como una etapa triste. Al contrario, la explica como una experiencia que moldeó su manera de mirar a la gente. Quizás porque de pequeño los echaba de menos, de adulto convirtió el escuchar a personas desconocidas en una de sus grandes pasiones.
