Un puente astronómico de 121 años: las lecciones del eclipse de 1905 para mirar el de 2026

Hace 121 años, el último gran eclipse total sobre la península movilizó a astrónomos de medio mundo, vació calles, llenó azoteas y montañas y dejó advertencias que siguen vigentes: las nubes pueden arruinar meses de preparación, la temperatura cae de golpe y mirar el Sol sin protección tiene consecuencias. La diferencia es que este 12 de agosto la ciencia llegará a la cita con satélites, aviones, cámaras digitales, superordenadores y miles de observadores conectados. En 121 años no hemos conseguido que un eclipse dure más ni que las nubes se aparten. Lo que hemos aprendido es a extraer mucha más ciencia de cada uno de sus segundos. El eclipse de 2026 supone una nueva oportunidad de saber mucho más de este fenómeno extraordinario, que en Catalunya no se volverá a ver hasta el año 2180.

El mismo espectáculo, otros ojos

Cuando el Sol se vuelva a apagar este 12 de agosto, habrá cosas sorprendentemente parecidas a las de 1905. Habrá personas buscando el mejor lugar. Habrá nervios mirando las nubes. La luz adquirirá un aspecto extraño. Bajará la temperatura. Podrá levantarse aire. Algunos animales modificarán el comportamiento. Y miles de personas levantarán simultáneamente la cabeza. Pero casi todo lo demás habrá cambiado. Donde había placas fotográficas habrá sensores digitales. Donde una película podía acabarse antes del momento crucial, habrá cámaras capaces de disparar cientos de imágenes. Donde había unas cuantas expediciones separadas, habrá instrumentos terrestres, satélites, aviones y miles de ciudadanos capaces de generar datos coordinados. Y donde los astrónomos de 1905 observaban la corona para descubrir cómo era, los de 2026 podrán compararla con modelos elaborados por superordenadores.

Un fenómeno de masas: todos hacia el Tibidabo

La mañana del 30 de agosto de 1905, Barcelona se despertó con una buena noticia: el cielo estaba raso. Hacía días que la posibilidad de que las nubes estropearan uno de los grandes acontecimientos del año preocupaba a científicos y ciudadanos. Cuando se confirmó que el tiempo acompañaba, una multitud empezó a subir hacia las montañas de los alrededores, especialmente el Tibidabo. Algunos iban cargados con comida para pasar el día. Otros compraban a toda prisa cristales y lentes ahumados a los vendedores que se habían instalado en las calles. Faltaban muchas décadas para que existieran las redes sociales, pero el eclipse ya se había convertido en un fenómeno de masas.

En Barcelona, la Luna llegó a ocultar aproximadamente el 97,7% del disco solar. La ciudad no estaba dentro de la franja de totalidad, que atravesaba otras zonas de la Península, con Burgos como gran epicentro, pero el efecto fue lo suficientemente intenso para que las crónicas describieran una transformación repentina del entorno. El Diario de Barcelona habló de un "maravilloso espectáculo", de estrellas aparecidas en el firmamento y de un "rapidísimo descenso de la temperatura". La Vanguardia dejó constancia de un viento fresco que se levantó durante el fenómeno, del comportamiento extraño de los animales y de los terrados llenos de personas mirando hacia el cielo. Ciento veintiún años después, muchas de las cosas que sorprendieron a aquellos observadores volverán a pasar este 12 de agosto. Pero nosotros sabremos mucho mejor por qué.

Primera lección: un eclipse no solo se ve, también se nota

El eclipse de 1905 demostró al gran público una cosa que los científicos ya conocían: cuando desaparece repentinamente una parte muy importante de la radiación solar, el entorno responde. La temperatura baja, cambia la circulación del aire, disminuye rápidamente la luz y los seres vivos reciben una señal desconcertante: parece que el día se acaba cuando todavía no toca. Las observaciones actuales permiten estudiar estos efectos con una precisión inimaginable en 1905. En el eclipse total que atravesó Norteamérica en 2024, por ejemplo, la NASA impulsó proyectos para que miles de ciudadanos midieran temperatura y nubosidad y registraran los sonidos de la fauna antes, durante y después del eclipse. El objetivo es convertir aquella impresión de los cronistas —"los animales se comportan extrañamente"— en datos comparables y analizables. Es una de las grandes diferencias entre 1905 y 2026: aquello que entonces era una anécdota, una impresión sin medida, ahora puede ser un experimento avalado con datos empíricos. Un termómetro, un sensor meteorológico, una sonda, un micrófono o incluso determinados teléfonos inteligentes pueden aportar información. La ciencia ciudadana permite multiplicar los puntos de observación hasta una escala imposible para cualquier instituto de investigación.

