Decía Konrad Adenauer, el primer canciller de la Alemania Occidental y uno de los padres fundadores de la Unión Europea, junto con Winston Churchill, Alcide De Gasperi, Jean Monet, Robert Schuman y un reducido puñado de europeístas, conocido por sus profundas creencias religiosas, la siguiente reflexión: hay algo que Dios ha hecho mal; a todo le puso límites menos a la tontería. ¡Qué razón tenía! Y él, que fue un unificador incansable, ¿qué pensaría de los tiempos actuales si pudiera ver las enormes estupideces y el rencor en que se mueve el mundo actual? Estas últimas horas, dos personajes singulares, el escritor Eduardo Mendoza y el diseñador Javier Mariscal, forjados en el rencor al catalanismo y que han hecho de sacar lustre a esta actitud pública casi una bandera, de la que se aprovechan y acaban convirtiendo en un negocio, han aprovechado para vomitar contra la Diada de Sant Jordi (el escritor), y bromear sobre que pronto nos dejará Pujol y podremos sacar esto de Sant Jordi (el segundo).
Los dos, a la vista del revuelo originado, han tratado de recoger velas. Disculpas suaves "son frases sacadas de contexto", "estábamos de broma". Mariscal apoyando a Mendoza tampoco debería sorprender. El escritor barcelonés siempre ha estado en las causas contra la política lingüística de la Generalitat que impulsaban los gobiernos nacionalistas. De ahí surgió, en 1997, el Foro Babel, una plataforma cívica e intelectual que inicialmente se centró en criticar la política lingüística y en defender una presencia vehicular más fuerte del castellano. Más tarde pasó a ampliar su perímetro más allá de la lengua, a criticar el modelo político y su oposición al nacionalismo catalán dominante en la etapa de Pujol. Allí estaban, junto a Mendoza, Félix de Azúa, Victoria Camps, Juan Marsé, Francesc de Carreras, Rosa Regàs o Terenci Moix, entre otros. En el mismo perímetro estaban Albert Boadella o Eugenio Trías. Un círculo, por cierto, que acabaría siendo el embrión de Ciudadanos, de infame recuerdo en Catalunya.
Mendoza, de 83 años, y Mariscal, de 76, han ido envejeciendo en el rencor a medida que amontonaban toneladas de estupidez
Pues bien, Mendoza, en la presentación de su nueva novela La intriga del funeral inconveniente (Seix Barral), y aprovechando que el libro dispondrá del excepcional aparador de la Diada de Sant Jordi, salió como un miura desbocado: “Haré campaña para reivindicar que es el Día del Libro, siempre se ha dicho Día del Libro y Sant Jordi se ha metido ahí en medio. Sant Jordi no pinta nada y, además, era un maltratador de animales que seguramente no sabía ni leer, no tiene nada que ver con los libros y no es ni patrón de los escritores”. El autor remató: “Se tiene que decir Día del Libro”. Obviamente, está en su derecho de decir lo que quiera, aunque destile el odio que demasiadas veces emana de su boca cuando surge algún símbolo catalanista. Más allá de que la festividad de Sant Jordi tiene un origen histórico medieval que él debería saber, en el fondo, en su discurso hay un deseo de promocionar su libro con una extravagancia de catalanofobia de manual; también hay el reconocimiento de que el objetivo de acabar con la catalanidad del país no ha sido posible.
Al quite de Mendoza ha estado Mariscal, quien en 2017 ya apareció entre los artistas e intelectuales catalanes que rechazaban el referéndum del 1-O por ilegal, y también figuró entre los firmantes de un manifiesto que lo definía como una estafa antidemocrática. "Me gusta mucho Mendoza, su sonrisa bajo el bigote. Es muy potente. A mí me gusta cambiar las cosas y me pone muy nervioso decir Semana Santa o Navidad. Semana Santa, ¿de qué? Sí, yo eliminaría Sant Jordi y lo llamaría el Día del Libro. Son estas cosas catalanas que 'No, esto no se puede tocar, el pan con tomate…' Venga, hombre, a tomar por culo, ¿qué me estás contando? ¿Por qué no lo cambiamos todo? Es un marketing tan bien montado. Ahora que de aquí a nada el pobre Pujol nos dejará, ya podremos quitar lo de Sant Jordi. Es muy buena idea. Estoy de acuerdo". A Maquiavelo se le atribuye que la ignorancia es temporal, pero la estupidez es para siempre. Mendoza (83 años) y Mariscal (76) han ido envejeciendo en el rencor a medida que amontonaban toneladas de estupidez.