Tal día como hoy del año 1250, hace 775 años, y según la tradición oral; un grupo de judíos de la ciudad de Zaragoza; secuestraba, desangraba y descuartizaba al niño Domènec del Val (Dominguito del Val, en la documentación castellana). Según esta misma tradición oral, el niño Domènec, de siete años, monaguillo de la catedral de Zaragoza e hijo del notario Sanç del Val; fue secuestrado por un judío nombrado Albaicet y recluido en una mazmorra de la judería de la capital aragonesa. Poco después, y siempre según esta tradición oral, fue conducido a la Sinagoga y desangrado y matado durante la celebración de un acto ritual mosaico. Poco después, aparecería el cadáver descuartizado del niño en el arenal del río Ebro.

No obstante, este crimen no fue documentado. De hecho, no es hasta 1583 (333 años después del pretendido secuestro y asesinato) que Andrés Santos de Sampedro, arzobispo de Zaragoza e Inquisidor General de Aragón; ordenaba documentar esta tradición oral (basada en un crimen que nunca había sido probado). Esta documentación fue enviada al Pontificado solicitando, para la pretendida víctima, la proclamación de mártir de la Iglesia y el inicio del proceso de elevación a la categoría de santo. Aquella maniobra estaba inspirada en una la tradición oral que explicaba el asesinato del niño inglés Hug de Lincoln (siglo XIII) y que había impulsado un movimiento de persecución a la comunidad judía local de aquella ciudad inglesa.

El proceso del niño Domènec se fabricó poco después del Concilio de Trento (1545-1563) que había representado el rearme ideológico de la Iglesia católica para hacer frente a la amenaza de las confesiones reformistas. En los territorios de la monarquía católica hispánica, la Inquisición multiplicó su acción y la persecución a elementos contrarios al régimen (judíos y moriscos oficialmente conversos, protestantes clandestinos, brujas y hechiceras, homosexuales y lesbianas, librepensadores, etc.) se intensificó hasta límites asfixiantes. En 1583, Zaragoza era una ciudad con una rica y numerosa comunidad judeo-conversa, y el poder hispánico -a través de la Iglesia- pretendía tirar una seria advertencia a este colectivo.