Karlos Arguiñano nunca ha necesitado alejarse demasiado de su tierra para encontrar el lugar donde realmente desconecta. El cocinero vive con su mujer, María Luisa Ameztoy, en Zarautz, una de las localidades más reconocibles de la costa guipuzcoana y situada a menos de media hora de Donostia. Allí ha construido buena parte de su vida personal y profesional siguiendo una filosofía que repite con frecuencia: “Como en casa, en ningún sitio”.
Su relación con Zarautz va mucho más allá de tener allí su vivienda. En 1979 abrió su propio restaurante y, con los años, amplió el proyecto con un hotel con vistas al mar y la Escuela de Hostelería Aiala. Mientras muchas celebridades optan por grandes mansiones de estética ultramoderna, Arguiñano ha preferido conservar una casa familiar de carácter tradicional, integrada en el entorno y muy ligada a su forma de vivir.
Una casa vasca con elementos rústicos y modernos
La vivienda combina espacios amplios con una decoración donde predominan la madera, los tonos claros y algunos acabados más contemporáneos. No busca la espectacularidad de una propiedad diseñada únicamente para impresionar, sino transmitir una sensación mucho más cálida y cotidiana.
Como era de esperar, una de las zonas más importantes es la cocina. Allí pasa buena parte del tiempo y su diseño recuerda incluso al espacio desde el que cocina en televisión. Tiene una gran isla central con la placa de cocción incorporada, numerosos armarios para guardar utensilios y una combinación de mármol veteado en tonos beige con madera oscura.
Zarautz es también el centro de su vida profesional
La elección del municipio tampoco es casual. Arguiñano siempre ha mostrado un profundo orgullo por su origen vasco y ha desarrollado allí prácticamente todos sus grandes proyectos. Poder vivir cerca de sus negocios, del mar y de su familia le permite mantener una rutina mucho más estable.
Además, Zarautz ofrece algo difícil de encontrar en una gran ciudad: playa, montaña, gastronomía y un ritmo mucho más pausado sin quedar aislado de Donostia. Esa combinación encaja perfectamente con una figura que, pese a décadas de popularidad, nunca ha renunciado a una imagen sencilla y cercana. Su casa resume bastante bien esa filosofía. No necesita recurrir al lujo extremo para convertirse en su lugar favorito. Para Arguiñano, la verdadera comodidad está en volver a un espacio reconocible, cocinar en su propia casa y seguir viviendo en la tierra donde construyó prácticamente toda su historia.
