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Después de una ruptura es habitual preguntarse por qué seguimos pensando en alguien con quien sabemos que no éramos felices. El psicólogo Fran Sánchez explica que una de las claves puede estar en la disonancia cognitiva, como lo es la distancia entre lo que pensamos, los valores que creemos importantes y la manera en la que realmente actuamos dentro de una relación.

El conflicto aparece cuando una persona sostiene dos ideas incompatibles al mismo tiempo. Puede pensar que merece respeto, atención y estabilidad, pero continuar aferrada a una relación donde no recibe nada de eso. También puede repetirse que quiere a esa persona “a toda costa” aunque, al mismo tiempo, reconozca que la relación le genera ansiedad, tristeza o sensación de abandono.

La ruptura obliga a mirar lo que realmente ocurría

Sánchez señala que el problema no está únicamente en echar de menos a una expareja. Lo difícil es aceptar que nuestros actos pueden haber estado alejados de nuestros propios valores. Si alguien considera fundamental cuidarse, poner límites y recibir reciprocidad, pero tolera desprecios, indiferencia o una relación unilateral, aparece una contradicción interna que genera malestar.

Tras la ruptura, esa contradicción puede intensificarse. La mente busca explicaciones que permitan mantener una imagen coherente de lo vivido: “seguro que cambiará”, “quizá exageré” o “cuando estábamos bien, estábamos muy bien”. Estas frases pueden aliviar momentáneamente el dolor, pero también dificultan aceptar que el vínculo ya no encajaba con aquello que realmente necesitábamos.

Romper la disonancia implica volver a tus valores

La propuesta de Sánchez pasa por revisar cuáles son los valores personales que consideramos irrenunciables y comprobar si nuestras decisiones están alineadas con ellos. Si queremos una relación basada en respeto, atención, confianza y cuidado mutuo, no basta con sentir amor. También hay que observar si esos elementos existen de manera sostenida en la relación.

Romper con la disonancia cognitiva no significa dejar de sentir afecto de un día para otro. Significa dejar de utilizar ese afecto para justificar comportamientos que contradicen lo que queremos para nosotros mismos. Después de un fracaso amoroso, aceptar que podemos echar de menos a alguien y, al mismo tiempo, reconocer que volver sería dañino puede ser precisamente el paso necesario para recuperar coherencia, autoestima y bienestar emocional. Esa claridad permite separar el deseo de regresar de la decisión consciente de protegerse y construir vínculos sanos.