Cuando el pasado 24 de febrero de 2022 Rusia inició la invasión de Ucrania, nadie podía imaginarse que 500 días después el conflicto estaría más abierto que nunca y que Vladímir Putin estaría en medio de un enjambre de avispas que cuestionaría su autoridad y su futuro político. Las hemerotecas de aquel inicio de la invasión hablan de un asalto rápido de las tropas rusas y pronostican un conflicto bélico de unos pocos días, dada la superioridad de las tropas rusas.
Pero para nada la historia ha seguido el curso de aquellos vaticinios: el presidente ucraniano, Volódimir Zelenski, armó inmediatamente una resistencia ciudadana que primero sorprendió a los rusos y después le permitió proyectar en occidente un bastión de resistencia a Putin. Suficiente, hasta la fecha, para haber conseguido armas y ayuda tecnológica en cantidades muy importantes para detener el avance de los rusos y poder disputar palmo a palmo cada metro del territorio ucraniano.
Americanos, alemanes, ingleses y franceses han abierto a Zelensky su cartera militar y así se han puesto de manifiesto dos cosas: el ejército ruso es tan numeroso en personal civil como ineficaz en armamento, demasiado anticuado para los tiempos actuales. Y, la segunda, absolutamente dañina para Putin: su crédito ha ido disminuyendo, pero, sobre todo, su autoridad en una sociedad donde todo lo dominaba con mano de hierro. Solo faltaba el reciente motín del Grupo Wagner, los pasados días 23 y 24 de junio, en que mercenarios al servicio de una empresa militar rusa que realizaba servicios para Putin en Ucrania decidieron enfrentarse a las autoridades rusas y entrar en Moscú.
Aunque el conflicto se zanjó en cuestión de horas y Putin recuperó el control, nada ha sido como antes y el runrún de los analistas internacionales no es muy halagüeño para el presidente de la Federación Rusa. Su declive parece evidente y habrá que estar atentos a lo que decidan los militares y los oligarcas rusos, con un poder importante y a los cuales la guerra de Ucrania les ha costado mucho dinero, ya que, en muchos casos, sus depósitos en el extranjero fueron congelados.
Respecto al resultado de la invasión y el tiempo que puede durar, poco o nada se puede predecir porque ha entrado a formar parte de la cotidianeidad y, con ello, del desinterés más absoluto de la opinión pública. Lo peor que le puede pasar a un conflicto bélico, que acabamos olvidando que lo tenemos a unos pocos miles de kilómetros y en nuestro propio continente.