Unas declaraciones del presidente Donald Trump han abierto, en plena guerra con Irán, un debate sobre la posible retirada de Estados Unidos de las bases en España, la base naval de Rota, en Cádiz, utilizada preferentemente para operaciones navales y de apoyo, y la de Morón de la Frontera, en Sevilla, que sirve para el apoyo aéreo. Aunque Trump se refería a la posición que han adoptado algunos congresistas republicanos, la complicación de la guerra en Irán le está causando numerosos quebraderos de cabeza. A ello se le suman las consecuencias económicas devastadoras con aumento de la inflación y rebaja de las previsiones económicas en todos los países, con la incertidumbre del aumento del petróleo y la inestabilidad mundial.
Trump ha tildado de cobardes a España y Alemania, ha pedido más solidaridad a los países de la OTAN y ha amenazado con sanciones y represalias a los países que no le sigan en su guerra con Irán. Aunque con el presidente norteamericano ninguna de sus bravuconerías acaba cayendo en saco roto, es evidente que el ritmo de la guerra no es el que preveía, ni el tiempo juega a su favor. Quizás sea cierto que se le ha propinado un fuerte castigo al régimen de los ayatolás y también a sus defensas. Es seguro que también se ha descabezado la cúpula del régimen y que cuesta saber en estos momentos quién está al frente, qué autoridad tiene y su capacidad real de respuesta. Pero eso es insuficiente si el objetivo real es el marcado por Trump desde el inicio de la guerra: que el pueblo iraní tome el control de la situación para iniciar un nuevo tiempo.
La posición de España en el tema del cierre de las bases americanas ha sido la de descartar este escenario y dejar claro a Estados Unidos que una cosa es no colaborar en la protección del estrecho de Ormuz, y otra muy distinta no considerarse sus socios leales
La posición de España en el tema del cierre de las bases americanas ha sido la de descartar este escenario y dejar claro a Estados Unidos que una cosa es no colaborar en la protección del estrecho de Ormuz, y otra muy distinta no considerarse sus socios leales. La ministra de Defensa, Margarita Robles, nada en este asunto entre dos aguas, ya que es la menos beligerante en el pulso con la administración Trump y conoce perfectamente cuál es la posición del ejército, incómoda por quedar situados en medio de un conflicto que no han buscado y con el que no se sienten cómodos. De hecho, las bases norteamericanas en España datan de septiembre de 1953, tras la firma de los pactos de Madrid entre el dictador Francisco Franco y el entonces presidente de EE. UU., Dwight Eisenhower.
Es muy posible que la actual tensión sobre las bases norteamericanas en España no vaya a más. El próximo sábado se cumplirá un mes de la ofensiva contra Irán lanzada por Estados Unidos e Israel y el plazo de cuatro semanas trazado por Trump ya se ha superado. Aunque este fin de semana Trump ha definido a la OTAN como un tigre de papel y es un especialista en mantener múltiples conflictos abiertos, ni Estados Unidos ni España tienen nada que ganar con el cierre de las bases. Entre otras cosas, porque aunque nadie hable de ello y sea un tema casi vetado para la prensa de Madrid, el que se está frotando las manos con el conflicto de España con Trump es el Reino de Marruecos, siempre deseoso de cambiar la actual situación de Ceuta y Melilla. Y cuando se habla de estos asuntos en los cuarteles, no sale precisamente bien parado el Gobierno Sánchez. A lo mejor no estamos tan lejos de que Trump considere un día Ceuta y Melilla territorios marroquíes ocupados.