Que de las 2.000 personas que llenaban a rebosar la abadía de Westminster, entre los que había unos 500 jefes de estado y de gobierno de todo el mundo, los cuatro reyes españoles consiguieran simplemente ser noticia, ya es noticia. El protocolo británico propició una foto evitada con uñas y dientes tanto por el palacio de la Zarzuela como por la Moncloa desde que Juan Carlos I emprendió su exilio a los Emiratos Árabes Unidos, en pleno escándalo por varios casos de corrupción por cobro de comisiones y después de que explosionara descontroladamente su relación íntima con Corinna zu Sayn-Wittgenstein, más conocida como Corinna Larsen y, en los medios del corazón, como la princesa Corinna. Pues bien, el protocolo de Buckingham los sentó uno al lado del otro en el funeral de Isabel II haciendo trizas todos los esfuerzos de Felipe VI y Letizia para evitar una foto de los cuatro juntos.

De hecho, la víspera, durante una recepción en el palacio de Buckingham, lo habían conseguido y la prensa monárquica, hoy claramente entregada a los nuevos reyes y sin miramiento alguno, lo había destacado. Tan evidente había sido el gesto de Felipe VI y Letizia haciéndole el vacío que Juan Carlos I había hecho unas explosivas declaraciones por vía indirecta, o sea utilizando el formulismo de fuentes cercanas: "Yo no he matado a nadie como para que se genere este protocolo [español] para que no se dé esta imagen". Pero el protocolo de Buckingham tenía su propia agenda, como cuando cursó una invitación a los eméritos al ser él primo lejano de Isabel II, ya que ambos son tataranietos de la reina Victoria.

Allí, por tanto, en una fila estaban después de más de dos años —la fuga al extranjero data de agosto de 2020— de evitarse los cuatro: de izquierda a derecha, Sofía, Juan Carlos, Letizia y Felipe. Una escena que parecía sacada de una película del gran Berlanga. Sofía y Juan Carlos cumpliendo a la perfección el papel de matrimonio sin problemas. Ella haciendo gala de lo que siempre se ha dicho para rescatarla de su actitud anodina, que es una profesional. Y el matrimonio reinante, distante de sus padres y haciéndose los ofendidos. No acabó aquí la escena berlanguesca y la televisión ofreció una y otra vez unas imágenes de los eméritos riéndose en pleno funeral, cuando aparentemente él le dijo algo que debía ser muy divertido, ante la mirada cortante y desafiante, casi asesina, de su nuera. No sé, igual estaban comentando la serie estrenada por HBO Salvar al rey, una docuserie sobre la que mediáticamente se está corriendo un tupido velo y que pone al descubierto pasajes más que inquietantes del rey emérito, sobre todo su papel en el 23-F explicado por tres espías del antiguo Cesid.

Enterrada Isabel II, uno puede incluso pensar que la televisión perderá parte de su razón de ser. Han durado tantos días las exequias que desde hace diez días TV3 parecía la BBC y ha tenido algo de cansino. Es una noticia, sin duda, muy importante, ya que no ha desaparecido una reina sino un icono planetario. Pero, en ocasiones, parecía que no había otra noticia y que a las de aquí se les podía poner sordina ya que el tema británico y su reflujo de fervor monárquico podía llenarlo todo. La vuelta a la normalidad mediática quizás haga aflorar la crisis económica, la supresión de algunos impuestos en Andalucía mientras recibe ayudas de comunidades que no lo pueden hacer y el sudoku de Esquerra Republicana y de Junts per Catalunya para mantener vivo o no un Govern que, hasta que se descubra otra fórmula, es la única manera posible para ayudar a una ciudadanía que cada vez le cuesta más llegar a final de mes.