Segunda lección: las nubes siguen mandando

Hay, sin embargo, una cosa que 121 años de progreso científico no han podido solucionar: si una nube pasa por delante del Sol en el momento decisivo, no hay telescopio que valga. En 1905 ya lo descubrieron. Algunas crónicas explican cómo el paso de las nubes hizo perder parte de los instantes más esperados. Y la preocupación había llegado hasta las autoridades del momento, que tomaron medidas extraordinarias para intentar facilitar el trabajo de las numerosas expediciones científicas llegadas a España. La lección sigue siendo especialmente pertinente este 2026. Se puede calcular con enorme precisión por dónde pasará la sombra de la Luna y a qué hora llegará a cada lugar. Lo que no se puede garantizar es que en aquel minuto concreto el cielo esté despejado. Por eso, para quien quiera desplazarse para observar el eclipse, la meteorología de las horas previas será casi tan importante como el mapa astronómico.

Tercera lección: en 1905, cada segundo era oro

Ahora podemos observar el Sol prácticamente las 24 horas del día desde el espacio. En 1905, no. Y esto explica la magnitud de las expediciones que llegaron a la península. Astrónomos de Francia, el Reino Unido, Italia, Suiza, Portugal, los Países Bajos, Rusia, Hungría, México o Estados Unidos desplegaron instrumentos en diferentes puntos. El objetivo no era simplemente observar un espectáculo. Aquellos pocos minutos eran una ventana excepcional para estudiar una parte del Sol que habitualmente quedaba oculta por su propia luz: la corona. El coronógrafo, el instrumento que permite ocultar artificialmente el disco solar para estudiar su atmósfera exterior, todavía no existía. Bernard Lyot no lo desarrollaría hasta la década de 1930. Así, un eclipse era una oportunidad científica que podía tardar años o décadas en repetirse.

Como explica La Vanguardia, en Vinaròs, el astrónomo catalán Josep Comas i Solà, primer director del Observatorio Fabra, dirigió la expedición de la Real Academia de Ciencias y Artes de Barcelona. Llevaron telescopios preparados para hacer fotografía y espectroscopia e incluso una cámara cinematográfica prismática. La idea era extraordinariamente moderna: filmar el eclipse para estudiar después un fenómeno que solo duraba unos minutos. Pero la tecnología jugó una mala pasada. La película se acabó antes de llegar al momento culminante. Es difícil imaginar una metáfora mejor de la ciencia de 1905: disponían de pocos minutos, placas fotográficas, instrumentos delicados y una única oportunidad. Si algo fallaba, había que esperar el próximo eclipse.

De las placas fotográficas a los aviones a 15.000 metros

Este 12 de agosto la situación será radicalmente diferente. Hoy disponemos de satélites que observan permanentemente el Sol, instrumentos espaciales que estudian el viento solar y telescopios terrestres enormemente más sensibles. La misma ESA recuerda que el fenómeno de 2026 convivirá con misiones como Solar Orbiter, Smile o Proba-3, dedicadas a estudiar el Sol, su corona o la interacción de nuestra estrella con la Tierra. Y los eclipses siguen ofreciendo cosas que estos instrumentos no pueden reproducir exactamente.

La experiencia norteamericana de 2024 da una idea del salto tecnológico. La NASA utilizó aviones WB-57 que volaron a unos 15.000 metros de altitud para observar el eclipse por encima de buena parte de la atmósfera. Equipados con cámaras y espectrómetros, estudiaron la temperatura, la composición y la estructura de la corona. Volando en la misma dirección que la sombra lunar, incluso consiguieron alargar en más de dos minutos el tiempo disponible para observarla. Comas i Solà tenía una película que podía acabarse. Los científicos actuales pueden perseguir la sombra de la Luna con un avión.

