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Ferran Torres ha mostrado una cara más personal después de convertirse en uno de los grandes protagonistas de España. El delantero del Barça ha hablado de una etapa de su infancia que recuerda con claridad: el divorcio de sus padres cuando tenía 12 o 13 años, un momento que coincidió además con su ingreso en la residencia del Valencia.

El futbolista ha reconocido que aquello fue un golpe que no supo gestionar. Era muy joven, estaba lejos de casa durante buena parte de la semana y no encontraba la manera de explicar lo que le pasaba. Cada domingo, cuando llegaba el momento de regresar a la residencia, rompía a llorar porque sabía que no volvería a ver a su familia hasta varios días después.

Una adolescencia marcada por la separación

Ferran ha explicado que incluso sentía vergüenza a la hora de contar por qué estaba viviendo aquella situación. Prefería inventar explicaciones antes que reconocer que sus padres se habían separado. A esa edad, todavía no tenía herramientas emocionales para entender lo sucedido y terminó encerrándose en sí mismo mientras intentaba mantener el ritmo de una formación deportiva cada vez más exigente.

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Con el tiempo, aquella etapa terminó obligándolo a madurar antes de lo previsto. Vivir en una residencia, competir por hacerse un sitio y aprender a convivir con la distancia familiar hicieron que asumiera responsabilidades muy pronto. El propio jugador reconoce ahora que fue un periodo duro, pero también uno de los que más influyeron en la persona que terminó construyendo.

El fútbol acabó convirtiéndose en refugio

La historia ayuda también a entender algunas de las capas que existen detrás del personaje competitivo que Ferran muestra sobre el césped. Su carrera ha estado marcada por cambios de club, críticas y momentos de enorme presión, pero aquella experiencia adolescente le enseñó a convivir con situaciones que no podía controlar y a seguir adelante incluso cuando emocionalmente no estaba preparado.

Ahora, después de alcanzar uno de los grandes momentos de su carrera con España, Ferran habla de aquel niño con otra perspectiva. No presenta el dolor como algo positivo, pero sí reconoce lo que aprendió de él. La separación de sus padres fue un shock, la residencia fue dura y los domingos estaban llenos de lágrimas. Años después, entiende que aquella etapa aceleró su madurez y dejó una huella decisiva en su forma de afrontar la vida y el fútbol.