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Será porque la Audiencia Nacional ha decidido abrir una investigación sobre si la entrada masiva en Ceuta fue una acción concertada o, simplemente, porque las relaciones entre los ministros del Gobierno de Pedro Sánchez no son las mejores posibles, que la ministra de Defensa, Margarita Robles, ha puesto en un verdadero problema a su colega de Interior, Fernando Grande-Marlaska. Jueces ambos en funciones de políticos —la primera procedente de la autodenominada ala progresista de Juezas y Jueces para la Democracia, el segundo en la conservadora, lo que le facilitó su nombramiento como vocal del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) en el año 2013, a propuesta del Partido Popular— tienen una relación a veces distante, a veces fría, siempre interesada. Conforman junto al ministro de Agricultura, Luis Planas, el reducido grupo de tres ministros que permanecen desde el primer momento, en junio de 2018, en el Gobierno de Sánchez.

En sus primeras declaraciones desde que se produjo la invasión de Ceuta, en que un total de 70.000 personas llegaron a la ciudad tras cruzar la frontera con Marruecos, Robles ha abierto voluntariamente un choque en el Gobierno al defender el papel del Centro Nacional de Inteligencia (CNI), que depende de su ministerio, y señalar que ellos habían hecho bien su trabajo. No fue una crítica directa a Marlaska, aunque señaló que otros servicios de inteligencia dependían de Interior, pero lo hacía poco después de que se supiera que el CNI había dado diversos avisos a Interior sobre el riesgo de una entrada masiva de inmigrantes en la frontera con Ceuta.

La ministra Robles no está dispuesta a tragarse el sapo de que aquí nadie sabía nada, y tampoco le importa dejar a Marlaska como un mentiroso

¿Por qué Marlaska lo ha negado? Y lo que es peor: ¿por qué no hizo nada? Una tercera pregunta: ¿por qué sigue defendiendo a Marruecos? Quizás lo sabremos más pronto que tarde, pero es evidente que todo en esta crisis huele muy mal. Ha sido Robles, además, la única ministra que ha pedido directamente a Marruecos llegar hasta el final para saber exactamente qué ha pasado. Es evidente que, tras la intervención de la Audiencia Nacional, la ministra Robles no está dispuesta a tragarse el sapo de que aquí nadie sabía nada y a todos les ha cogido por sorpresa, y tampoco le importa dejar a Marlaska como un mentiroso después de todas las discrepancias que han tenido en los últimos ocho años en el Gobierno.

En este sainete con aires de tragedia —se calcula que acabarán habiendo un centenar de muertos, la gran mayoría ahogados en el agua el día de la invasión—, faltan muchas cosas por saberse. Empezando por el papel de la Casa Real marroquí y lo mucho que le ha consentido el Gobierno de Pedro Sánchez a Mohamed VI. Ingenuos ellos, pensaron que con la cesión del Sáhara sería suficiente, y la historia demuestra que en las relaciones internacionales con Marruecos el último pago es tan solo el penúltimo porque el rey de Marruecos sabe perfectamente cómo se utilizan las teclas para presionar al Gobierno de Sánchez.

La jueza María Tardón ha solicitado a la Policía Nacional un informe para comprobar si nos encontramos ante una acción concertada y si ha habido responsabilidades penales. Será, sin duda, un capítulo interesante porque queda mucha tela por cortar.