Cuarta lección: el eclipse es un laboratorio solar

Puede parecer paradójico. Si los satélites observan continuamente el Sol y los coronógrafos pueden crear una especie de eclipse artificial, ¿por qué sigue interesando científicamente un eclipse natural? La respuesta sigue siendo la corona. La superficie visible del Sol es tan brillante que normalmente deslumbra esta atmósfera exterior mucho más débil. Cuando la Luna tapa con extraordinaria precisión el disco solar, la corona emerge a su alrededor. Es un experimento que la naturaleza hace gratis y con la Luna convertida en un inmenso obturador situado a unos 384.000 kilómetros de nosotros.

Las observaciones modernas intentan entender cómo se estructura esta corona, cómo se transporta la energía y cómo se origina el viento solar. También sirven para contrastar modelos informáticos. Antes del eclipse de 2024, científicos utilizaron superordenadores y datos casi en tiempo real del observatorio espacial Solar Dynamics Observatory y de Solar Orbiter para predecir qué forma tendría la corona. Después compararon la simulación con el Sol real revelado por el eclipse. En 1905, los astrónomos esperaban que la Luna apartara el telón para descubrir qué había detrás. En 2026, la ciencia puede llegar habiendo hecho antes una predicción de qué espera encontrar.

Quinta lección: una multitud también puede hacer ciencia

Quizás esta sea la revolución más inesperada. En 1905 había dos clases de observadores. Por un lado, los científicos con telescopios, espectrógrafos y placas fotográficas. Por otro, la multitud que llenaba tejados, calles y montañas. Hoy esta frontera se ha difuminado. Durante el eclipse norteamericano de 2024, proyectos de ciencia ciudadana movilizaron observadores para fotografiar la corona, registrar animales, medir la temperatura, estudiar la ionosfera o captar las llamadas perlas de Baily. Uno de los experimentos muestra hasta qué punto ha cambiado la escala. El Eclipse Megamovie reunió 52.469 fotografías procedentes de 143 observatorios móviles dirigidos por voluntarios. Al combinarlas, los investigadores obtuvieron más de una hora y media acumulada de observaciones calibradas de la corona, en lugar de los pocos minutos disponibles desde un único punto. Es exactamente el problema que los astrónomos de 1905 habrían soñado poder resolver. La totalidad dura minutos en un lugar, pero la sombra recorre miles de kilómetros. Si cientos de cámaras situadas a lo largo del recorrido ven sucesivamente la corona, un eclipse corto se puede convertir en una observación mucho más larga.

Sexta lección: no todo lo que se hacía en 1905 conviene repetirlo

Las crónicas de aquel verano explican que por las calles de Barcelona se vendían cristales y lentes ahumados para observar el eclipse. Esta es una de las lecciones de 1905 que hay que leer exactamente al revés. Ahumar un cristal, mirar a través de una radiografía, utilizar unas gafas de sol convencionales o improvisar filtros no protege adecuadamente los ojos de la radiación solar. Las crónicas de la época ya recogían casos de personas que habían sufrido lesiones después de mirar el fenómeno sin una protección correcta. El conocimiento actual permite disfrutarlo con mucha más seguridad: durante las fases parciales hay que utilizar filtros solares homologados o sistemas de observación indirecta. Solo dentro de la franja de totalidad y exclusivamente durante los instantes en que el Sol queda completamente cubierto, se puede observar la corona directamente sin las gafas especiales. Y esta distinción es crucial: un 99% de eclipse no es una totalidad. Pero aunque se llegara al 100%, los expertos recomiendan no quitarse las gafas de principio a fin.

Del Observatorio del Ebro a una nueva generación

Aquel 1905 coincidió, además, con un momento fundacional de la astronomía y la geofísica modernas en Catalunya. El Observatorio Fabra acababa de ser inaugurado y el Observatorio del Ebro, creado por los jesuitas en Roquetes, empezaba su actividad científica. El eclipse reunió a investigadores y contribuyó a dar proyección a una institución concebida precisamente para estudiar las relaciones entre la actividad solar y los fenómenos físicos de la Tierra. Estas preguntas sobre las conexiones entre la actividad solar y la Tierra están plenamente vigentes. Hoy sabemos mucho más sobre el Sol, pero también dependemos mucho más de tecnologías vulnerables a su actividad: satélites, telecomunicaciones, navegación por GPS o redes eléctricas, que pueden quedar afectadas por las tormentas solares. Entender cómo la energía y las partículas expulsadas por nuestra estrella llegan al entorno terrestre no es solo astronomía. Es también comprender mejor una infraestructura natural de la que depende la sociedad tecnológica.