Marc Ribas ha recordado una etapa de su vida completamente alejada de la televisión y de los restaurantes: los años en los que trabajó en el mundo de la noche. Antes de convertirse en una de las caras más reconocibles de la gastronomía catalana, ejerció como relaciones públicas y responsable en discotecas, un entorno donde vio de cerca excesos, alcohol y drogas.
“Vi muchos excesos”, ha explicado. Mientras otros bebían o consumían cocaína, él mantenía una disciplina casi obsesiva porque quería entrenar al día siguiente o ir a pescar con su padre. Su rutina era muy distinta a base de agua baja en sodio y un táper de arroz con pollo. No probó su primer gintonic hasta los 35 años.
La disciplina lo mantuvo lejos de la mala vida
Trabajar de noche significaba organizar fiestas que disfrutaban los demás mientras él permanecía pendiente de todo. Ribas reconoce que vio situaciones “muy feas y desastrosas”, pero nunca sintió curiosidad por ese tipo de consumo. Sabía que no encajaba con la vida deportiva que quería llevar ni con la exigencia física que se imponía durante aquellos años.
Su relación con el culturismo también explica esa distancia. Entrenaba con constancia, controlaba la alimentación y entendía que alcohol y drogas podían destruir rápidamente aquello que construía durante horas en el gimnasio. Esa mentalidad le permitió mantenerse al margen incluso cuando los excesos eran habituales a pocos metros y parecían formar parte natural de la noche.
Excesos dentro de la restauración
Con el tiempo, Ribas descubrió que esos problemas no pertenecían únicamente a las discotecas. También ha señalado la presencia de cocaína en determinados ambientes de la restauración, donde jornadas interminables, presión y cansancio sirven a veces como excusa para normalizar consumos. Para él, una profesión dura nunca puede justificar dinámicas capaces de destruir la salud.
Años después, aquella etapa ayuda a entender parte de su personalidad pública. Ribas puede parecer impulsivo, competitivo y excesivo delante de las cámaras, pero detrás existe una disciplina construida durante décadas. Mientras otros celebraban las fiestas que él organizaba, pensaba en entrenar, cocinar o pescar al día siguiente. Haber trabajado rodeado de excesos sin sentirse atraído por ellos reforzó una idea que todavía mantiene: divertirse no exige perder el control. Su primer gintonic llegó a los 35 años, cuando ya había decidido hacía mucho tiempo qué clase de vida quería llevar y qué cosas no estaba dispuesto a sacrificar para encajar. La televisión llegó después, pero aquella disciplina ya había definido completamente su manera de vivir.
