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Muchos jubilados intentan arreglar una cafetera, coser una prenda o reparar un mueble antes de comprar uno nuevo. Desde fuera, esta actitud puede parecer una forma exagerada de ahorrar, pero la psicología explica que no siempre tiene relación con la tacañería. A menudo responde a una educación basada en aprovechar los recursos, evitar el desperdicio y valorar el esfuerzo que costó conseguir cada objeto.

Quienes crecieron en épocas de escasez aprendieron que reemplazar algo útil era una decisión importante. Los objetos no se consideraban desechables, sino bienes que debían mantenerse durante años. Esa forma de entender el consumo puede permanecer incluso cuando la situación económica mejora. Reparar ofrece además una sensación de coherencia con los propios valores y evita la incomodidad de tirar algo que todavía podría funcionar.

Arreglar también proporciona control y autonomía

Una reparación permite transformar un problema concreto en una tarea con solución. Buscar la avería, probar una pieza o improvisar un arreglo genera sensación de competencia y utilidad. Para algunos jubilados, especialmente después de dejar la vida laboral, estas actividades ayudan a conservar rutinas, habilidades y confianza en su capacidad para resolver dificultades cotidianas sin depender inmediatamente de otras personas.

Imagen de un jubilado en un parque | Europa Press

También existe un componente emocional. Una radio, una mesa o una chaqueta pueden conservar recuerdos de una etapa, una persona o un esfuerzo compartido. Sustituirlos no equivale únicamente a adquirir un producto nuevo, sino a desprenderse de una parte de la propia vida de uno mismo. Por eso, el valor sentimental puede ser muy superior al precio económico que tendría reemplazar el objeto.

El límite aparece cuando reparar deja de ser razonable

Intentar arreglar primero suele ser una conducta práctica y sostenible, pero no siempre resulta conveniente. Un electrodoméstico inseguro, una instalación deteriorada o una reparación cuyo coste supera al de un producto eficiente pueden exigir un cambio. La flexibilidad es importante, ya que conservar por principio no debe implicar asumir riesgos, gastar más dinero o acumular objetos que ya no cumplen ninguna función.

La realidad es que los jubilados que reparan todo antes de sustituirlo no son necesariamente tacaños. Pueden estar expresando prudencia, autonomía, apego emocional o una cultura de aprovechamiento aprendida durante décadas. La diferencia está en la capacidad de decidir. Si pueden reconocer cuándo merece la pena reparar y cuándo conviene reemplazar, su comportamiento no refleja miedo a gastar, sino una relación más consciente y menos impulsiva con las cosas.