Tal día como hoy del año 1790, hace 236 años, entraba en vigor la nueva ley de reordenación territorial del Reino de Francia que había sido votada y aprobada con anterioridad (22 de diciembre de 1789) por la Asamblea Constituyente. Aquella institución había pasado a sustituir los históricos Estados Generales del Antiguo Régimen (9 de julio de 1789), pero aquella ley aún sería promulgada y firmada por el rey Luis XVI, reducido a la categoría de soberano de una monarquía parlamentaria (por lo tanto, ya no tenía ni el poder ni la autoridad propios de un rey absolutista). Y, por lo tanto, aquel proyecto de reordenación territorial fue concebido, aprobado y aplicado por el nuevo poder político francés, formado por la alta burguesía de origen plebeyo.
La nueva ley de reordenación del territorio francés liquidaba totalmente la vieja división administrativa de raíz medieval —las provincias— y dividía el Reino de Francia en 83 departamentos, casi todos de una superficie similar y que serían bautizados con el nombre de un accidente geográfico destacado dentro de su territorio. Los condados norcatalanes del Rosselló y de la Cerdanya, que la monarquía hispánica había transferido al dominio francés a consecuencia de la firma del Tratado de los Pirineos —y que entre 1659 y 1790 la Administración francesa había llamado province du Roussillon— pasaban a llamarse département des Pyrénées Orientales e incorporaban la comarca de la Fenolleda, de lengua y cultura occitana.
La máxima figura política de la provincia, hasta entonces el gobernador general o intendant, fue reemplazada por un cargo de nueva creación: el prefecto. Mientras que el primero había sido el representante de la Corona francesa en el territorio, con unas amplias atribuciones que no se diferenciaban de las que tenía la misma figura política en las colonias de ultramar, el nuevo prefecto era un simple burócrata responsable de la aplicación —al pie de la letra— de las políticas del poder central. A partir de aquella departamentalización, el proceso de francesización de la Catalunya Nord se intensificaría. No obstante, el francés sería una lengua desconocida para la inmensa mayoría de la sociedad norcatalana hasta finales del siglo XIX.
