La superficie del Sol parece tranquila vista desde la Tierra, pero la realidad es muy diferente. No es un mar de fuego tranquilo, sino un auténtico infierno en movimiento. Es un océano de gas incandescente que hierve continuamente, donde se forman remolinos, corrientes y explosiones de una violencia extraordinaria. Los campos magnéticos se entrelazan y enormes cantidades de energía se acumulan antes de liberarse en violentas erupciones. Ahora, los científicos han podido observar este caos con una precisión nunca vista gracias al telescopio solar Daniel K. Inouye, el más potente del mundo, situado en Maui (Hawái). Las imágenes, publicadas esta semana en la revista Nature, muestran por primera vez unos diminutos remolinos de plasma que podrían ser la clave para entender cómo funciona nuestra estrella y por qué, de vez en cuando, desencadena tormentas capaces de afectar a la Tierra. Puede ser la pieza que faltaba para entender algunos de los grandes enigmas de la física solar.
Scientists using the @NSF Daniel K. Inouye Solar Telescope have made a major breakthrough in solar physics! Kelvin-Helmholtz Instability on the surface of the sun, a finding that could help explain explosive solar activity @NatSolarObs https://t.co/EbnOTqzymV pic.twitter.com/KhIOK9Zx6f
— AURA (@AURADC) August 5, 2026
Unos remolinos de solo 20 kilómetros
La gran sorpresa son unos vórtices de plasma que, en algunos casos, tienen solo 20 kilómetros de ancho. Puede parecer enorme, pero a escala solar, en una estrella que tiene casi 1,4 millones de kilómetros de diámetro, es minúsculo: como si desde Barcelona se pudiera distinguir una moneda situada en Zaragoza. Hasta ahora ningún telescopio tenía suficiente resolución para detectar estas estructuras. Este descubrimiento ha sido posible gracias al telescopio Daniel K. Inouye, situado en la cima del volcán Haleakalā, en la isla hawaiana de Maui. Su espejo principal, de 4 metros de diámetro, es el más grande jamás construido para observar el Sol y, junto con un sofisticado sistema de óptica adaptativa que elimina las distorsiones provocadas por la atmósfera terrestre, permite corregir las turbulencias y captar detalles que hasta ahora eran invisibles.
Estos remolinos aparecen en los bordes de las regiones magnéticas del Sol, cerca de las manchas solares, donde la actividad es especialmente intensa. Los investigadores los identifican como un fenómeno físico conocido desde hace más de un siglo: la inestabilidad de Kelvin-Helmholtz, que hasta ahora nunca se había podido observar directamente en la superficie solar. A pesar del nombre complicado, es un fenómeno relativamente fácil de imaginar. Se produce cuando dos capas de un fluido se mueven a velocidades diferentes. La fricción entre ambas acaba generando ondulaciones que se transforman en remolinos. Es exactamente el mismo mecanismo que explica las olas que se forman en el mar, algunas nubes con forma de espiral, los espectaculares remolinos visibles en la atmósfera de Júpiter y ahora, también, los de la superficie del Sol. En el caso del Sol, los "fluidos" son enormes masas de plasma —gas tan caliente que sus átomos han perdido los electrones— que circulan a velocidades diferentes.
☀️ Scientists using the @NSF Inouye Solar Telescope have made a major breakthrough in solar physics, discovering Kelvin-Helmholtz instability on the Sun's surface—a finding that could help explain explosive solar activity and other solar phenomena: https://t.co/GHDS3B7UXT pic.twitter.com/yJhD4KecVY
— National Solar Observatory (@NatSolarObs) August 5, 2026
La pista que faltaba
Los físicos saben desde hace décadas que el campo magnético solar se enreda como si fuera un cable que se va caracolando. Cuando esta tensión es demasiado grande, las líneas magnéticas se rompen y se reconectan repentinamente, liberando cantidades inmensas de energía en forma de erupciones solares, jets de plasma o grandes eyecciones de masa coronal. El problema era entender qué iniciaba este proceso de enrollamiento. Las nuevas observaciones apuntan a que estos pequeños remolinos son precisamente el mecanismo que pone en marcha este proceso y los responsables de retorcer el campo magnético. Es decir, unas estructuras diminutas podrían acabar desencadenando algunas de las explosiones más espectaculares del sistema solar.
Un misterio de medio siglo podría tener respuesta
El descubrimiento también puede ayudar a resolver uno de los enigmas más famosos de la física solar. La superficie visible del Sol tiene una temperatura de unos 5.500 grados centígrados. En cambio, su atmósfera exterior —la corona— supera el millón de grados. Aparentemente, es una contradicción: ¿cómo puede ser que una capa más alejada del núcleo sea mucho más caliente? La teoría es que estos pequeños remolinos fragmentan el movimiento del plasma hasta escalas microscópicas, donde la energía se transforma en calor y es transportada hacia las capas superiores. Si esta hipótesis se confirma, se habrá resuelto una pregunta que desconcierta a los físicos desde hace décadas.
An NSF telescope on Maui just made the sharpest images of the sun ever taken, resolving features 20 km across, about the length of Manhattan, on a star 93 million miles away. Published today in Nature.
— IredcapI (@IredcapI) August 5, 2026
It's the Inouye, the most powerful solar telescope on the planet. It caught… pic.twitter.com/DTxWH2ikEC
¿Por qué nos afecta?
Todo esto no es solo una curiosidad astronómica. La actividad magnética del Sol es responsable de lo que se conoce como clima espacial, es decir, las tormentas de partículas cargadas que pueden llegar hasta la Tierra. Cuando estas tormentas son especialmente intensas, pueden provocar interrupciones en las comunicaciones, errores en los sistemas GPS, problemas en satélites, averías en las redes eléctricas y un aumento del riesgo para los astronautas. Por eso, comprender qué pasa en estos pequeños remolinos es también una manera de mejorar la predicción de los fenómenos que pueden afectar nuestra infraestructura tecnológica.
Los investigadores consideran que este es solo el primero de muchos descubrimientos. La resolución conseguida por el telescopio Daniel K. Inouye permite observar procesos físicos que hasta ahora permanecían completamente ocultos. Igual que el telescopio espacial James Webb ha revolucionado nuestra visión del universo lejano, el Inouye empieza a transformar la manera como observamos la estrella que tenemos más cerca. Y es precisamente estudiando estos diminutos remolinos —casi invisibles hasta ahora— que los científicos esperan entender mejor cómo funciona el Sol, por qué estalla y cómo estas explosiones pueden acabar teniendo consecuencias, millones de kilómetros más allá, aquí mismo, en la Tierra. Con esta resolución será posible observar otros procesos físicos que hasta ahora quedaban escondidos y avanzar en la comprensión de nuestra estrella, una pieza clave tanto para entender la física del universo como para proteger la tecnología de la que depende la sociedad actual.