José Alfonso, un agricultor español cuenta el drama de vivir del campo en este país: “Uso las sandías como abono porque me las compran a 5 céntimos”. La frase resume con crudeza una realidad que se repite en distintas zonas agrícolas del país y que vuelve a poner sobre la mesa el debate sobre la rentabilidad del campo. Detrás de esa decisión no hay una simple anécdota curiosa, sino un problema estructural que afecta a miles de trabajadores del campo.
Vender sandías a cinco céntimos por kilo, o incluso por pieza, según el canal de comercialización, sitúa al agricultor en un escenario prácticamente inviable. Los costes de producción en la agricultura moderna son muy elevados a la hora del consumo de semillas, agua, fertilizantes, energía, mano de obra, transporte y mantenimiento de la explotación. Cuando el precio en origen cae por debajo de esos umbrales, cada venta deja pérdidas que uno no puede mantener.
Producir para acabar perdiendo dinero
El caso de José Alfonso ilustra un dilema habitual en el sector. Recolectar, clasificar y transportar fruta o verdura tiene un coste añadido. Si el mercado paga cifras simbólicas, el agricultor se enfrenta a una paradojo, porque vender implica perder más dinero que no vender. En ese contexto, destinar la producción a abono puede resultar, desde un punto de vista puramente financiero, la opción menos dañina para el negocio.
La imagen de toneladas de sandías utilizadas como fertilizante puede resultar chocante para el consumidor, pero responde a una lógica sencilla. Incorporar el producto al suelo permite recuperar parte del valor en forma de materia orgánica y evita asumir gastos de recolección y distribución que no se compensan con el precio ofrecido por los compradores.
Un problema que va más allá de una campaña mala
La situación no se limita a un cultivo concreto ni a una temporada excepcional, que se puede llegar a entender. El problema llega cuando es un problema estructural y en muchos terrenos de explotación agrícoloa, lo que más a cuenta sale no es vender, sino reutilizar el producto como abono. Este desequilibrio alimenta una sensación de desprotección en el campo. Cuando los precios no cubren costes, la continuidad de muchas explotaciones familiares queda en entredicho con justa razón. La consecuencia es e
La decisión de usar sandías como abono no es un gesto simbólico ni una protesta aislada. Es la expresión de una ecuación económica que no cierra. Y refleja una preocupación cada vez más extendida en la agricultura española donde producir alimentos no siempre garantiza poder vivir de ello.
