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Juan López tiene clara una de las reglas que intenta seguir desde que se jubiló: mantenerse activo. Para él, dejar de trabajar no significa pasar el día sentado ni reducir al mínimo el movimiento. Al contrario, considera que esta etapa de la vida exige prestar todavía más atención a la actividad física cotidiana para conservar autonomía, energía y una buena calidad de vida.

“El cuerpo está hecho para moverse, si te quedas en el sofá, llegan los problemas”, explica este jubilado al hablar de su rutina. Su mensaje no pasa necesariamente por hacer deporte intenso, sino por algo mucho más sencillo: caminar, salir de casa, mantener ocupaciones y evitar que la inactividad se convierta en la norma diaria.

Mantenerse activo cambia la jubilación

Con los años, el cuerpo pierde fuerza y movilidad si no recibe estímulos suficientes. Por eso, pequeños hábitos como caminar todos los días, subir escaleras cuando sea posible o hacer ejercicios suaves pueden marcar diferencias importantes. No hace falta convertirse en deportista, pero sí evitar que cada vez cueste más levantarse, desplazarse o realizar tareas cotidianas.

López insiste en que el sofá puede convertirse fácilmente en una trampa. Cuando una persona reduce demasiado su actividad, es habitual que también disminuyan las ganas de salir, relacionarse o mantener rutinas. La jubilación ofrece más tiempo libre, pero precisamente por eso resulta importante llenarlo con actividades que obliguen al cuerpo y a la mente a seguir funcionando.

No se trata de correr, sino de no detenerse

La clave está en adaptar el movimiento a la edad y a las capacidades de cada persona. Pasear, hacer pequeñas compras caminando, cuidar un huerto, bailar o realizar ejercicios de fuerza sencillos son formas de mantenerse activo sin necesidad de grandes esfuerzos. Lo importante es conservar la regularidad y no abandonar el movimiento durante largos periodos.

Para Juan López, esa mentalidad también influye en cómo se afronta psicológicamente la jubilación. Mantener objetivos, rutinas y actividad ayuda a evitar la sensación de que todo cambia de golpe al dejar de trabajar. Su consejo es simple: escuchar al cuerpo, moverse dentro de las posibilidades de cada uno y no permitir que el sofá se convierta en el centro de la vida diaria.