El mercado inmobiliario vive un momento de máxima tensión y de precios desorbitados e inalcanzables para la mayoría de mortales. En ese contexto, Joan Cortés, asesor inmobiliario, ha puesto sobre la mesa una práctica cada vez más extendida que, aunque es legal, contribuye de forma directa a encarecer artificialmente el precio de la vivienda. “Las inmobiliarias crean filas de cinco personas para ver el piso y transmitir que va a volar”, explica.
Según Cortés, no se trata de casualidades ni de coincidencias de agenda. Las visitas se organizan de manera estratégica, citando a varios interesados en franjas horarias muy próximas, con el objetivo de generar presión psicológica y sensación de urgencia. El mensaje es que si no decides rápido, alguien se te adelantará y te dejará sin ese piso que anhelas.
Creando una subida de precio artificial
La mecánica es tan sencilla como eficaz. Varias personas esperan para visitar la misma vivienda y el comprador percibe que hay una altísima demanda. “El piso parece más valioso de lo que realmente es”, señala Cortés. A partir de ahí empieza una especie de subasta encubierta. En muchos casos, la vivienda termina adjudicándose al primero que acepta pagar por encima del precio inicial, incluso por encima del valor de mercado. Esa decisión suele ir acompañada de una reserva económica elevada, que dificulta que el comprador dé marcha atrás, aunque después tenga dudas.

El asesor inmobiliario insiste en que esta práctica es lícita desde el punto de vista legal, pero profundamente dañina para el mercado. No responde a una mejora real del inmueble ni a una revalorización, sino a una estrategia comercial diseñada para exprimir al máximo la presión sobre comprador.
Por qué esta práctica perjudica a todos
El problema, explica Cortés, es que estas operaciones no se quedan en un caso aislado. Cada venta cerrada por encima del precio de mercado se convierte en una referencia para futuras tasaciones y anuncios. “Así es como se va empujando el mercado hacia arriba, de forma artificial y consciente". Esto afecta especialmente a los jóvenes y a las familias que compran su primera vivienda, que entran en una dinámica de urgencia constante, miedo a perder oportunidades y aceptación de condiciones cada vez más duras. La consecuencia es un mercado menos transparente y más inaccesible.
Así pues, aunque estas prácticas no sean ilegales, cada vez son más las voces que alertan de su falta de ética. Crear colas ficticias, inflar la demanda y empujar precios al alza no solo distorsiona el mercado, sino que agrava el problema de acceso a la vivienda que ya sufren miles de personas.