Tal día como hoy del año 1974, hace 52 años, en la isla de Lubang (Filipinas), se entregaba el teniente del ejército japonés Hiro Onoda, que había continuado combatiendo, en solitario, durante veintinueve años después de la rendición de Japón en la II Guerra Mundial (1945). Onoda había participado en la invasión japonesa de Filipinas (diciembre, 1941) —entonces un protectorado de los Estados Unidos (no alcanzaría la independencia hasta 1946)— y, posteriormente, sería uno de los escasos supervivientes de la campaña norteamericana de recuperación del dominio de estas islas (febrero, 1945).

Después de la campaña militar estadounidense (febrero-marzo, 1945), Onoda se refugió en las montañas de la isla de Lubang (situada a unas 100 millas al suroeste de Manila) y, con tres subordinados suyos (el cabo Soishi Shimada y los soldados Kinsishi Kozuka y Yuicho Akatsu), prosiguió la guerra más allá de la rendición de Japón (agosto, 1945). Acto seguido, la Administración militar estadounidense —que tenía conocimiento de la existencia de grupúsculos japoneses emboscados— lanzó octavillas anunciando que el conflicto ya había concluido y conminándolos a rendirse.

Sin embargo, Onoda y sus subordinados creían que era una trampa y continuaron combatiendo. Pasado un tiempo, y sin haber recibido noticias del mando japonés, el grupo se empezó a resquebrajar. El soldado Akatsu abandonó a sus compañeros y, después de vagar durante medio año, se entregó a las autoridades filipinas (septiembre, 1949). El cabo Shimada murió a causa de un disparo efectuado por militares filipinos que pretendían capturarlos (mayo, 1954). Casi veinte años después, el soldado Kozuka murió por disparos efectuados por la policía filipina (octubre, 1972). Y Onoda se quedó solo.

La rendición del teniente Onoda fue posible gracias a la acción de un aventurero japonés que conocía su historia. Norio Suzuki lo localizó y, al regresar a Japón, consiguió que el gobierno localizara al que había sido superior jerárquico de Onoda —el comandante Yoshimi Tanigushi— y lo convenciera para volar hasta Lubang para obtener la rendición de Onoda. Casi tres décadas después, Onoda se rendía y entregaba a la policía filipina su armamento (un fusil Arisaka, un cargamento de balas, varias granadas y una daga que su madre le había regalado para suicidarse en caso de ser capturado).

Durante las casi tres décadas de combates contra el ejército y la policía filipinos y contra los campesinos y pescadores de la isla (había puesto en práctica una táctica de sabotajes y robos), Onoda habría causado la muerte de unas treinta personas (militares y civiles). No obstante, Ferdinand Marcos, presidente de Filipinas, lo indultó. Poco después se instaló en Brasil y se dedicó al negocio ganadero. Cerca de la jubilación, regresó definitivamente a Japón (1984) y creó una red de campamentos juveniles que educaban en los valores tradicionales japoneses. Murió en 2014 a la edad de 91 años.